martes, 30 de septiembre de 2014

UN BALANCE “INTERESADO” (artículo de Andrés Figari)

Discutir las mejoras materiales logradas por los trabajadores y los grupos más desposeídos durante los gobiernos del FA es una tontería; no contraponer en la balanza los costos políticos que se han pagado por conseguirlos es otra.
Tampoco tiene mucho sentido discutir si en ese sentido se podría haber avanzado más de lo que se hizo;  si con otra política “más de izquierda” se hubieran logrado mayores “conquistas” que las efectivamente conseguidas.  Al fin y al cabo de mi punto de vista eso es un aspecto secundario.  Porque lo efectivamente importante a la hora de realizar un balance después de casi diez años de gestión, es analizar si se avanzó o no del punto de vista político, para lo cual no solo no es suficiente sino que ni siquiera es pertinente tomar en cuenta la evolución de los salarios o lo que dicen las encuestas. 

No es que la magnitud de la participación de los trabajadores en la apropiación del valor o su satisfacción respecto del gobierno no sean elementos a tener en cuenta, pero simplemente se trata de algo indicativo.  Los trabajadores pueden haber mejorado su participación o su estándar de vida (que es  parecido pero no es lo mismo) y sin embargo haber retrocedido del punto de vista político, es decir en su capacidad de modificar el rumbo de la vida social.  La historia está llena de ejemplos de este tipo.  Los trabajadores europeos nunca vivieron “mejor” que cuando gobernaban los partidos socialdemócratas y nunca estuvieron más sometidos a la lógica capitalista y peor dispuestos a rebelarse que por aquel entonces.  Por estas latitudes pasó lo mismo;  los trabajadores uruguayos y argentinos nunca vivieron mejor, más mansos y más bien dispuestos que durante los gobiernos de los Batlle (pepe y Luis) y de Perón. 

Es que suele haber una relación bastante estrecha entre las condiciones de vida de los trabajadores y su nivel de satisfacción con el gobierno y a través de él, con la Sociedad.  Hablando en general, cuanto mayor es su bienestar material, menor suele ser su actitud crítica y disposición a poner en riesgo lo que se vive como una situación de privilegio, especialmente cuando se viene de períodos de penuria reciente (guerras, crisis, etc.).   

Por eso es que el mayor bienestar obtenido durante estos años, aunque indudablemente importante para quienes lo obtuvieron, no debería considerarse como un bien en sí mismo; por el contrario puede ser negativo si lo examinamos desde otro punto de vista. Y en este caso el punto de vista que importa y desde el cual se debe juzgar lo actuado no es si la “gente esta mejor” o no, o si la gente está más contenta o no, sino si los trabajadores como fuerza política avanzaron o retrocedieron Por eso tampoco corresponde sobrevalorar la tasa de sindicalización; puede ser algo significativo, pero no necesariamente.  Puede ser un acontecimiento importante para que los trabajadores puedan negociar mejor sus condiciones de trabajo, pero generalmente no se refleja en una mayor autonomía política.  

Por lo tanto, lo que se debe analizar, es si la gestión del FA ha servido para que los trabajadores ganen en capacidad, conciencia y autonomía como una clase diferente a la clase dominante o si a pesar de algunas confrontaciones de baja intensidad que tienen que ver con el salario,  sigue pensando, deseando y peleando dentro de los limites que no ponen en riesgo a la sociedad del Capital.  O, lo que sería aún peor, si gracias a su mayor fortaleza económica, no se convierten en uno de sus pilares fundamentales.  Si con tal de defender el “trabajo” no están dispuestos a convertirse en cómplices de un proyecto social contrario a sus verdaderos intereses. Lo ocurrido con las papeleras y con Aratirí debería tomarse en cuenta.   

Yo me temo que ha ocurrido esto último; que más allá de algunas rispideces, la gestión del Fa no solamente no ha contemplado en absoluto los “intereses de clase” de los trabajadores, sino que a través de una política de concesiones económicas ha conseguido comprar su conciencia y desviarlos de sus verdaderos objetivos, que no son por cierto simplemente vivir “mejor” sino cambiar el curso de la historia.  No se me escapa que actualmente y después  de tantos años en que se han alternado dictadura, neoliberalismo y progresismo son muy pocos los trabajadores concretos “interesados” en ese tipo de proezas,  pero eso confirma lo que digo.   

Es por todo esto que el pecado capital del FA y muy especialmente el de los grupos políticos que se dicen marxistas, es haber hecho creer que estaba defendiendo los “intereses” de los trabajadores, cuando en realidad –mal que les pese- estaba fogoneando los “intereses” de largo plazo de sus enemigos de clase.  Su error y pecado es haber utilizado a los trabajadores para realizar los intereses de clase de la burguesía; es haber cambiado algunas ventajas tácticas (las 8 hs. rurales, el laudo para las domésticas, los consejos de salarios), por derrotas estratégicas (concentración de la propiedad, extranjerización de la tierra, pleitesía al imperialismo,  debilitamiento ideológico, etc.)  Lo fáctico es que las “migajas” recibidas por los trabajadores, han servido para afirmar y profundizar el proyecto político que consolida la dominación del capital y con él la supremacía de la burguesía. Claro que el FA contó con la inestimable ayuda de los otros partidos tradicionales que presentándose como una alternativa antagónica hacen posible la mistificación.  También –y para que el engaño sea completo- ha sido importante, que las cámaras empresariales prefieran a sus “representantes de siempre” que al partido de un viejo que vive en un “sucucho” y dona su sueldo al “Plan Juntos”. La actitud de los capitalistas de carne y hueso muestra su ceguera a la hora para reconocer quien defiende mejor sus “intereses de clase” y viene a demostrar también lo que señalábamos más arriba, que los “intereses de clase” no se deben confundir con los intereses del bolsillo (tal como le ocurre al PIT CNT y a las cámaras empresariales) y mucho menos con lo que algunos individuos interpretan como propios.

En resumen, a la hora de hacer un balance de estos diez años de gobierno “progresista” se podría concluir diciendo que sin menospreciar las mejoras materiales obtenidas, (-precio pagado por los propietarios para consolidar su dominación-) los trabajadores las han abonado con creces del punto de vista político e ideológico al extremo que visualizan y defienden como “suyo” un modelo de “desarrollo” que por algo cuenta con la complacencia  del Imperio y de todas sus agencias.

Andrés Figari Neves
29-09-2014


domingo, 28 de septiembre de 2014

PORQUE ES UN BUEN COMPAÑERO (el Uruguay careta)



“Tun tun. ¿quién es?
-No sé, mirá. Es un tipo que viene con un acorde medio raro. No se que hacer. Si dejarlo entrar o no.

-Y bueno, hacele un test. Preguntale por ejemplo, si él entre una cosa buena y una cosa mala, elegiría la cosa buena o la cosa mala. Si te dice la cosa mala, no lo dejes entrar porque es un aliado del imperialismo. Si te dice la cosa buena, dejalo entrar porque evidentemente es un compañero”. (Leo Masliah – La muralla)


Este viernes se realizó la marcha de la diversidad, desde la puerta de la ciudadela hasta plaza Cagancha. Dicen que superó a la de 2013, que había congregado algo así como 30 mil personas, aunque desde luego, eso no es lo importante. Lo importante es que la gente se movilice, y si es por una buena causa (como lo es la diversidad), mejor aún.
Pero a lo que me quiero referir es a la foto que ilustra esta nota, en donde un participante de la marcha porta un cartel que dice: “POLÍTICO HOMÓFOBO BLANCO Y COLORADO, NO TE VOTO”.
Sinceramente, me cuesta entender el sentido del cartel, aunque parezca muy claro.
Porque si lo que se quiere decir, es que se rechaza la homofobia, y que por esa razón no se vota a alguien que es homofóbico, entonces lo de blanco y colorado está de mas. El cartel bien podría decir: POLÍTICO HOMÓFOBO, NO TE VOTO”, y se entendería perfectamente y mucho más claramente la idea.
En cambio, cuando se le agrega “blanco y colorado”, se me plantea la duda de que pasa si el político es homófobo pero frenteamplista, o independiente, de la Unidad Popular o del PI o del PT o del PERI.....¿lo vota igual?
Se me ha dicho que el cartel se debe a que blancos y colorados no votaron la ley de matrimonio igualitario, cosa que no es cierta, puesto que muchos blancos y colorados votaron la ley y solo algunos no la votaron. Como dice otro cartel de la misma marcha “Todas las generalizaciones son malas, incluso esta”.
Por las dudas aclaro que no estoy defiendo a blancos y colorados, a quienes nunca voté y casi con seguridad jamás votaré (digo "casi" porque no voy a cometer la misma pelotudez de aquel monarca que dijo que se retiraba de la política y hoy es candidato del FA, o de la hoy diputada chilena Camila Vallejo, que dijo que jamás haría campaña por Bachelet, y al año no solo estaba haciendo campaña por Bachelet sino con Bachelet).
EL CARETISMO
La interrogante puede ser considerada banal, pero para mi no lo es. Porque ambas posiciones son muy válidas, y el cartel (en este caso particular) viene a mostrar una característica de muchos uruguayos y que es que son muy “caretas”.
Perfectamente alguien puede resolver que no vota a un homófobo, siempre y cuando no pertenezca al partido político al que él mismo pertenece. Es tan válido como cualquier otra decisión, eso también es diversidad. Lo que me parece muy careta es que no se lo diga, o que se pretenda vanamente ocultarlo detrás de frases aparentemente revolucionarias o radicales.
Algo parecido sucede con el humor. Los uruguayos nos reímos del humor político, siempre y cuando no se refiera a nuestro gobierno o a nuestro partido. Ahí el humor deja de ser bueno y pasa a ser una grosería o un ataque, o se le hace el juego al otro partido.
Nuestro caretismo se ha ido desarrollando lenta pero constantemente, y en política se puede ver tal vez en forma más palpable, y hay mucha gente portando carteles (en este caso virtuales, o discursivos) que no resisten el menor planteamiento crítico.
Muchos ciudadanos portan orgullosos el cartel virtual del antiimperialismo, y gustosos portarían un cartel real que dijera: “POLÍTICO PRO YANQUI BLANCO Y COLORADO, NO TE VOTO”, pero se les haría muy complicado responder a la pregunta: y si es pro yanqui pero de tu partido, lo votas?
Muchos ciudadanos portan orgullosos el cartel virtual de los derechos sexuales de las mujeres, y portarían orgullosos un cartel que dijera “POLÍTICO BLANCO Y COLORADO QUE ESTÁS EN CONTRA DEL ABORTO, NO TE VOTO”, pero se pondrían muy incómodos si les preguntaras: y si el que está en contra del aborto es tu candidato?
Muchos ciudadanos manifiestan que están en contra de la mentira en la política, de aquellos que dicen hoy una cosa y mañana hacen otra, y portarían orgullosos un cartel que dijera: “POLÍTICO BLANCO Y COLORADO MENTIROSO, NO TE VOTO”, pero no resistirían a la pregunta: y si el mentiroso es de tu partido, lo votas?
En general, el careta ni siquiera responde a la pregunta, sino que mira para otro lado y sale con cualquier otro tema.
He dicho por estos días algo que tiene que ver con todo esto, y lo grafiqué con un ejemplo: “hay algo que antes me llamaba la atención y ahora ya no tanto, y es que cuando hablo de principios, de honestidad, de ética en la política, etc, me contestan con cifras o con la mejora en la eficiencia en esto o aquello; es como si yo señalara a un vecino del barrio y dijera: "¿ves?, ese hombre es un borracho, y además golpea a la mujer y a sus hijos", y me respondieran: "vos no estás teniendo en cuenta lo bien que ha arreglado su casa, lo puntual que es en su trabajo, y lo barato que cobra"....”

Reitero, cada cual es dueño de hacer lo que se le cante, el voto es un derecho individual y por otra parte cada quien es dueño de defender las ideas que quiera, eso no está mal, todo lo contrario, está bien. Lo que me molesta sinceramente es el caretismo, el no ser capaz de defender lo que se hace, si es que se está convencido que está bien hacerlo y se tienen las razones que respaldan lo que se hace.

lunes, 22 de septiembre de 2014

EL PROGRESISMO, ENFERMEDAD SENIL DE LA IZQUIERDA

“La enfermedad infantil del ‘izquierdismo’ en el comunismo” es una de las obras más importantes del marxismo. Es tal vez la mejor obra de Lenin, ya que representa un resumen de toda la experiencia histórica del bolchevismo. Cualquiera que desee entender la esencia del método de Lenin debería estudiar detenidamente estas páginas que, de una manera extraordinariamente clara y concisa, explican el arte de la táctica y la ciencia de la estrategia en la lucha de clases. 
Lenin escribió esta obra en abril de 1920, en el periodo posterior al triunfo de la revolución Rusa. La victoria de la Revolución de Octubre dio un poderoso impulso, en un primer momento, a la formación de tendencias comunistas de masas dentro de los viejos partidos social demócratas y, más tarde, a la formación de partidos comunistas en un país tras otro. Pero los dirigentes de los nuevos partidos eran en su mayoría jóvenes sin madurez política y, aunque se inspiraron en la Revolución de Octubre, no tenían la misma experiencia que los bolcheviques y apenas conocían la historia, la teoría y la práctica del bolchevismo. Como consecuencia, cometieron muchos errores, generalmente de tipo ultraizquierdista. Para ayudarles a superar estas deficiencias y familiarizarse con la auténtica naturaleza del bolchevismo, fue que Lenin escribió esta obra.
POR ESTOS TIEMPOS
Por estos tiempos -en el Uruguay y progresista- se ha transformado en una constante la acusación de infantilismo izquierdista a todos quienes de alguna forma somos críticos con la experiencia del Frente Amplio en el gobierno.
Ahora bien, téngase en cuenta un pequeño detalle: Lenin hablaba de infantilismo izquierdista en referencia a quienes en ese entonces se ubicaban más a la izquierda que el partido bolchevique, que acababa de llevar a cabo la primera revolución proletaria de la historia de la humanidad.
¿Es que acaso quienes nos acusan de infantilismo izquierdista....creen que han llevado a cabo alguna revolución? ¿suponen tal vez que ellos son la izquierda y que quienes los criticamos somos la ultraizquierda?
Es obvio que decir tal cosa es una barbaridad, porque por un lado difícilmente alguien pueda creer que el Frente Amplio es hoy la izquierda, y por el otro, quienes lo criticamos no estamos reclamando “todo el poder a los soviets” ni nada que se le parezca.
No es de izquierda un gobierno latinoamericano que envía tropas a Haití para ayudar, no a los haitianos, sino al imperialismo yanqui. Gobiernos de izquierda son los que envían médicos y maestros y ayuda humanitaria. Y no es ultraizquierdismo exigir que se mantenga coherencia entre lo que se decía cuando se era oposición y lo que se hace cuando se es gobierno.
No es de izquierda un gobierno que le protege las inversiones al imperialismo y que quiere firmar un TLC con ellos, ni es una actitud de izquierda mentir que no se está negociando eso cuando en realidad todo el mundo sabe que sí. Y no es ultraizquierdismo oponerse a las relaciones carnales con quienes hasta ayer nomás eran nuestro mayor enemigo, el imperialismo. Salvo que la coherencia haya dejado de ser un valor apreciado por la supuesta izquierda y defendido solo por la supuesta ultraizquierda.
No es de un gobierno de izquierda pedirle ayuda al genocida gobernante del imperio para asustar a un vecino y con el objetivo de proteger una inversión extranjera en zona franca. Así como no es de ultraizquierda esperar que quien hace eso sea debidamente sancionado y radiado de los puestos de conducción política para siempre.
No es propio de un gobierno de izquierda vetar las leyes que promueve y vota la fuerza política que logró el gobierno. Y no es de una fuerza política de izquierda ir a rogarle al vetador que vuelva, cual si fuese “el Salvador”. Tampoco es una actitud infantil ultraizquierdista pedir que se mantenga cierta decencia y honorabilidad.
No es propio de un gobierno de izquierda primarizar cada vez más la economía, concentrar la propiedad de los medios de producción en cada vez menos manos, y menos aún en manos extranjeras. Y por cierto, no es una actitud ultraizquierdista reclamar una economía al servicio del país y no de las multinacionales, al servicio del pueblo y no de la oligarquía que cada día se enriquece más.
No es de un gobernante de izquierda, cuando su fuerza política elabora una ley que anula la ley de impunidad, ir a decirles a sus parlamentarios que no la voten “porque eso les podría hacer perder las próximas elecciones”. Y no es una actitud infantil de ultraizquierda decir que eso da asco.
Así como hay enfermedades propias de la infancia, también las hay de la senilidad. Algunas de ellas –caso del alzheimer, por ejemplo- despoja a los pacientes de su inteligencia, conciencia e incluso de la capacidad para controlar sus funciones corporales y por último los mata. Uno de los síntomas más destacados es la incapacidad de recordar hasta los eventos más recientes.

La enfermedad senil del progresismo hace olvidar muchas cosas a quienes fueron de izquierda, olvidan hasta lo que proclamaban ayer nomás, los hace olvidar principios y programas y hasta la ética más elemental. Y las enfermedades seniles generalmente son graves y no tienen cura.
LO GRAVE, LO MAS GRAVE, LO TRISTE
Que una fuerza política de izquierda, apenas llegada por primera vez al gobierno, haga las cosas que se oponía cuando era oposición, es muy grave. Y lo es porque muestra una de las características más negativa de la política que llevaron adelante los partidos tradicionales durante años, y que se suponía que no veríamos más.
Es gravísimo que eso además sea mostrado impúdicamente como un mérito ante organismos internacionales, como lo hizo Mario Bergara, el hoy ministro de economía, apenas comenzado el primer gobierno del FA, en una reunión conjunta del BID y el BM. Cito a la prensa de ese entonces:
"Había cosas ridículas, como decir: 'Vamos a votar en contra del tema de la empresa de petróleo, no porque la asociación esté mal sino porque los que lo van a hacer son ellos. En cambio ahora, que lo vamos a hacer nosotros, lo podemos apoyar", dijo el entonces viceministro de Economía durante un seminario en la sede del BID.
El gobierno uruguayo aseguró al Banco Mundial y al Banco Interamericano de Desarrollo (BID) que "va a haber reformas" en el Estado, incluso similares a las que la izquierda vetó hasta hace poco mediante referendos, como la asociación de la petrolera ANCAP con capitales privados, y garantizó que la estrategia de trancar esos cambios con votaciones populares ya es cosa del pasado”.
Pero lo más grave, es que todo eso suceda y que a la fuerza política, a sus dirigentes, a sus militantes y votantes, no se les mueva un pelo, como si eso no tuviera importancia, como si la izquierda no hubiera luchado durante décadas –con los costos que todos conocemos- para demostrar que se podía hacer política de otra manera, de una manera decente y honesta.
Es grave que el FA se oponga cuando es oposición al envío de tropas a Haití y que apenas instalado en el gobierno envíe tropas a Haití como si tal cosa. Es más grave que el hecho haya motivado la renuncia a su banca de Guillermo Chifflet, uno de los más honestos y experientes parlamentarios con los que contaba el FA al inicio de su primer gobierno; renuncia producto de tener que elegir entre la “obediencia debida” a su gobierno o los principios. 
Gravísimo es que después de que un Congreso del FA decidiera “el retiro progresivo de las tropas de Haití”, el segundo gobierno de esa misma fuerza política decidiera lo contrario: seguir enviando tropas, provocando la renuncia de otro legislador, el diputado Esteban Pérez. Más grave aún es que la Mesa Política (un órgano inferior al Congreso) mandatara a los parlamentarios a votar el envío, contradiciendo al Congreso.
Pero lo más grave, lo imperdonable, es que a la gran masa de frenteamplistas le importe un bledo todo eso. Que a la militancia más de fierro le importe un rábano que sus decisiones adoptadas en un Congreso sean olímpicamente ignoradas por sus dirigentes. Que un fuera de serie como Guillermo Chifflet sea olvidado rápidamente (seguramente le harán un homenaje cuando ya no esté), mientras los autores de tanta ignominia sean elevados a la categoría de santos y de mesías. Eso es lo más grave.
Los ejemplos podrían seguir. Podría mencionar lo grave que es que un presidente de izquierda le pida ayuda al genocida imperialista contra un hermano latinoamericano. Lo grave, gravísimo, que lo haga a escondidas, sin decirle una palabra a sus compañeros del gobierno ni a la fuerza política, y que lo cuente graciosamente luego a unos chiquilines en un colegio del Opus Dei. Y podría decir que es mucho más grave aún que nadie, absolutamente nadie, le haya dicho una sola palabra al autor de tanta bajeza. Podría agregar que es tremendamente grave, un atropello a la razón y una vergüenza, que no solo nadie le haya dicho nada, sino que hayan ido a su casa a rogarle que volviera y fuera candidato nuevamente.
Es grave que un ministro de un gobierno de izquierda sea procesado por abuso de funciones, sin duda. Pero es infinitamente más grave que se le organice una caravana para aplaudirlo.
Pero reitero, lo grave, lo gravísimo, y lo que hunde definitivamente el proyecto que soñaron los fundadores del FA en el 71, es la indolencia y el quemeimporta de la gran mayoría de los frenteamplistas. Porque si la honestidad no importa, si la mentira es permitida, si todo vale, si en función de algunos índices macroeconómicos o de determinados porcentajes del PBI, o del investment grade, la degradación moral de la política no importa, entonces a no quejarse si la gente concluye en que “son todos iguales”.
La falta de honradez, la mentira, la soberbia de un puñado de dirigentes políticos, es grave para el presente. Pero la falta de reacción de quienes los votan, compromete el futuro, y eso es grave y triste.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Cuando lo urgente oculta lo importante (artículo de Andrés Figari Neves)

Los tiempos electorales no son buenos tiempos para pensar sobre temas que trasciendan las elecciones.  Parece que todo el esfuerzo se debe volcar en ganar en octubre; que lo urgente es convencer al electorado que lo vote a uno,  porque uno tiene la solución de lo que la gente cree que son sus problemas.  Pero como lo que la gente cree que sus problemas son lo que se le ha hecho creer que son, es muy difícil que aparezcan propuestas para solucionar algo que la gente ni siquiera percibe como su problema.
Para los que piensan que exagero sobre lo que la gente cree que es su problema,  recuerden la caza de brujas. ¿Cuántos siglos duró, cuantas brujas se quemaron para resolver ese supuesto problema? ¿Qué pasó que a cierta altura se dejaron de quemar? ¿La gente se sensibilizó por el sufrimiento de las brujas? ¿Acabaron con ellas? ¿Se terminaron los sucesos que se les atribuían  (las malas cosechas por ejemplo) o cambió el estado de la “opinión pública”?    ¿Qué  creen que haría la inmensa mayoría de los mortales en el caso de que un inmenso asteroide fuera a chocar contra el planeta y los grandes medios de comunicación, por la razón que fuere, silenciaran o minimizaran las consecuencias  del impacto?  Nada, seguirían con sus vidas de todos los días, afanados en algo trivial, comentando los programas de chimentos y planeando sus próximas vacaciones. 
Con la información sobre la cuestión del cambio climático y el “pico del petróleo” ocurre algo parecido, son acontecimientos que no se han instalado en la preocupación de la gente por varias razones, pero básicamente porque es un tema teóricamente complejo y existen poderosos intereses a los que no les interesa que se instale y mucho menos que se los procure resolver. 
Por eso se trata de asuntos que algunos saben que existen,  pocos los que conocen el por qué y muy poquitos de cómo se podría resolver.  En todo caso es algo que para la inmensa mayoría “personalmente no me afecta”, que ocurrirá en un futuro lejano, y que seguramente para ese entonces se habrá encontrado una solución.  Mientras tanto “mi vida personal” la proyecto para los próximos meses y después… veremos.  
Por su parte como los gobiernos lejos de liderar a sus pueblos tienen un ojo en las encuestas de popularidad y el otro en sus agendas que recogen lo que la “gente quiere” (y la oposición también), no aparece como un tema de preocupación y así sucesivamente.
Esto tiene por lo menos cuatro consecuencias: 
a) que del tema se ocupen los “especialistas” y algunas minorías sensibilizadas por la cuestión; 
b) que no masifique lo suficiente como para que la gente obligue su inclusión en la agenda política; 
c) que otras cuestiones de menor trascendencia se conviertan en “importantes” y 
d) que su consideración se postergue sin fecha hasta que pueda llegar a ser demasiado tarde. 
El cambio climático y las causas del calentamiento global son inocultables; el “pico del petróleo” y sus consecuencias no tanto. ¿Pero qué pasa que prácticamente nadie prende la alarma sobre los peligros que nos esperan y las transformaciones que se avecinan? ¿Quien lo silencia y porqué lo hace al punto que no constituye una preocupación de la gente? En primer lugar los directamente responsables: las petroleras y las compañías que mediante el uso de los combustibles fósiles se benefician del actual estado de cosas y no quieren o no pueden por consideraciones económicas de corto plazo modificar ese patrón de consumo.  
Desde las empresas que promueven campañas de contra información negando o silenciando los informes científicos, hasta las que hacen como que no se enteran. Pero también los Estados;  sea porque los gobiernos de turno no quieren obstaculizar los negocios de “sus” compañías, sea porque no quieren introducir un tema poco grato para sus electorados  (a nadie le gusta escuchar que para solucionar el problema deberá vivir peor), lo cierto es que esos asuntos no se tocan y las consecuencias del calentamiento global por un lado y las del fin del petróleo abundante y barato se agudizan.
Es cierto que las responsabilidades no son las mismas ni en el nivel de las empresas ni en el nivel de los gobiernos; que hay empresas que además de contaminar hacen lo posible para que se siga contaminando sin que se sepa, y que hay gobiernos que anteponen los intereses de las empresas de sus Estados por encima de cualquier otra consideración y otros no. 
También es cierto que no es equivalente la responsabilidad de un pequeño país del tercer mundo que la de Norteamérica o Europa, pero eso no debería ser un pretexto para no hacerse cargo del problema en la medida de las posibilidades de cada uno. Es obvio que los que vivimos por estas latitudes no tenemos la responsabilidad por el calentamiento global que tienen otros, su dependencia por los combustibles fósiles, ni su capacidad para resolverlo.  No somos habitantes de los Estados Unidos, ni de China, pero flaco favor le haríamos al mundo y a nosotros mismos si nos sentáramos a esperar que sean otros lo que lo resuelvan mientras seguimos como si nada.  
Las catástrofes que puede llegar a provocar el calentamiento global no se evitarán sin un cambio drástico en el modo de producción (y consumo) de las mayores economías del planeta que no incluyen a la de Uruguay precisamente;  pero para cuando eso ocurra – y más vale que así sea- será necesario estar preparado para transitarlo de la manera menos traumática. 

Nadie sabe si le economía capitalista global logrará transformarse y sustentarse sobre otra base energética que la que actualmente le brinda los combustibles fósiles, u otro modo de producción ocupará su lugar antes o después.  Lo único seguro es que si eso ocurre, la economía global actual y buena parte de la tecnología que la hace posible, desde la producción al transporte, pasando por el turismo  desaparecerá con inmensas repercusiones en el trabajo y en el estilo de vida de las personas a lo largo y a lo ancho del planeta, especialmente en aquellos lugares en que la civilización capitalista contemporánea tiene mayores raíces. Cuanto mayor sea el grado de dependencia que se tenga con ese capitalismo global peor; cuando más alejado se viva hoy de lo que será el mundo del futuro, mayores las dificultades para adaptarse.  Por eso el dilema que se plantea hasta para los que habitamos en un pequeño territorio ocupado por muy pocos es: seguir como si nada y cuando ocurra “algo” ver que hacemos, o tomar conciencia que en un plazo no muy lejano el mundo cambiará sí o sí y que la forma que lo haga y la manera que nos afecte dependerá en gran medida de lo que hagamos nosotros ahora. Podemos seguir proyectando el presente al futuro aferrándonos a la idea de que esencialmente nada cambiará o empezar a convencernos y a trabajar para construir un futuro posible. Dos cosas son seguras, estamos viviendo el final de una época que se resume en dos grandes acontecimientos, el cambio climático por un lado y el agotamiento de los combustibles fósiles por otro.  Ignorar esos hechos a la hora de pensar una estrategia política que haga posible una sociedad más justa, es tan inútil como imposible.

Andrés Figari Neves
10-09-2014

jueves, 4 de septiembre de 2014

EL QUE MUCHO ABARCA (artículo publicado en el semanario VOCES)

Las encuestas de intención de voto han venido registrando un descenso del Frente Amplio, y un aumento del Partido Nacional y de otros partidos chicos. ¿Es esto un disparate teórico o algo así?
Lo primero que hay que decir es que las encuestas son instrumentos, herramientas que nos permiten, junto a otros elementos, analizar la realidad política y tomar medidas para modificarla en el sentido que nos pueda favorecer. Quienes juzgan a las encuestas porque sus resultados no los favorecen, no solo que hacen mal, sino que pierden el tiempo.


Constanza Morerira ha escrito recientemente en La República ("La estrategia del salmón"“Los números nos están diciendo que el FA no crece, y que el Partido Nacional (PN) sí lo hace. No obstante, desde una perspectiva politológica, resulta muy improbable que los votos frenteamplistas se estén volcando hacia el PN.”.
Sin duda esa es una pregunta que muchos se hacen hoy en día: ¿Es posible que votantes del FA puedan abandonarlo para pasar a votar partidos como el Partido Nacional, incluso el Colorado, el PI u otros tan opuestos como la UP o el PERI?
Yo no tengo la perspectiva politológica de Morerira, desde luego, y desconozco cuales son las razones que la llevan a afirmar lo que afirma, pero yo creo que sí, que es posible. Como también son posibles los movimientos inversos.
Seguro que si alguien piensa en el FA como si fuera el del 71, se asombrará de que un votante de ese partido pueda pasar a votar a los partidos tradicionales o al PI, y tal vez no le parezca demasiado extraño que vote a otro partido de izquierda. Pero lo cierto es que entre el FA de hoy en día y el del 71 hay un abismo insondable; ni el FA es el mismo, ni sus votantes lo son. He ahí la cuestión.
El FA del 71 era un conglomerado de izquierda, con postulados de izquierda (antiimperialista, antilatifundista, antioligárquico), al que se sumaron sectores de los partidos tradicionales que compartían esos postulados. Luego de la dictadura, ese conglomerado siguió creciendo en su expresión electoral, fundamentalmente por incorporación de jóvenes (crecimiento vegetativo). Era un hecho que la mayoría de los jóvenes que se incorporaban al padrón electoral votaban al FA. Eso hoy ha ido variando y la tendencia ya no es tan pronunciada.
Pero por otra parte, a lo largo de su historia el FA ha ido transformándose, entre otras cosas para lograr llegar al gobierno, y el FA que llegó al gobierno no es ni la sombra de aquel que se fundó en el 71.
Se ha transformado notoriamente en sus formulaciones programáticas, se ha ido modificando en sus referencias ideológicas, también en su estructura orgánica, y ni que hablar en convocatoria electoral y política (en el sentido de los destinatarios de su mensaje).
El crecimiento electoral prácticamente ininterrumpido (salvo las elecciones del 89 y las del 2009), se debe sin dudas a la constante renovación que es –entre otras cosas- la que le ha permitido expandir sus fronteras electorales y su llegada a cada vez más amplias capas de la población. 
Muchos sostienen que lo que se ha dado es una “tradicionalización” del Frente Amplio (en el sentido de creación de una tradición propia), la que unida a su moderación programática ha llevado al FA a un corrimiento hacia el centro del espectro político incrementando su apoyo electoral.
Y cuando un partido de izquierda se corre hacia el centro para ampliar su apoyo electoral, y luego llega al gobierno y aplica un programa de centro, no es tan extraño que sus votantes –que a esa altura son mayoritariamente de centro- puedan volcarse eventualmente hacia otro partido.
Cuando un partido que tiene su origen en fuerzas políticas de izquierda con un alto contenido ideológico en lo teórico y en lo programático y hasta en la forma participativa de desplegar su actividad política, se transforma en un partido “catch-all”, es posible que crezca electoralmente e incluso que obtenga el gobierno (el Frente Amplio es una clara prueba de ello). Pero eso tiene sus costos.
Los partidos “atrápalo-todo” (catch all), cuando logran alcanzar el poder, tienden a sustituir su particular ideología por una visión amplia y omnicomprensiva de la realidad social. Una vez en el gobierno, el partido tiende a actuar como responsable del Estado en su conjunto y no como representante de un grupo concreto, y el objetivo de continuar en el poder resulta determinante para que termine modificando sus propuestas adaptándolas a las exigencias de la realidad, pero sobre todo, de la estrategia electoral.
En este contexto, el partido pretende abarcar el máximo número posible de electores y con ellos, sus votos. Ese lavado ideológico lleva sin duda a la ampliación de los posibles electores, pero hacen cada vez más difícil las distinciones en clave ideológica entre unos partidos y otros (los signos de identidad ideológica quedan reducidos a cuestiones instrumentales, la agenda de derechos, etc...). De esta forma, las diferencias entre derecha e izquierda tienden a reducirse cada vez más y el concepto predominante es el “centro político”.
En resumen, una fuerza política que alguna vez fue netamente de izquierda, pero que se ha ido transformando hasta ser una fuerza de centro, sin propuesta hacia el futuro y sin más discurso que lo que fue alguna vez y lo que hizo, no puede suponer razonablemente que pueda tener un electorado cautivo de izquierda. Y el electorado que incorporó en estos últimos años al haberse transformado en un partido atrápalo-todo, no es tampoco un electorado cautivo ni cosa que se le parezca.
El FA perderá irremediablemente las mayorías parlamentarias en octubre, y no sería un disparate que perdiera el gobierno en noviembre. Pero si esto último no sucediera, lo perderá en las próximas, ya que lo que no hizo teniendo mayorías no lo va a hacer sin ellas, por lo que terminará perdiendo toda credibilidad.




miércoles, 3 de septiembre de 2014

LA CENTRAL SE VUELVE A EQUIVOCAR


El PIT-CNT insiste en que es independiente pero no neutral frente a la campaña electoral, y efectivamente, es así, no es neutral. Tampoco independiente, claro. 

Mientras sus discursos públicos -como el del 1° de Mayo- son cuidadosos en no llamar directamente a votar por el Frente Amplio, al reivindicar en forma permanente las políticas llevadas a cabo desde 2005 a la fecha y compararlas con las de sus antecesores, hacen un llamado a votar por el partido de gobierno.
En esta oportunidad, el PIT-CNT convoca a un paro para difundir su opinión para las próximas elecciones de octubre, y alega que defiende las conquistas obtenidas durante los últimos 10 años, frente a quienes quieren derogar algunas leyes.
Sin embargo, en las pasadas elecciones internas la consigna de la Central era que "ningún voto de trabajador sea para la derecha" porque "se plebiscitan dos modelos de país" y "quienes estuvieron antes del Frente Amplio fueron muy negativos para los uruguayos". 
Pero allí no estaba en juego el gobierno, no estaba en juego la derogación de ninguna ley, ya que se trataba de elecciones internas de los partidos, y sin embargo la central de todas maneras tomó partido por el oficialismo.
Por cierto, el llamado del PIT-CNT no tuvo gran convocatoria; los partidos tradicionales (a quienes la Central señala como “la derecha”) obtuvieron más votos que el Frente Amplio (a quien la Central señala como “la izquierda”). Los partidos tradicionales en conjunto obtuvieron 547.000 votos, contra 298.000 del FA. Es decir, el llamado de la central que era “ni un voto de trabajadores a la derecha”, obtuvo como respuesta 547 mil votos por esa “derecha”. Todo un logro, y un mal presagio para quienes insisten con más de lo mismo.

¿DERECHA IZQUIERDA?

La central no quiere ni un voto de los trabajadores para “la derecha”. Por lo cual, de acuerdo a las alabanzas que hace de lo obtenido en los últimos diez años, los trabajadores deberían votar por el partido de gobierno, que obviamente sería “la izquierda”.
¿No debería la central de trabajadores defender los intereses de los trabajadores como clase, frente a la otra clase, la explotadora? ¿de dónde surge que la contradicción principal para los trabajadores sea entre “izquierda” y “derecha”?
Ya hemos dicho muchas veces que no entendemos muy bien los parámetros que se utilizan para deslindar esos campos hoy en día en nuestro país. Hubo una época en que los dirigentes políticos y sindicales nos hablaban de los enemigos principales, el imperialismo, la burguesía aliada a ese imperialismo, la oligarquía, el latifundio, etc...Claro que hoy utilizar esos parámetros complicaría las cosas, y sería muy difícil decir “no voten a estos”.
Lo más sencillo es trazar una línea imaginaria y decir: “de este lado está la izquierda, los buenos, y del otro lado está la derecha, los malos”. Y así todo se soluciona más fácil.
Esa línea imaginaria, además, deberá estar lo más bajita posible, para que cualquiera la pueda saltar en cualquier momento y ubicarse del lado de los buenos, si quiere, o del lado de los malos, si así fuera oportuno.
De esa manera, un Saravia o una Bianchi podían ser ayer de los buenos y hoy de los malos; así como un Borrelli, una Roldán o un Scavarelli pueden ser hasta ayer de los malos y hoy estar en el reino de los buenos con solo bolear la pata y pasar para el otro lado. O un De Haedo puede permanecer del lado de los malos pero asesorar a los buenos, casi haciendo equilibrio sobre esa línea imaginaria.
“Usted no entiende nada Perera” –me dirán- “se trata de defender leyes favorables a los trabajadores y que otros (los malos, la derecha) quieren derogar”.
Y claro, yo en un principio lo había entendido así, pero me quedé pensando. Porque recordé el año 2009, en el que la ley de accidentes camino al trabajo se incorporó como uno de los planteos centrales del Pit-Cnt para ese año electoral; la ley fue votada por la casi unanimidad del Parlamento, y el presidente de entonces, el Dr. Tabaré Vázquez, la vetó. Y no recordé que la central hubiera hecho una sola medida en contra de esa decisión absolutista del presidente que hoy llama a votar.
“Perera, no sea tonto, -me dirán- se trata de defender leyes que protegen la vida de los trabajadores y que alguien se propone derogar”.
Y claro, lo entiendo. Solo que no había leído la letra chica, allí donde dice que si la ley protege la vida de las mujeres pobres, como la ley del aborto, y el presidente la veta, no hay problema. El llamado es solo para no votar a los que quieren derogar leyes que protegen la vida de los trabajadores masculinos, y siempre que ese derogador (o vetador, según sea el caso) esté del lado de los malos (de “la derecha”).
La verdad, sí, me cuesta entender. ¿por qué se hace campaña para que los trabajadores voten a quien vetó dos leyes que favorecían a los trabajadores? ¿qué batallas dio el PIT-CNT para defender la ley de seguros de accidentes que vetó Vázquez cuando era presidente, y que favorecía a los trabajadores? ¿por qué hace campaña el PIT-CNT para que los trabajadores voten a quien vetó la ley del aborto, que protegía fundamentalmente a las mujeres más humildes que morían abortando en condiciones pésimas? Si es tan importante defender la vida de los trabajadores al punto de llamar a no votar a quien supuestamente derogaría leyes que la protegen, ¿por qué no se llama a no votar a Tabaré Vázquez, quien vetó dos leyes que protegían la vida de trabajadores y trabajadoras? 
Es obvio que el nerviosismo ataca a todos por igual cuando se está corriendo el riesgo de perder las elecciones. Porque no es cierto que los dirigentes de la central sean independientes,  porque la enorme mayoría de ellos integran listas oficialistas y pertenecen al oficialismo.

LA SOCIEDAD ES OTRA COSA

Pero además, la división entre izquierda y derecha es ajena al conflicto central de la sociedad y que los dirigentes del PIT-CNT deberían conocer muy bien. La dicotomía esencial es de clase, y es entre explotados y explotadores, entre clases oprimidas y clases opresoras. 
Muchos de los principales dirigentes de la central de trabajadores son marxistas, y seguramente no van a encontrar en ningún texto de Lenin, Marx, Trotski, Stalin, Fidel Castro, el Che o Mao que estos se autodefinan como "de izquierdas" o que centren sus ataques en la derecha. 
La autonomía o independencia de clase debe tener como fundamento el reconocimiento de que en los países dependientes, como el nuestro, la relación social fundamental es capitalista, y lo que hay son explotados y explotadores.
También en Rusia el ala menchevique del partido socialista y los liberales agitaban el peligro de la extrema reacción (en nuestro caso, y hoy, sería la derecha) para aconsejar la conciliación de clases. Respondía entonces Lenin que “el partido obrero debe rechazar con desprecio el acostumbrado método liberal de atemorizar al filisteo con el espectro del peligro centurionegrista” (diciembre de 1906). Y en otras notas destacaba que el “cuento del peligro centurionegrista” sólo sirve para proteger a los liberales del peligro del socialismo, y embota la conciencia de las masas, pues no las impulsa a distinguir las verdaderas líneas de clase.
La idea mantiene su vigencia. Agitando el peligro de la derecha, de los niños comiendo pasto, de la crisis y los bajos salarios y de todas las catástrofes, la dirección de la central confunde y paraliza. Los análisis deben basarse en las relaciones de clases sociales y en políticas objetivas, quienes gobiernan para el capital, quienes primarizan la economía, concentran la propiedad de los medios de producción y los extranjerizan, y como se los combate.
Tratándose de variantes políticas propias de cualquier democracia burguesa, los trabajadores no ganan nada sustancial apoyando a una u otra. Y aún cuando pudiera haber alguna ventaja apoyando el mal menor contra un enemigo, el verdadero mal radica en oscurecer los antagonismos de clase.
Por si esto fuera poco, se inculca en los trabajadores la idea de que, las conquistas de los trabajadores y su defensa no es tanto una cuestión de lucha, sino de cuál partido se vota; si se vota tal partido, se obtienen tales beneficios, si no se lo vota, esos beneficios se pierden.

lunes, 1 de septiembre de 2014

QUE SE JODAN LOS POBRES/arriba los pobres (artículo de Andrés Figari Neves)

Un argumento que se usa para justificar el voto al FA, es que si no gana “los que más van a sufrir son los pobres”. Lo interesante es que no es un argumento de los “pobres”, sino de los que dicen que se preocupan por ellos.
Aparentemente esa gente no lucharía por una causa personal, sino que lo haría por otros; para que los “pobres” fueran menos pobres o para que los “pobres” (que no son ellos) dejen de ser pobres. Harían lo que dice que hace la iglesia, “sacrificarse por los demás”,  practicar la caridad, hacer asistencialismo.  Es una actitud que en la medida que sea sincera la respeto como gesto de simpatía hacia los que sufren, pero si la analizo políticamente no puedo olvidar a los viejos socialistas cuando criticaban a los curas porque con su “caridad” le ponían paños tibios a lo que se llamaba “la cuestión social”. ¡Qué tiempos aquellos!  
Ahora parece que nadie puede ver un “pobre” sin que se le caiga una lágrima y deba salir corriendo a socorrerlo. Parecería que la misión del militante es menos  “abrirle la cabeza” y  hacerlo crecer políticamente, que “asistirlo”.  Y si a uno le parece una cuestión secundaria, porque considera que la “caridad” – sobre todo cuando es del Estado-  corrompe y  amansa,  es un hijo de puta que actúa así porque está cómodo.  Yo comprendo al que está en la lona y se agacha porque cualquier monedita sirve.   Comprendo al que desde su necesidad no puede ver más allá de la inmediatez y se aferre al alivio con uñas y dientes.  Lo que no me parece acertado es la actitud de los que sin estar en esa situación y dicen que la política tiene que apuntar a un objetivo más lejano, intentan justificar claudicaciones invocando el eventual padecimiento de los otros como si eso fuera un argumento.
Es probable que para los que piensan que la finalidad de la lucha política es aliviar la situación de los “pobres” ese sea su objetivo;  pero también creo que de un tiempo a esta parte, hay mucha gente que se dice de “socialista” que ha perdido de vista el que debería ser el suyo.
Como a mí me interesa la política y procuro justificar racionalmente lo que hago, me pregunto: ¿Es correcto condicionar la estrategia de la lucha por el poder según repercuta en el bienestar inmediato de los que algunos llaman “pobres”?  Quizás la confusión sea respecto de lo que hay que entender por pobreza y las causas que la originan. Quizás se parte de una mala definición y eso conduce a una mala posición sobre el tema.  Quizás los pobres sean muchos más de los que algunos  imaginan. Quizás el problema resida en que se crea que ser pobre es lo que dice el Banco Mundial y el FMI, algo que depende de los ingresos, de la falta de bienes o comodidades (las letrinas que decía el Ché).  Quizás esa definición oculta lo realmente importante: el lugar que cada cual  ocupa en la estructura social.  De ser así,  la perspectiva cambia por completo.
 Si ser rico o pobre no depende esencialmente de las comodidades que se dispone, - sino de otra cosa, de contar (o no) con la capacidad para sobrevivir por nuestros propios medios o de tener (o no) la necesidad de encontrar un trabajo para poder hacerlo, la cosa cambia por completo.  En ese caso, la sociedad se divide grosso modo en dos grandes clases, “los que viven por sus manos y los ricos” (Manrique dixit) y los bienes a los que eventualmente se pueda acceder son una consecuencia de lo primero. En ese caso hay una inmensa mayoría que está obligada a trabajar para enriquecer a los “Ricos” y unos pocos que pueden vivir gracias a eso. No se trata esencialmente de una diferencia de “ingresos” sino de capacidades, de poder que algunos tienen y otros no para decidir sobre sus vidas y la de los demás.
Si esto es así, una lucha que tenga por objetivo final una verdadera “igualdad de posibilidades” debe priorizar modificar esa situación por encima de cualquier otra consideración.  Todo paso que conduzca en esa dirección sirve, los que no, no.  Por esa razón no toda lucha que mejore las condiciones de vida de los trabajadores es -mirada políticamente-  necesariamente buena; depende.  Si el mayor bienestar no contribuye a que los trabajadores tomen conciencia de su condición de explotados y sometidos y fortalezca su determinación para luchar por su emancipación, no solamente no sirve, tal como lo demuestra todo la historia del movimiento obrero y de los partidos socialistas/comunistas en USA y Europa, sino que hasta resulta contraproducente.  Es más, un mayor bienestar material de los trabajadores suele ser la carnada mediante la cual las clases dominantes compran su conciencia para llevar adelante sus intereses políticos y afianzar su hegemonía ideológica.  Es bien sabido que mucho de los trabajadores bien alimentados no solamente no se viven como pobres,  sino que hasta ignoran su  condición de sometidos.  También están los corruptos, los que teniendo algunas chucherías eso no les importa.  Son los que dicen “mientras yo viva bien, no me interesa quien mande”; lo que traducido al lenguaje de la calle significa: “mientras tenga el plato lleno lo demás me chupa un huevo”.
Por eso, no se trata de menospreciar las conquistas materiales, especialmente cuando son el resultado de la lucha y del sacrificio.  Cuando existen hay que aplaudirlas;  pero tampoco se trata de caer en la bobada de apoyar al gobierno “porque ahora se vive mejor” sin considerar la totalidad de los efectos que tienen sus políticas en la causa de los pobres. En esta materia nada es simple ni lineal, hay beneficios que debilitan y castigos que fortalecen.  El que crea que los pobres vencerán sin sufrimiento se engaña; pero el que crea que podrán vencer sin hacerse moralmente fuertes, se engaña mucho más.

Andrés Figari Neves
01-09-2014

EL OPORTUNISMO POLÍTICO

Cuando salió a la luz pública la mentira de Sendic acerca del ya famoso célebre título adornado con medallas de oro, fuimos muchos los qu...