miércoles, 10 de abril de 2019

AQUELLOS VIENTOS

(mi artículo de esta semana en VOCES)
Que no se ha logrado insertar a los militares a la vida democrática es un hecho constatable permanentemente. El único cambio verificado desde el retorno del país a la democracia es la vuelta de los militares a los cuarteles, que no es lo mismo ni mucho menos.
No hay un único responsable de que la fuerzas armadas mantengan intacta -como institución- su visión autoritaria y retrógrada de la sociedad. Podríamos señalar como mínimo tres grandes responsables:
  1. En primer lugar, las propias fuerzas armadas, incapaces de reconocer que su actuación durante los años de dictadura no solo fue ilegal (no están llamadas a ocupar los cargos de gobierno bajo ninguna circunstancia), sino además que establecieron un régimen de terror en donde la violación de todos los derechos humanos fue una constante desde el primero al último día de esa larga noche de la historia.
  2. En segundo lugar (no estoy señalando un orden de importancia), el sistema político en su conjunto, que pactó con los militares a espaldas del pueblo la salida de la dictadura, y que luego votó la impunidad de todos los crímenes cometidos por el Estado durante esos años.
  3. Y en tercer lugar, el propio pueblo uruguayo (su mayoría, para ser más exactos), que llamado por dos veces a terminar con la impunidad, prefirió dejar todo como estaba, en una actitud tan cobarde y pusilánime que nos pinta de cuerpo y alma como sociedad.
En ese marco general, difícilmente podría haberse generado una verdadera inserción democrática militar. Muy distinta habrían sido las cosas si el sistema político hubiera actuado con dignidad y el Estado hubiese encarado desde un principio la actuación libre de la Justicia como cuestión principal. La depuración de las fuerzas armadas de sus elementos más inmundos e inhumanos, era una tarea de primer orden al retorno de la democracia, porque no hay democracia con criminales impunes y portando armas que el pueblo mismo pone en sus manos.
Si así hubiesen actuado, el pueblo los habría apoyado. Los pueblos en general responden a sus líderes, y si sus líderes actúan con cobardía y el pueblo los avala...
Ese fue el principio de todos los males, y el molde de actuación política de aquel entonces se mantuvo incambiado hasta hoy. Los sucesos de estos días no son otra cosa que la continuación de la impunidad y sus consecuencias. Los generales que integran tribunales de honor para juzgar a sus pares tienen la misma cabeza antidemocrática y enferma que los juzgados por ellos; los comandantes que hoy son destituidos fueron nombrados por el mismo que los destituye, y el comandante Feola que ahora designa Vázquez (¿y que lo destituirá?), y que se negó a condenar hechos sobre desaparecidos porque no sabe "si están confirmados o no", no surgen por generación espontánea. La impunidad continuará siendo impune.

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