jueves, 6 de diciembre de 2018

PATOTERISMO VULGAR



Lo primero es lo primero: El ocultamiento del asesinato de un recluso en el penal de Libertad por parte de la guardia, al que mataron como animal, indigna. Desde el que apretó el gatillo hasta el Ministro, todos mintieron y ocultaron. Y como dice un amigo, “esa sí que es una línea roja que el FA no debería dejar cruzar” en esto de permitir y justificar todo lo que venga de su gobierno. Mi amigo no tiene ninguna esperanza, yo tampoco.

La destitución del director del INR no debería ser el cierre del asunto, sino el comienzo, y debería terminar con la renuncia del ministro, algo que sucede en los países civilizados con gobiernos decentes. Por cierto, no sucederá acá.

En cuanto a lo que pasó en Artigas, fue un patético sainete que incluyó al ministro Bonomi reculando para tapar una pancarta, actitud ridícula por donde se la mire, aunque admite una serie de calificaciones más: infantil, estúpida, ordinaria, patotera, intolerante, grotesca, en fin, lamentable. Porque estos mismos señores que se arrodillan frente al capital extranjero se envalentonan ante un puñado de ciudadanos con una pancarta.

Lo grave, es que además culminó con la prisión de uno de los manifestantes (criminalización de la protesta), y luego la difusión pública de cosas que tienen que ver con la vida de las personas que protagonizaron los hechos.

La INDDHH expresó su “profunda preocupación” por el uso de los datos que realiza el gobierno con manifestantes opositores y recordó que ya había advertido sobre este tipo de prácticas.

La divulgación de antecedentes de un ciudadano, con fines políticos, es una actitud merecedora también de calificativos como los mencionados más arriba; además de ilegal.

Al parecer, uno de los manifestantes sería un ex preso, y otro un militante de un partido político. Por cierto, ninguna de las dos cosas impide manifestar; no es ilegal ser un ex preso, ni tampoco ser un militante político. De hecho, el propio ministro Bonomi es la prueba viviente de que se puede ser ambas cosas a la vez.

Un ex delincuente, que fue condenado y cumplió su pena y hoy está en libertad, tiene todos los derechos. Incluso hasta puede ser ministro, como es notorio, incluso presidente de la república.

En puridad, ya no es un delincuente. Delincuente es por ejemplo alguien, que está procesado por el delito de peculado, y que aún no ha cumplido ninguna pena. Sin embargo el gobierno no le prohíbe concurrir a ningún acto, ni es proclive a difundir sus antecedentes.

En cuanto a ser un militante político e ir a un acto del gobierno con una pancarta, no solo que no es un delito, sino que debe ser lo más común de las cosas comunes en este país. Claro, en general son afines al gobierno, y esos no son tapados por un ministro que recula ni escrachados en los medios.

Todo eso no hace más que demostrar la intolerancia y el autoritarismo de un ministro que hace rato ya, es impresentable.


José Luis Perera


domingo, 21 de octubre de 2018

YO LE HICE EL JUEGO A BOLSONARO




Hay quienes sostienen que criticar a un gobierno de izquierda es lisa y llanamente hacerle el juego a la derecha. No admiten ningún tipo de crítica, y defienden a quienes consideran “los suyos” tal como defiende la mafia a “la familia”.
Pues lo confieso: me cuento entre quienes han venido criticando desde hace ya mucho tiempo al gobierno del PT y a Lula. Y como es sabido que la gran mayoría de los brasileños me leen, el resultado está a la vista: Bolsonaro será el próximo presidente del Brasil.

Algunos pastos que di a las fieras

En abril de 2010 escribía lo siguiente: 
 
El nuevo presidente del PT, Eduardo José Dutra (ex senador y ex presidente de Petrobrás) fue elegido por el voto directo de unos 500 mil afiliados. No es poca cosa, pero hay que recordar que en 1989, cuando Lula disputó por primera vez la presidencia del Brasil, el PT tenía unos 800 mil afiliados, sobre una población de 150 millones (hoy son más de 190 millones)”.
Es decir, hace ya ocho años se me ocurrió observar que el PT, luego de 8 años de gobierno estaba perdiendo apoyo dentro mismo de su propia base. En 8 años había bajado sus afiliados a la mitad en proporción a la población. Y por otra parte estaba perdiendo a muchos de sus principales líderes, fundadores del PT.
En comparación, el Partido Socialista Unido de Venezuela, contaba en ese entonces con más de siete millones de afiliados (Venezuela tiene unos 28 millones de habitantes), y un casco permanente de alrededor de un millón y medio de militantes. 
 
Mencionaba hace 8 años lo que decía Luis Bilbao (otro que le hacía el juego a la derecha): “Dos períodos de gobierno petista en Brasil significaron un salto adelante en la historia de los de abajo. Sus logros sólo pueden ser desconocidos por ideólogos de la reacción. No obstante, al cabo de ocho años, aparte de no haber resuelto innumerables problemas básicos, el PT no fortaleció la estructura partidaria, no desarrolló un proceso de organización de masas con ejercicio concreto del poder, no ganó más espacio social en capas explotadas y oprimidas y, en consecuencia, no cuenta seguro siquiera el voto de la masa beneficiada por su gobierno”.

Escribía yo por esos días, luego de destacar los indudables logros de los gobiernos del PT: “como contracara, entre otras cosas, luego de 30 años de vida del PT, ya no se percibe en su seno la abrumadora presencia obrera, sindical y juvenil de sus comienzos. Hoy en día, casi todas las empresas consultoras señalan algo que resulta impactante para todo el mundo: más del 80% de la población brasileña respalda a Lula. Algunos señalan que hasta ahora, en el mundo Brasil era sinónimo de Pelé; ahora el símbolo nacional es Lula. Pero la misma opinión pública (sin distinción de clases) que pone por el cielo la figura de Lula, denuesta al PT, lo cual constituye una carga demasiado peligrosa y pesada en la próxima campaña electoral. De hecho, la candidata del PT, Dilma Rouseff (una ex militante del socialdemócrata PDT de Leonel Brizola) cuenta con el 25% de aceptación, según las encuestas, 10 puntos por debajo de José Serra, el candidato del PSDB. No estamos diciendo que las elecciones estén perdidas”.

Por cierto, Dilma ganó las elecciones gracias a su alianza con la derecha de Temer y cía. Y así le fue.
Esa ha sido otra característica de los gobiernos progresistas, el lavantamiento de liderazgos personales, más allá de programas o proyectos. 
 
Señalaba por ese entonces:
Michelle Bachelet entregó el mando a Sebastián Piñera con una popularidad de 84%. Pero luego de 20 años de gobierno progresista, la inmensa mayoría de los chilenos (46%) no simpatiza con ningún partido: un 26% simpatizaba con la Concertación, un 18% con la Alianza, y un 7% con la izquierda extraparlamentaria. Uno de cada cuatro chilenos no se identifica ideológicamente (38%): es decir, no sabe si es de derecha, centro o izquierda. Pero eso no es lo más grave. Las cifras de participación dicen mucho más. Chile es una democracia peculiar: si no te registras en el censo, no votas. De algo más de doce millones de potenciales votantes, sólo se inscribieron 7.145.485; menos que los inscritos para el plebiscito de 1988 (7.251.930). El censo lleva estancado veinte años. Si miramos a la juventud: ¡sólo un 19% de jóvenes hasta los 34 años se registró para votar!”
Lo mismo decía de Tabaré Vázquez: “Al finalizar el mandato de Tabaré Vázquez, su popularidad ascendió al 80%, la mayor con la que culmina su gestión un gobernante uruguayo desde que existen estudios estadísticos. Y sin embargo, a pesar de esos avances y de la popularidad del presidente, el Frente Amplio no pudo obtener el triunfo en primera vuelta, y descendió su votación con respecto al 2005”.
Y traía a colación lo que decía otra que le hace el juego a la derecha, María Luisa Battegazzore: “Lo que aquí interesa es que el peso del elemento personal aumenta en razón directa a la devaluación de lo colectivo y de lo programático. Quién lo hará importa más en la medida que se percibe menos claro, definido y firme el qué se hará.”

Y hace dos años escribía lo siguiente: 
 
Lo que ha venido ocurriendo desde mediados de 2015 hasta ahora ha mostrado la caída lenta pero sin pausa de los progresismos de la región, presagiando tal vez el fin de una “era progresista”.
Algunos analistas apostaban a la continuidad del gobierno Kirchnerista con una victoria de Scioli en Argentina, un triunfo de los candidatos del PSUV y del Gran Polo Patriótico en las elecciones legislativas venezolanas, y a una consolidación del gobierno de Dilma en Brasil.
Nada de esto sucedió, como es público y notorio, sino todo lo contrario. En Argentina triunfó la derecha macrista, en Venezuela la oposición obtuvo la mayoría, y en Brasil el PT perdió el gobierno al ser destituida Dilma en medio de un gran escándalo de corrupción del que no se salva nadie”.

RESPONSABILIDADES

Y en mi desenfrenado juego a la derecha señalé responsabilidades:

Ahora bien, la derecha hace su juego, y está en todo su derecho. Las responsabilidades por las derrotas electorales o institucionales ya ocurridas y por venir, son de las élites progresistas.
En Brasil, es en donde se ha producido el debate más a fondo sobre los años de gobiernos del PT, encabezados por Lula y por Dilma, y es sin duda el más importante a analizar por su proyección global y porque representa -en términos de población y de producción- más de la mitad de la región.
El PT surgió como producto de ex guerrrilleros, sindicalistas, comunidades eclesiales de base, etc, llegó a ser el mayor partido de izquierda de América Latina e impulsó los foros sociales como el de Sao Paulo.
El filósofo Paulo Arantes, referente de esos debates, sostuvo que el país y la izquierda están exhaustos: “Agotamos por depredación extractivista el inmenso reservorio de energía política y social almacenada a lo largo de todo el proceso de salida de la dictadura”.
Y esa reflexión de Arantes tal vez sea más que válida para muchos de los procesos de los que hablamos, en donde el mayor pecado es haber desperdiciado esa enorme energía social y política que llevó décadas de construcción paciente y permanente.
Como afirma este filósofo brasileño, la energía agotada es de carácter ético, un deterioro social jamás visto, y la resume en «el derecho de los pobres al dinero», lo cual es en su opinión la clave del fin de este ciclo. La izquierda que siempre había priorizado la dignidad de los trabajadores como clase, aparece ahora con una gama de preocupaciones que se centran en administrar en vez de transformar, apostando todo al crecimiento de la economía, a los grandes números, al grado inversor, a los equilibrios macroeconómicos, sin más objetivos.
Un intelectual muy respetado, el sociólogo Francisco de Oliveira (fundador del PT, y cuando el gobierno de Lula puso en práctica reformas neoliberales fundó el PSOL), sostiene algo que también sin dudas es aplicable a los demás procesos de AL; dice que los gobiernos de Lula y Dilma provocaron una gran despolitización de la sociedad, en gran medida porque la política fue sustituida por la administración y porque “se cooptaron centrales sindicales y movimientos sociales”.
De Oliveira habla de una “hegemonía al revés”, para explicar como los ricos aceptan ser políticamente conducidos por los dominados, con la condición de que no cuestionen la explotación capitalista.
El sociólogo brasileño sostiene que “el lulismo es una regresión política”. De hecho, en las elecciones de 2006, cuando Heloísa Helena fue expulsada del PT por negarse a votar la reforma previsional), obtuvo 6,5 millones de votos como candidata del PSOL, casi el 7%.
Finalmente, todos sabemos como terminó la experiencia del PT, envuelto en un escándalo mayúsculo de corrupción, con Dilma destituida y con cientos de procesos judiciales que abarcan a todo el espectro político del Brasil, Lula incluido”.

NO SOLO LA CORRUPCIÓN

Decía también por esos días:

De todas formas, además del fenómeno de la corrupción, otros elementos deben tenerse en cuenta al evaluar si el progresismo fue una regresión o un paso adelante.
Hay quienes sostienen que los progresismos fueron un avance puesto que redujeron la pobreza llevándola a niveles muy bajos en comparación con la historia reciente de todos nuestros países. Esto fue posible por el crecimiento económico (basado fundamentalmente en el valor de las materias primas) que incorporó mas personas al mercado de trabajo, más la aplicación de políticas sociales.
Pero otros, somos de los que evaluamos los avances o retrocesos en términos políticos, además de los económicos. Así como evaluamos las victorias sindicales no por el monto económico de la conquista, sino por el avance en conciencia de los trabajadores a través de la lucha.
En ese sentido, es claro que no hubo cambios significativos en la igualdad (los ricos siguen siendo tanto o más ricos que antes), no hubo reformas estructurales, y en cambio sí se produjo desindustrialización y reprimarización de las economías. Además de una gran extranjerización y concentración de los medios de producción, especialmente de la tierra.
Y desde el punto de vista político, es en donde más se puede sostener -desde mi punto de vista- que los progresismos han significado un retroceso. La política, desde una mirada de izquierda, debe significar el avance en la capacidad de los sectores populares de organizarse y movilizarse para debilitar el poder económico y político de los poderosos, generando las posibilidades de cambio.
En este punto, la energía popular ha sido desgastada por el progresismo. Las críticas a las grandes movilizaciones de 2013 en Brasil por parte del PT porque supuestamente favorecen a la derecha, son un claro ejemplo, pero ya es parte del paisaje progresista la crítica a las movilizaciones de los trabajadores con ese desgastado argumento.
Claro, el problema ahora es como enfrentar a las derechas que vienen por la revancha, con sociedades desmovilizadas y despolitizadas, con una energía social dilapidada por el progresismo”.
Y las derechas vinieron, y encontraron un pueblo desmovilizado. El PT no fue capaz de organizar ni una sola movilización ante el ascenso de Bolsonaro, salvo para alcahuetear a Lula, su líder preso. Las mujeres le dieron en ese sentido un cachetazo al PT con la movilización ELE NAO. 
 
EL AÑO PASADO

El año pasado continué alimentando a las fieras brasileñas (que cada vez me leían más) y dije cosas como estas:
Los hechos están ahí: el PT está mezclado con el PMDB, el PSDB, el PP y otros de la misma calaña, en un enorme proceso de corrupción.
Esa alianza y otras, más o menos coyunturales, que Lula se vio obligado a tejer para garantizarse una gobernabilidad que le permitiese sacar adelante su Presidencia, fue el peaje que los poderes fácticos le impusieron; y no es retórica. Los votos que Lula consiguió durante años para sus propuestas legislativas se obtuvieron a cambio de dinero. En algo así de ‘simple’ consistió el mensalao, el gran escándalo de corrupción que azotó las presidencias de Lula (2003-2010).
No es útil defender a las personas por lo que dicen sino por lo que hacen. Y lo hecho por Lula y el PT deja mucho que desear. Dicen que “el que se acuesta con niños amanece mojado”. Muchos de los corruptos comprobados que están ahora en el gobierno Temer, fueron también parte de los gobiernos del PT, son sus aliados. La dirección del PT traicionó el sueño de la clase obrera brasileña al resolver gobernar el sistema junto con la burguesía y para la burguesía.
La derecha internacional siempre estará coordinando acciones para echar abajo gobiernos progresistas o de izquierda, así como las izquierdas siempre estarán coordinando acciones para luchar contra los gobiernos de derecha (las izquierdas internacionales también coordinan sus acciones, no otra cosa es el Foro de San Pablo, por ejemplo). Pero las caídas de estos gobiernos no necesariamente son el producto de estas coordinaciones. Muchos caen por su propio peso, porque no cumplen con sus promesas, porque se muestran incapaces de transformar lo que se suponía que iban a transformar, porque se corrompen, etc".

Señores que se creen de izquierda: el arma más poderosa que tienen es la autocrítica, para corregir desvíos y errores; los pecados más siniestros que están cometiendo son la autocomplacencia y la arrogancia. Después no se quejen.

miércoles, 17 de octubre de 2018

PARADIGMÁTICO


(publicado esta semana en Semanario VOCES)

Si paradigmático es “algo que puede presentarse como ejemplo o modelo, el “caso Sendic” lo es, sin duda. Claro que como ejemplo de lo que no debe ser. Tanto desde el punto de vista individual como desde el colectivo. Importa porque es un actor destacado; ha sido diputado, director y luego presidente de ANCAP, Ministro de Industria, senador y vicepresidente de la República. Y desde luego, importa porque pertenece al partido de gobierno.

Se lo cuestiona básicamente por tres cosas: 1) Haber dejado un agujero del orden de los mil millones de dólares en ANCAP, 2) haberse auto adjudicado un título de Licenciado en Genética Humana, y 3) haber utilizado los dineros públicos para compras personales.

Lo primero es sin duda una proeza difícil de igualar. Logró hacer desaparecer mil millones de dólares de la petrolera, una empresa que factura tres mil doscientos millones al año, y además lo hizo en el momento en el que el principal insumo (el petróleo) bajaba a precios históricos. Por si fuera poco, logró perder también millones de dólares en la cementera en medio de un boom de la construcción, mientras su competidora ganaba millones. Es decir, puede ser puesto sin temor en el lugar de los ineptos. Algo que la ciudadanía no quiere en un gobernante.

Lo segundo, es una verdadera estupidez, inventarse un título inexistente, y además decorar la mentira con sendas medallas de oro también inexistentes es algo que escapa a la ciencia política y es más bien para la psicología. Lo peor es que primero reconoció no tener el título, pero luego se embarcó en sostener la mentira contra viento y marea. Algo que debiéramos rechazar también en un político, la mentira descarada.

Y lo tercero es algo muy grave, porque tiene además implicancias delictivas. Algo que desde luego la ciudadanía debiera rechazar de plano, un político que utiliza nuestros dineros en su propio beneficio.

Desde el punto de vista del partido político al que pertenece, el “caso sendic” es paradigmático por lo vergonzoso. La fuerza política de gobierno ha hecho todo lo que no debía hacer.

Cuando sale a la luz pública lo del título, el Plenario Nacional respalda a Sendic y descarga su ira sobre la oposición y la prensa, hablando de maniobras de enchastre para sacar del ruedo a un futuro candidato. Patético. Absolutamente nadie podía creer que Sendic tuviera algún título de algo, pero se lo respaldó como lo hace la mafia con sus integrantes.

En el caso de ANCAP se llegó a hablar de una “gestión exitosa”.

Y cuando la JUTEP y el propio Tribunal de Etica del FA condenan a Sendic, y la justicia lo procesa, por el uso de la tarjeta corporativa, el FA ni siquiera lo sanciona. Es el propio Sendic quien le saca las castañas del fuego renunciando. Y por si fuera poco, se intentó premiarlo con el subsidio, cosa que también evitó el propio Sendic renunciando a ello.

Ahora hay quienes desde el FA sostienen que no hay razones “legales” para que Sendic -procesado en primera instancia por peculado y abuso de funciones- no sea candidato. Señores, las razones son éticas.




sábado, 29 de septiembre de 2018

UPM2: LAS SORPRESAS CONTINÚAN Cuando parecía que todo estaba dicho


Autor: William Yohai
22 de setiembre 2018

Hace varias semanas parecía que nada nuevo iba a aparecer en torno al negocio que surge del contrato ROU-UPM.
Decíamos que el contrato eléctrico significaba un subsidio por 1,450 millones de dólares (mmdd) dado que UTE se comprometía a pagar 72.5 mmdd anuales por una energía que no iba a necesitar. Recordemos que durante 2017 UTE utilizó apenas un 4% de su capacidad de generación térmica.
La demanda de energía eléctrica entre 2000 y 2017 creció, punta a punta un 20%. Es esperable, por tanto, que para 2037 haya crecido otro tanto. Faltan, entonces, bastantes años para que UTE realmente necesite nuevas fuentes de energía. Sin embargo, la eventual instalación de UPM2 puede adelantar ese proceso. La cláusula del contrato que obliga a ROU a garantizar un flujo mínimo del Río Negro provocará una caída de la capacidad generadora de las represas sobre el mismo. Según expresó el senador Luis Lacalle en llamado a sala de noviembre del año pasado[1] los servicios técnicos de UTE cuantifican esa pérdida entre 45 y 160 millones de dólares anuales. Lacalle afirmó también que el dragado del puerto de Montevideo costaría 30 mmdd. El viaducto sobre el acceso ferroviario al puerto, más el traslado del puerto pesquero a Capurro costarían unos 250 mmdd.
Según manifestaban un día sí y el otro también jerarcas oficiales el ferrocarril costaría 700 mmdd.
Basándonos en el costo (a valor actual tasa de interés 4.5%) del contrato eléctrico (943 mmdd.), el viaducto y traslado del puerto pesquero y el ferrocarril estimábamos la inversión de Uruguay en el orden de 1900 mmdd.
Si agregamos lo informado por Lacalle habría que agregar otros 45-160 mmdd (perdida generación UTE) y 30 anuales por el dragado.
Faltan en esta cuenta obras viales, interconexión eléctrica, fortalecimiento de DINAMA, reforma educativa ad-hoc, etc.
El 4 del corriente se abrió el sobre de la única oferta en carrera para construir la obra ferroviaria. Los medios de prensa[2] siguen informando que la obra tendrá un costo de 800 mmdd. Lo que no aclaran  es que ese sería el costo para la empresa contratista. Al estado uruguayo la obra le costaría más de 2.000 mmdd. En efecto, como indicio valga  el dato de que Diego Pini, representante de la empresa español a ACCIONA que fue dejada fuera del proceso licitatorio, afirmó que su propuesta es 8.3% más barata que la del grupo ganador, liderado por SACEEM, y que ello representa 168 mmdd. menos. Una sencilla regla de tres da que el costo para nosotros sería de 2.024 mmdd. Por lo que hemos podido investigar el plazo de pago de esta suma sería de 15 años, a razón de 134,940 mmdd. anuales. El valor actual a una tasa de 4.25% (utilizada como base en los informes que figuran en página del MEF al respecto) da 1.583 mmdd.

Una suma provisoria, con los elementos anteriores daría[3]:

INVERSIÓN ROU PLANTA UPM2 (PARCIAL) mmdd
Ferrocarril
1.583
Contrato eléctrico
943
viaducto p. pesquero
250
pérdida por flujo mínimo RN
103
Dragado
30
Total
2.909
  
Como se observa, a fin de hacer una cuenta lo más objetiva posible con la información disponible, hemos descontado los pagos que, incluyendo el peso estimado de los trenes vacíos, UPM debería hacer a ROU por el uso de las vías a razón de 0,05 dólares por tonelada bruta kilómetro.
Esta cifra, alrededor de 2.545  mmdd. representa  más que los 2.000 millones de euros que promete invertir UPM. A título  ilustrativo damos  a conocer el cuadro de la inversión ROU sin descontar, o sea, sumando simplemente los desembolsos anuales.

  
De acuerdo a estos datos Uruguay estaría invirtiendo un 51% del total (4.945) de la inversión.
Como frutilla de la torta: utilizando los datos de[4] que informa las ventas de celulosa durante el primer semestre, elaboramos el cuadro de más abajo:

 

 Los números representan dólares de EEUU.
Si estos precios se mantuvieran la planta UPM2 generaría ganancias anuales por alrededor de 1.000 millones de dólares. La recuperación de la inversión tendría lugar en algo más de 2 años. Todo un récord a nivel internacional.
Uruguay recibiría una cifra ínfima de impuestos. Trabajarían unas 2.500 personas durante 2 años. Quedarían unos 500 puestos de trabajo permanentes[5]
La propaganda oficial trata de convencernos de que el ferrocarril que se planea a) estaba ya en los planes del gobierno, no se hace a exigencia y medida de UPM. b) Servirá para transportar la producción de grandes zonas del país al puerto de Montevideo.
Respecto al primer punto diremos que es una falsedad. Cuando el gobierno, al principio, mencionó sus planes inversión en infraestructura no lo mencionó. Respecto al segundo: si bien no se conocen públicamente los planos (hasta donde sabemos) de la construcción, no parece haberse previsto las obras complementarias para viabilizar ese transporte, nos referimos por ejemplo a ramales hasta las estaciones desde las plantas de silos. Además, el contrato es claro: UPM dispondrá del uso de las vías las 24 horas de los 365 días del año. No se pude descartar que las nuevas infraestructuras transporten algo más que la celulosa y los insumos que necesita UPM, además de los trenes vacíos. Es muy dudosa la entidad que alcance dicha utilización.

En suma: cuanto más se sabe de este negocio más clara resulta su condición de ruinoso para el interés nacional. Entiendo que hasta que no se firme el contrato con el consorcio para la construcción del ferrocarril hay tiempo para revertir todo esto. Después, probablemente será demasiado tarde.


[3]     Se asume: a)La pérdida para UTE por flujo mínimo del Río Negro, promedio de las cifras manejadas por Lacalle daría entre 45 y 160 millones de dólares anuales. No la consideramos dado que mayoritariamente sería absorbida por la energía que la planta entregaría a UTE en el marco del contrato eléctrico.  b)Dragado: misma fuente.  c) viaducto y traslado puerto pesquero declaraciones del presidente del puerto de Montevideo.
[4]     Revista ARU Nº 193-Forestación Nº 3 /2018 página 14
[5]     Ver al respecto www.resonandoenfenix.blogspot.com UPM2 EL EMPLEO: Anatomía de la mentira.


viernes, 28 de septiembre de 2018

MALDICIÓN DE MALINCHE RECARGADA

http://contratapapopular.blogspot.com/2018/09/upm2-las-sorpresas-continuan-cuando.html
y les seguimos cambiando
oro por cuentas de vidrio
y damos nuestra riqueza
por sus espejos con brillo
(Gabino Palomares)

 
La nueva planta de UPM (UPM2) en Uruguay, pasará sin dudas a la historia como una de las acciones más cipayas de gobierno alguno de este bendito país. De las iniciativas más vergonzosas e indignantes, tal vez solo comparable a aquella del primer gobierno del hoy presidente Vázquez, la búsqueda afanosa de un TLC con los Estados Unidos.
Es un negocio en el cual perdemos en un montón de rubros: en soberanía alimentaria (miles de hectáreas que dejan de producir alimentos para producir árboles que producirán pasta de celulosa); la empresa generará leyes laborales aplicables en todo el territorio; la empresa decidirá sobre temas de educación (hasta preparará los educadores que educarán según sus parámetros a nuestros hijos); en calidad ambiental (deterioro del ecosistema), en pérdida cultural y social (gente que sigue abandonando el campo y sus saberes para vivir en la capital), seguimos extranjerizando la tierra, principal medio de producción (hoy medio Uruguay pertenece a extranjeros, y los mayores latifundios pertenecen a empresas papeleras), modificamos el río para abastecer de agua a la empresa, que consumirá más agua que todos los uruguayos juntos.
Un acuerdo que por si fuera poco es tan transparente como un vidrio esmerilado. Por fuera de los controles del Parlamento y de la ciudadanía, con informes que divulga el gobierno pero que provienen de empresas privadas que trabajan para UPM, con licitaciones que comienzan turbias como la del ferrocarril de UPM (es un ferrocarril para uso privado que pagamos todos nosotros), con cifras que hoy son unas y mañana otras (se anunció con bombos y platillos que UPM invertiría 4 mil millones que al final resultaron 2.400), etc.
Aún aquellas cosas que suponen una ganancia para el país, para los uruguayos (pongamos por caso la generación de empleo), se pueden relativizar apenas uno las mira desde otra óptica, desde una más sensata. Digamos por ejemplo que hoy Río Negro (lugar en donde está instalada UPM) es el departamento con mayor desocupación, más allá de todos los versos. Digamos también que la mano de obra en la extracción (en los bosques) ha ido disminuyendo en los últimos diez años (sí, disminuyendo, a pesar de las pasteras). Nos queda el ferrocarril, nos dirán; sí, un ferrocarril que estará a disposición de UPM las 24 hs los 360 días del año (eso figura en el acuerdo firmado) durante 20 años. Se generarían por este emprendimiento unos 1.500 empleos permanentes en 20 años, nos dirán. Pero si los 2.600 millones de dólares que invertimos los uruguayos en esta obra, los invirtiéramos en vivienda, por ejemplo, se generarían 3.000 (el doble de empleos), más los inducidos (los que ya sabemos que mueve la construcción), a la vez que estaríamos solucionando un problema social.
En definitiva entonces, estamos ante un negocio fantástico y brutal (solo que no precisamente para los uruguayos):
- Nos hacemos socios de UPM
- ellos invierten el 49% y nosotros el 51%
- ellos recuperan la inversión en menos de dos años (record planetario en empresas de este porte), nosotros tal vez dentro de 20 años nos quedaremos con un ferrocarril.
- ellos obtienen una ganancia de 31mil millones de dólares en 20 años, nosotros...nada...cero peso. Tal vez tengamos pérdidas, si les compramos energía a un precio mayor del que nos cuesta producirla a nosotros mismos.
Pero si todo esto no fuese ya de por sí tremendamente ridículo y vergonzoso, hay algo todavía peor. Sí, peor que todo lo ya dicho: la empresa no vino a nuestro país a pedir para invertir, no, la fuimos a buscar, prácticamente a rogarles que vinieran a hacer dinero a costillas nuestra. Hace exactamente cuatro años, la prensa anunciaba: El presidente de Uruguay, José Mujica, viaja hoy a Finlandia para una visita oficial que tiene como objetivos impulsar la instalación de una nueva gran papelera en el país”. Aquello que canta la canción maldición de Malinche: “nos siguen llegando rubios y les abrimos la puerta”, en este caso sería: ahora vamos a buscar a los rubios y los esperamos con la puerta abierta de par en par.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

NADA NUEVO


(Publicado esta semana en VOCES)

Quienes controlan el poder del Estado generalmente operan al margen de la opinión de la gente, es decir, sin su consenso y sin tomar en cuenta su opinión, a la cual asigna un papel siempre secundario y accesorio, sólo útil a la hora de requerir su legitimación a través del voto. Uno esperaría de un gobierno progresista una cosa muy distinta, pero la opacidad en las decisiones que se toman, es algo a lo que nos tiene acostumbrado este gobierno.
La otra cuestión que uno podría esperar de un gobierno progresista, es algún apego a la tradición histórica de la izquierda en cuanto a la defensa de los espacios públicos y el acceso democrático a estos.
Nada de esto se ve en la decisión del gobierno de enajenar los terrenos en cuestión para que se instale allí López Mena (es una ley con nombre y apellido) con su terminal de Buquebus.
En cuánto a la participación ciudadana, el arquitecto argentino Juan Bautista Frigerio, integrante del estudio británico Norman Foster, que se haría cargo de la obra, señaló en Puerto Madero: “...en el caso de seguir adelante con el proyecto, se generarían instancias de diálogo con la sociedad civil para escuchar las necesidades y sugerencias de los vecinos de la zona”. Es decir, “en caso de seguir adelante”, cuando el proyecto esté en marcha, y no antes de empezar.
El alcalde del municipio B, señaló a la comisión de transporte del Parlamento que los cambios a nivel barrial son la mayor preocupación, y por eso sugirió que a medida que se avance en el proyecto “se le transmita a los habitantes del barrio como va a ser”. Esto es, el alcalde ni siquiera piensa en consultarlos, sino apenas transmitirles como va a ser, luego que el proyecto avance. Esa es la democracia que puede verse en este proyecto que afecta sensiblemente el uso de un espacio público.
Lo que tampoco está presente en este oscuro proceso, es algún plan de desarrollo de una zona abandonada de la ciudad, que genere un impacto de calidad para la vida de la gente. Lo que hay es una zona abandonada y un proyecto de un inversor extranjero al que se le tiende una alfombra roja sin demasiado análisis. El único argumento es el de siempre en todos estos casos: generación de empleo. Y no es que uno esté en contra de la generación de empleo, pero ese no puede ser el único argumento. Hacer del Palacio Legislativo un gran casino y construir a su alrededor un complejo hotelero de cinco estrellas, puede ser un proyecto que genere puestos de trabajo en gran cantidad y por mucho tiempo, pero no parecería bueno que si apareciera un López Mena con ese proyecto le vendiésemos el Palacio y sus alrededores.
Está más en línea con la lógica del profundo pensamiento filosófico del ex presidente José Mujica que resumiera en aquella famosa sentencia cuando se iniciaba la privatización de parte del parque de Cabo Polonio: ‘esto hay que rematarlo en pedazos, esto vale en pila. Van a venir turistas, van a hacer casa, y el pobrerío de la zona les va a hacer el jardincito, les va a arreglar la casa y ahí va viviendo”. En este caso el pobrerío apenas irá a recorrer el shopping.

José Luis Perera

martes, 4 de septiembre de 2018

América Latina/Debates


Izquierdas y progresismos: la divergencia vista desde allá y desde aquí

Eduardo Gudynas *

Hemisferio Izquierdo, N° 24, agosto 2018

Estos son tiempos de perplejidad para muchos. Pocos años atrás se festejaban los avances de gobiernos de una “nueva izquierda” en América Latina, pero ahora hay alarma ante sus derrumbes. En esa perplejidad están inmersos muchos analistas, académicos y militantes, tanto en nuestro continente como en el norte global, que en muchos casos resulta de lo que podrían describirse como miradas “externas” que no siempre logran entender las contradicciones y riesgos que existían “dentro” de nuestros países.

Es necesaria una pausa, retomar análisis que vayan más allá de la superficialidad, sean mas precisos en sus conceptos, entiendan y dialoguen con todo tipo de actores, asumiendo las tensiones, los avances y los retrocesos en los procesos políticos.

El reciente especial de Hemisferio Izquierdo sobre “Bienes Comunes” es una excusa apropiada para un aporte en ese sentido, y en especial la entrevista a Daniel Chávez (1). Este investigador, residente en Holanda y participante del Transnational Institute, reconoce su distancia con los que describe como “críticos al desarrollo” (entre los que incluye a Pablo Solón de Bolivia, Edgardo Lander de Venezuela, Arturo Escobar de EEUU / Colombia, Maristella Svampa de Argentina, y a mí mismo). El cuestionamiento de Chávez apunta a dos componentes de aquella corriente: “su crítica acérrima al rol de Estado y su incapacidad de formulación de propuestas alternativas o superadoras de lo que ellos criticaban”, aunque admite que con los años comprendió que no eran tan “ácidos” y que habían algunas “propuestas”.

Esa entrevista ejemplifica a la corriente de quienes fueron entusiastas defensores de los progresismos, se resistían a entender las contradicciones y en varios casos cuestionaban a quienes elevaban alertas. Ese tipo de posturas prevalecieron por años, y al menos desde mi experiencia, entiendo que en parte se originan desde esa postura de un “exterior” político casi siempre, epistemológico y afectivo muchas veces, y que no lograba reconocer las voces de alerta “internas”. De esa manera no se detectaron a tiempo los problemas, no se corrigieron muchas estrategias políticas, y lo que es peor, de alguna manera, no advirtieron que con eso germinó el regreso de un nuevo conservadurismo en algunos países. El énfasis en defender a toda costa a los progresismos, la disciplina partidaria o la adhesión política acrítica, y los problemas en dialogar con otros actores, seguramente jugó un papel importante en la actual debacle. Por esa razón, esta crisis política está inmersa en otra crisis más amplia, una de interpretación, y que no siempre es reconocida.

Advertencias tempranas

Sin duda los nuevos gobiernos que conquistaron el poder desde 1999, con Hugo Chávez en Venezuela, y que se difundieron en los siguientes años, como Evo Morales en Bolivia, Lula da Silva en Brasil, Rafael Correa en Ecuador o el Frente Amplio en Uruguay, implicaron una ruptura con el conservadurismo y las posturas neoliberales. Ese cambio recibió amplios respaldos tanto desde zonas rurales como ámbitos urbanos.

En una etapa inicial, y en especial desde mediados de los años 2000, buena parte de los analistas, militantes e intelectuales del amplio campo de la izquierda celebraron cambios como la reducción de la pobreza o una mayor participación estatal en las estrategias de desarrollo, especialmente vinculada a la administración de recursos mineros o petroleros. Esto es entendible. De todos modos, algunos daban unos pasos más, y sostenían que era próximo el derrumbe de los capitalismos (como se afirmaba al tiempo de la crisis financiera de 2007/8) o que no existía nada a la izquierda de esos gobiernos.

Pero poco a poco comenzaron a elevarse alertas, inicialmente desde algunas minorías y desde localidades rurales (que en varios países correspondían a comunidades campesinas o indígenas). Muchas de ellas expresaban reclamos ante los efectos negativos de ciertos tipos de estrategias, como la explotación minera, petrolero o agrícola. Recuerdo que en año 2007, en el norte de Ecuador, líderes indígenas amazónicos me decían que la contaminación que ellos sufrían era la misma, y nada cambiaba si operaba una empresa estatal o una corporación transnacional. Esos casos mostraban que el desarrollo se organizaba de diferente manera bajo esos gobiernos pero se repetían problemática como los impactos sociales, ambientales y económicos.

Este tipo de circunstancias también se registraba en Bolivia y Venezuela, mientras que en Argentina, Brasil o Uruguay, contradicciones análogas se vivían con la liberalización desenfrenada de transgénicos, la avalancha de agroquímicos, y la proliferación de los monocultivos de exportación.

Cuando se ubica esa problemática en un marco conceptual, se puede argumentar que enfrentamos distintas variedades de desarrollo. En unos casos se organiza de modo conservador, con fuerte participación empresarial y extranjera, tal como ocurría en Chile o Colombia. En otros casos, como Uruguay, Argentina, Brasil o Venezuela, el desarrollo se instrumentaliza en clave progresista, con mayor presencia estatal y un abanico de instrumentos de compensación, sobre todo económicos. Pero en todos los casos se compartían ideas básicas sobre el desarrollo como progreso, crecimiento económico y subordinación exportadora del país como proveedor de recursos naturales.

La obsesión con ciertos parámetros económicos, incluyendo unas ideas simplistas sobre que el mero crecimiento podía generar excedentes que permitirían reducir la pobreza, hacía que incluso aquellos nuevos gobiernos insistieran en profundizar la exportación de recursos naturales para incrementar sus ingresos.

Eran los tiempos de bonanza de los altos precios de las materias primas, como soja, minerales o petróleo, lo que alimentó una notable expansión económica. Bajo esas condiciones se generaban muchos excedentes, y algunos de ellos eran captados por los Estados para, en parte, compensar a grupos afectados. Por ejemplo, si bien el gobierno Lula priorizó el apoyo a la agropecuaria exportadora, especialmente sojera, esa bonanza le permitió proveer de asistencia a pequeños agricultores y movimientos sociales rurales. No resolvió sus problemas estructurales ni avanzó en una reforma agraria, pero apaciguó la protesta en el campo. Algo similar ocurrió en Uruguay. Esas compensaciones disimulaban desarreglos productivos sustantivos, el desplazamiento de prácticas tradicionales de agricultura familiar, y una creciente lista de impactos sociales y ambientales de la agroindustria. Cuando los precios internacionales cayeron, esa compensación económica se resquebrajó, regresaron los cuestionamientos y ya no pudieron disimularse los problemas que permanecían sin resolución.

Los intentos de seguir una senda distinta que podría llamarse un desarrollo de izquierda, que buscara desmontar la dependencia exportadora de materias primas, no fructificaron. Las necesidades de dinero y las tentaciones de aquellos altos precios, reforzó el perfil comercial primarizado en todos los países. La intención de aumentar la captura de excedentes, como ocurrió en la Argentina kirchnerista cuando se elevaron las retenciones a las exportaciones de granos, generó una ola de protestas sociales que forzó a un retroceso gubernamental.

Un caso todavía más extremo ocurrió en Perú, cuando asumió el gobierno Ollanta Humala en 2011 en asociación con varios partidos de izquierda. Su giro progresista chocó a los pocos meses con las exigencias de los sectores empresariales mineros y las necesidades de capital, y al no contar con capacidades para construir una alternativa, terminó recayendo en un extractivismo tan conservador, que se rompió su coalición.

Izquierda y progresismo: dos regímenes

Este breve repaso, sin duda incompleto y esquemático, tiene por finalidad mostrar que esos gobiernos expresaban distintos estilos que de todos modos correspondían a desarrollos capitalistas como proveedores de materias primas. Eso los alejaba de las intenciones defendidas por la izquierda que les dio origen. Las izquierdas latinoamericanas siempre cuestionaron el desarrollo basado en exportar materias primas, y lo concebían como un resabio colonial. El cambio propio de los progresismos es que pasaron a defender esa condición primero como un éxito, y luego como una necesidad. Allí nace en Uruguay, pongamos por caso, la apuesta sojera y luego la obsesión con buscar petróleo, el coqueteo con el fracking o el sueño megaminero del anterior gobierno.

Estas mismas condiciones se repiten en otros terrenos, y como consecuencia se vuelve necesario distinguir entre izquierdas y progresismos. Otra cuestión distinta es si una izquierda crítica del desarrollo hubiese podido ejercer una autonomía frente a ese tipo de desarrollo bajo las condiciones que padecía América Latina; sin duda esto es discutible. Pero mi punto es que esa aspiración dejó de estar en la agenda concreta y real de esos gobiernos, y por el contrario, organizaron justificaciones y explicaciones para seguir siendo proveedores de materias primas. Esa postura, abandonando ese horizonte de cambio, es uno de los elementos específicos del progresismo, y como se dijo arriba ocurre lo mismo en otras cuestiones. Todo ello expresa un regreso a la defensa del “progreso”, por momentos en visiones próximas a las de fines del siglo XIX y principios del siglo XX.

El desvanecimiento de aquel impulso inicial de izquierda ocurrió de distinto modo y a diferentes ritmos en cada país. Pero en todos ellos la adhesión al desarrollo convencional jugó un papel importante, ya que si, por ejemplo, se persiste en el papel de proveedor subordinado de materias primas, se deben por un lado proteger emprendimientos como minería o petróleo, incluso ante la protesta ciudadana, y por el otro lado, aceptar las reglas de la globalización, el flujo de capital y mercancías, y normas como las de la Organización Mundial de Comercio (2). La viabilidad de ese tipo de exportaciones requiere asumir casi todas las condiciones del capitalismo global.

Ese tipo de factores terminaron conformando lo que hoy conocemos como gobiernos “progresistas”. Por lo tanto, “izquierda” y “progresismo” son regímenes políticos diferentes. Sin duda que el progresismo no es una nueva derecha ni un neoliberalismo, por más que a veces así se lo acusa. Pero tampoco es la izquierda original propia de cada país y del continente. Es también exagerado afirmar que estamos ante un “final” del progresismo (en realidad eso responde casi siempre a una mirada autocentrada de analistas argentinos o brasileños sobre sus propios países, prestándole poca atención a lo que ocurre en Uruguay, Bolivia o Ecuador).

La incapacidad de reconocer a los progresismos como un régimen político distintivo y los análisis incompletos sobre la situación en cada país, debe estar jugando papeles importantes en la perplejidad de muchos analistas, tal como se indicaba al inicio de este artículo. En ellos opera una mirada “externa” que no supo entender los síntomas “internos” que vienen acumulándose desde hace años.

Ese tipo de miradas, sean del sur como del norte, no reconocieran esa divergencia, y siguen insistiendo en que gobiernos como los de Maduro en Venezuela y Ortega en Nicaragua, son la mejor y genuina expresión de una izquierda, y que además es latinoamericana y popular.

Afuera y adentro

La asimilación de los progresismos a una izquierda es esperable por quienes priorizan las adhesiones partidarias, están atemorizados por un retorno de la derecha o se aferran a un cargo en el Estado. Pero más allá de esos casos, se superponen otros análisis donde fallaron los vínculos y diálogos con las comunidades locales. Esto no quiere decir que exista mala intención, pero si es cierto que se desestiman las voces de alerta de ciertos actores.

Siguiendo recorridos como estos, se genera una narrativa sobre el devenir de la “nueva izquierda” latinoamericana que es sobre todo una construcción intelectual basada en artículos y libros, donde la conversación discurre entre las citas bibliográficas. Pero casi no se “escucha” o “entienden” las demandas que vienen desde la base ciudadana, especialmente los más desplazados en sitios marginales, como pequeños agricultores, trabajadores rurales, campesinos, indígenas, etc. (y a pesar que buena parte de ellos fueron clave en que esos partidos ganaran las elecciones).

Posiblemente los ejemplos más conocidos de ese tipo de posiciones sean los escritos periodísticos de Atilio Borón o Emir Sader. Lo mismo ocurre con varios análisis producidos desde el hemisferio norte sobre lo que sucede en América Latina. Al leer esa literatura, casi toda escrita en inglés, se tiene la impresión que en nuestros países se vivía algo así como un paraíso de la liberación nacional, y que cualquier crítica era mera expresión de conservadores agazapados que intentaban socavar un experimento popular.

Sea en el norte o en el sur, hay analistas que presentan por ejemplo a José “Pepe” Mujica como el apóstol del ambientalismo por su discurso en las Naciones Unidas, pero nunca entendieron, ni escucharon, pongamos por caso, a las mujeres de la zona Valentines que alertaban sobre los impactos de sus planes de megaminería de hierro. Lo mismo ocurre en los demás países (3).

También se decía que los “críticos del desarrollo” se contentaban con los cuestionamientos pero no ofrecían alternativas. Esa afirmación es otro ejemplo de la escucha incompleta, ya que las alternativas iban de la mano casi desde un inicio con los cuestionamientos a los extractivismos progresistas. Es más, ese esfuerzo, conocido como transiciones post-extractivistas, está en marcha desde hace diez años en los países andinos y ya avanzó hacia otras naciones (4). A diferencia de otras exploraciones, estas alternativas otorgaban especial atención a propuestas concretas, sean en políticas como en instrumentos, desde reformas tributarias a las zonificaciones territoriales. Pero además, esa insistencia en opciones de cambio concreto eran en parte esfuerzos para recuperar una izquierda comprometida con la justicia social y ambiental.

Renovación y raíces

Tanto dentro de nuestros países como a nivel global, hay cuestionamientos al capitalismo global, como los de David Harvey, y defensas de los progresismos criollos, como las de Atilio Borón. Todas ellas pueden tener elementos valiosos. Pero esas miradas a su vez confunden capitalismo con desarrollo, y progresismo con izquierda, y por ello tienen dificultades para entender la crisis actual y para proponer alternativas. Están muchas veces restringidas a los manuales y decálogos políticos europeos o norteamericanos, y no son interculturales.

Constituyen ejemplos de ese “afuera” donde no aparecen los matices o voces interiores, como las de indígenas o campesinos, las de los jornaleros informales en los campos de soja bolivianos, o las de las negras colombianas que resisten la minería de oro. De ese modo, esa “exterioridad” pierde lo específicamente latinoamericano que se esperaría en una crítica desde nuestro continente. Los análisis de coyuntura se han debilitado, y se escapan las particularidades nacionales y locales.

Así se termina confundiendo al progresismo con la izquierda. Del mismo modo, se esquiva el espinoso análisis de cuáles son las responsabilidades de esos progresismos en generar el nuevo conservadurismo que ahora se observa, por ejemplo, en Argentina o Brasil (5). Entonces, no puede sorprender la perplejidad ante la actual crisis.

Una postura muy distinta es la crítica que se hace desde el “adentro”, y que podría describirse como “enraizada”, para tomar una imagen del colombiano Orlando Fals Borda (6). En lugar de excluirlos, se busca un diálogo con las alertas, las visiones o los reclamos locales, especialmente con quienes son directamente afectados por el desarrollo o usualmente marginados cultural y políticamente. Es un “adentro” que acepta la interculturalidad, respetando otros tipos de saberes y otras sensibilidades ante el mundo social y natural. Sin duda habrá posiciones distintas, acalorados debates, y otro tipo de contradicciones, pero será una construcción más cercana a nuestras circunstancias. Por todo esto, una renovación de lo que sería unas “izquierdas” que estén ajustadas a América Latina y al siglo XXI, deben estar social y políticamente situadas, dialogar con todos los actores y sus saberes, y entender los contextos históricos y ecológicos.

* Eduardo Gudynas es investigador en el Centro Latino Americano de Ecología Social (CLAES), en Montevideo.

Notas

1) "El Estado tiene un papel muy importante que asumir en América Latina, pero también ya es ahora de que la izquierda de la región abandone la añosa visión estado-céntrica y que se abra a perspectivas como las de los comunes". Entrevista a Daniel Chavez, Hemisferio Izquierdo, 26 Julio 2018, https://www.hemisferioizquierdo.uy/single-post/2018/07/26/El-Estado-tienen-un-papel-muy-importante-que-asumir-en-Am%C3%A9rica-Latina-pero-tambi%C3%A9n-ya-es-ahora-de-que-la-izquierda-de-la-regi%C3%B3n-abandone-la-a%C3%B1osa-visi%C3%B3n-estado-c%C3%A9ntrica-y-que-se-abra-a-perspectivas-como-las-de-los-comunes-entrevista-a-Daniel-Chavez
2) Tan solo a modo de ejemplo sobre los debates acerca de los progresismos, entre las primeras alertas se destaca: El sueño de Bolívar. El desafío de las izquierdas Sudamericanas, por M. Saint-Upéry, Paidós, Barcelona, 2008. Más recientemente, ver distintas opiniones en:
El correismo al desnudo, A. Acosta (ed), Montecristi Vive, Quito, 2013.
Mito y desarrollo en Bolivia: el giro colonial del gobierno del MAS, por Silvia Rivera Cusicanqui, Plural, La Paz, 2015.
Rescatar la esperanza. Más allá del neoliberalismo y el progresismo, por varios autores, Entre Pueblos, Barcelona, 2016.
As contradições do Lulismo. A que ponto chegamos?, por A. Singer e I. Loureiro (orgs), Boi Tempo, São Paulo, 2016.
3) En el caso de Uruguay se vaticinaba que la llegada del Frente Amplio lanzaría un nuevo “modelo de desarrollo”, y más allá de la ambigüedad sobre el significado del término “modelo”, es evidente que eso no ocurrió. Véase sobre esa predicción: Tercer Acto. La era progresista. Hacia un nuevo modelo de desarrollo, por A. Garcé y J. Yaffé, Fin de Siglo, Montevideo, 2055.
4) Distintos documentos sobre alternativas a los extractivismos y al desarrollo en el sitio www.transiciones.olrg
5) Una ilustración de esa problemática resulta de comparar dos libros del politólogo argentino José Natanson: en 2008 prevalecía un cierto triunfalismo con lo que denominó como “nueva izquierda”, y en 2018 se analizan algunas razones del colapso kirchnerista y el triunfo del macrismo.
La nueva izquierda. Triunfos y derrotas de los gobiernos de Argentina, Brasil, Boolivia, Venezuela, Chile, Uruguay y Ecuador, Debate, Buenos Aires, 2008; ¿Por qué? La rápida agonía de la Argentina kirchnerista y la brutal eficacia de una nueva derecha, Siglo XXI, Buenos Aires, 2018.
6) Hacia el socialismo raizal y otros escritos, por Orlando Falsa Borda, CEPA y Desde Abajo, Bogotá, 2007.

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