miércoles, 25 de mayo de 2016

NO ES DEL CHANCHO (publicado esta semana en Semanario VOCES)


Desde que Chávez llegó al gobierno, se ha intentado voltear al chavismo por los métodos más diversos, incluido un golpe de estado (de los de verdad). Y quienes han estado detrás de estos intentos son los conocidos de siempre: los que despojaron a México de buena parte de sus más ricas tierras, los que han invadido un día sí y otro también su patio trasero cuando ya los otros métodos no surten efecto, los que han tirado abajo gobiernos electos por los pueblos e instalado títeres a su antojo, los que hicieron “crujir la economía” del Chile de Allende y luego lo asesinaron a él y a su pueblo, etc.
El premio Nobel de la Paz, Barack Obama, lo dijo impúdicamente el año pasado: “tenemos el ejército más fuerte del mundo y en ocasiones tenemos que torcer el brazo a los países si no quieren hacer lo que queremos a través métodos económicos, diplomáticos y a veces militares”. Y sabemos que antes de decir eso había calificado a Venezuela como un “peligro para EE.UU.”
Venezuela ha estado sometida a una campaña nacional e internacional en su contra desde hace años, y en ella participan agencias internacionales de prensa, cadenas de radios y TV., no solo en nuestra América sino también en Europa. A diario acusan al gobierno del presidente Maduro de las dificultades económicas que ellos mismos provocan; una guerra económica llevada a cabo por el poder económico venezolano, a lo que se agrega la inducida baja del precio internacional del petróleo.

Al pueblo venezolano, y al mundo entero se lo desinforma y se le oculta los gigantescos logros sociales y estructurales, de los gobiernos bolivarianos, de Chávez y de Maduro. Por eso defender a Venezuela es defender la dignidad. Y no se debe confundir con defender a Maduro. La democracia participativa y protagónica, las formas novedosas de propiedad, la garantía irrestricta a los derechos humanos, los derechos sociales y políticos que allí se establecen, hicieron de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela una hoja de ruta de la que nunca se alejó el presidente Chávez. Esa Constitución expresó un proyecto -perfectible por cierto, pero emancipador-. Se trataba del sueño de completar la independencia política, de alcanzar la soberanía económica y de construir la justicia social. Una revolución política en un marco democrático.
Hoy ese proyecto está agonizando. Pero analizar el bochornoso episodio protagonizado por Maduro y Almagro desde el ángulo de quien tiene razón, de si uno es traidor o si los dos o si ninguno no tiene sentido. Sería quedarse en la anécdota, ver el árbol e ignorar el bosque que está detrás y que para peor se está incendiando. Ambos son ejemplares patéticos de los estertores de una izquierda que derivó en progresismo y que fue perdiendo prendas en el camino para llegar a esta cosa amorfa que es hoy en la mayoría de los países de la región.
Almagro es un ex ministro del gobierno mujiquista y que como tantos otros no era un militante del FA sino un amigo del presidente. El día que asumió como canciller, un periodista le pregunto que opinaba de un posible TLC con los EEUU, y Almagro le respondió que no tenía ningún preconcepto al respecto y que estaba dispuesto a analizarlo. Ni siquiera había leído el programa del FA, que expresamente rechazaba este tipo de acuerdos; o lo había leído y le importaba un carajo (cosa que también es posible ya que es algo común entre la dirigencia progresista). Ni lo intentó (al menos no lo sabemos), pero nos metió de cabeza en el TISA. 
Ahora bien, decir que estas son cosas de traidores, es ignorar que detrás hay una fuerza política que se calló la boca en su momento ante estas cosas, que las toleró y que luego lo premió con una candidatura a la OEA. Igual que se premió a quien pidió ayuda a Bush con una nueva presidencia, o a quienes fueron a evitar que se anulara la ley de impunidad (Astori, Mujica) con un nuevo ministerio de economía o con una banca en el senado.
Estos personajes surgen, dirigen, ascienden y gobiernan porque hay partidos que los cobijan, dirigentes que los toleran porque aportan votos, y pueblo que los vota y los aplaude. Un dirigente político miente descaradamente acerca de un título que soñó tener y su fuerza política lo protege y o aplaude mientras al pueblo le importa un comino.
La culpa no es del chancho.