miércoles, 20 de abril de 2016

RÉQUIEM PARA UN MODELO (publicado esta semana en VOCES)


 
Se suele decir por ahí que los proyectos progresistas han fracasado al no haber logrado cambiar las sociedades en las que gobernaron y gobiernan. Y eso no es del todo correcto. Los progresismos no han fracasado en ese aspecto puesto que nunca se lo propusieron. Nunca aspiraron a trascender el capitalismo, y apenas se propusieron administrarlo, sin apartarse ni un milímetro del modelo financiero y extractivista. Y ahí si está el fracaso. Creyeron que era posible hacer del capitalismo algo humano.
Los movimientos populares -que en un principio sostuvieron determinado nivel de expectativas- han vuelto a desarrollar sus luchas reivindicativas en contra de un modelo que sigue concentrando la riqueza y los medios de producción, frente a gobiernos que no han realizado ninguno de los cambios estructurales que esperaban.
Esto no significa necesariamente un revés en las urnas -aunque el mismo se haya dado ya en algunos países-. Lo que está señalando a las claras el fin de la era progresista es el notorio agotamiento del modelo.
El fin de esta era progresista es la conclusión lógica de la aceptación de un modelo conservador que se consideró necesario para la estabilidad y continuidad política. Las encuestas y el cálculo electoral determinan un proyecto político que sigue los dictados de los organismos internacionales elaborados por los tecnócratas de turno, aunque se propale un discurso que recluta el electorado a partir del énfasis en lo social.
Y mas allá de las consecuencias sociales del retorno de la derecha y el conservadurismo en este lado del mundo, lo frustrante para aquellos militantes de la izquierda de nuestros países es ver la enorme pérdida de acumulación que se había logrado durante décadas de lucha y de batalla continua cultural e ideológica.
Por otro lado, la desacumulación y la desideologización tienen como contrapartida una sociedad despolitizada y desmovilizada, lo que abre una perspectiva terrible para enfrentar el retorno de las derechas.
Porque los progresismos no solo primarizaron y extranjerizaron la economía, sino que despolitizaron las sociedades dedicándose a administrar y gestionar, con la complacencia del sindicalismo que le era afín.
Las derechas vuelven por sus fueros, y para ello cuentan con las armas que siempre han empleado, por supuesto, como los grandes medios de comunicación y el poder empresarial de las oligarquías. Pero encuentran un terreno próspero para actuar dado el desencanto de los movimientos sociales, una ciudadanía afecta al consumismo y despolitizada y un elemento devastador como es la corrupción, cuestión para la que algunos consideraban que la izquierda estaba vacunada.
Además de los riesgos de retroceso a la interna de los países, hoy en día está en riesgo -por la deriva ideológica de los progresismos- lo que se ha avanzado en materia de integración, gracias a los instrumentos de desintegración latinoamericana como la Alianza del Pacífico, el TPP o el TISA.
Una derecha reciclada avanza, apelando sobre todo a nuevos actores de la política, la juventud y las clases medias; una juventud que no ha vivido el terrorismo social neoliberal y clases medias que tienen la “ilusión” de continuar su ascenso social y para ello se les hace atractiva la idea de votar por un gestor, normalmente un candidato proveniente del mundo empresarial.
Y mientras tanto, el progresismo -que por otra parte ya no tiene a su favor el tan mentado “viento de cola”- pretende transitar por los mismos caminos de la derecha, inventando liderazgos personales y evitando caminar por senderos de izquierda: construir liderazgos colectivos y fortalecer el poder popular.

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