miércoles, 17 de junio de 2020

COVIFANATISMO (mi artículo de esta semana en VOCES)


Que las autoridades -y el poder en general- suelen incurrir en censuras, presiones y persecuciones a opositores, pero también a críticos, humoristas y caricaturistas, es algo muy antiguo. Sin embargo, hay datos que confirman que en el pueblo, en la gente común, tampoco está bien visto burlarse de él y que no tolera algunas bromas (las que lo incumben).
En La república de los atenienses, 440 a 420 A.C., un autor -hablando de esa democracia- dice: “No permiten que el pueblo sea objeto de burla en la comedia ni que se hable mal de él para que no se tenga mal concepto de ellos”.
Sótades de Maronea, hacia el siglo III A.C. (el agujero del mate aún no se había inventado), fue encerrado en una caja de plomo y tirado al mar por escribir unos versos humorísticos sobre la vida sexual de Ptolomeo II.
Y así como en la Alemania nazi, quedó prohibido difundir comentarios maliciosos, lo que incluía chistes contra el régimen, el partido o sus dirigentes, tras la revolución soviética fue objeto de debate si las sátiras debían ser permitidas en el nuevo orden. Dado que el sistema era perfecto la función de denuncia de la sátira ya no debía tener sentido. Finalmente el código penal calificó las sátiras y los chistes como propaganda antisoviética. Muerto Stalin la situación mejoró, aunque ya en los años sesenta autores de sátiras como Valeri Tarsis fueron ingresados en centros psiquiátricos.
Lo que en estos tiempos ha cambiado, es la velocidad con que se propagan ambas cosas: la burla y la reacción. Ya no hace falta una dictadura o un gobierno reaccionario para que la censura se ejerza; cualquier opinión, crítica o humor (bueno o malo), provocan que masas de ciudadanos se conviertan en perseguidores de ideas, opiniones y comportamientos. Muchas veces ni siquiera es necesario que la especie sea confirmada, y solo alcanza el “meme” diciendo que tal cosa sucedió o fue dicha.
Dicha censura ya no solo se ejerce sobre lo que pasa hoy, y los dardos también se dirigen hacia el pasado. El objeto de ataque puede ser una antigua novela, una obra de arte, una película (al parecer la Academia creará un protocolo con estándares de inclusión para que una película pueda aspirar al Oscar), cuyos enfoques sean diferentes de los actuales. Antes era un gobierno, ahora son millares de censores que se indignan, insultan, amenazan por las cosas más triviales.
Que quede claro: desde mi punto de vista, todo el mundo tiene el derecho a expresarse, tanto el que emite una opinión, hace una obra de arte o un chiste, como el que no está de acuerdo con esa opinión, esa obra o ese chiste. Lo que está mal, es la intención de acallar al otro, presionar para que se lo condene al ostracismo. Lo que está mal es la intolerancia y la ira, el fanatismo, enfermedad pandémica de estos tiempos.



miércoles, 6 de mayo de 2020

CENSURA!!


(mi artículo de esta semana en VOCES)                                                                                               

Año 2011; Fernández Huidobro, anunciaba que no votaría la anulación de la ley de impunidad. Escribí un artículo en el que criticaba su actitud, y lo envié al semanario de izquierda en el que entonces escribía. Me llama el director del mismo y me dice: “esto no lo podemos publicar”. Comprendí las razones (se estaba conversando para intentar convencerlo).
Año 2011; Vázquez cuenta a unos estudiantes de un colegio del Opus Dei, que le pidió ayuda a Bush contra los argentinos. Escribí criticando su actitud. El director me dice: “esto no lo podemos publicar, mandame otro artículo”. Esta vez me fui del semanario, donde llevaba escribiendo varios años, y en el que disponía de una página entera para expresarme.
Digo esto para dejar claro que la censura ha existido siempre, en dictadura y en democracia, explícita o solapada, a la derecha y a la izquierda. Y ni que hablar de la autocensura, la de quienes temen perder el trabajo, pero también la de quienes se abstienen hipócritamente de criticar a los suyos.
Sería más creíble si aquellos que elevan su voz ante el peligro de la libertad de expresión en un gobierno tradicional lo hubiesen hecho en un gobierno progre, o si quienes elevan su voz ahora contra los maltratos a periodistas durante el progresismo hubiesen hecho lo mismo en los tiempos en que ellos gobernaban y presionaban periodistas.
¿Esto justifica tolerar un nuevo intento de censura? No. Pero que no vengan ahora a rasgarse las vestiduras y a poner el grito en el cielo aquellos que han callado cosas inauditas para proteger a sus partidos o sus líderes. No se puede encasillar este debater en fáciles estereotipos ideológicos.
Podemos estar de acuerdo con los objetivos que expresa el comunicado de la Secan de “servir al interés público, balancear las opiniones y reflejar todos los puntos de vista relevantes para la comprensión de los hechos y presentarlos de forma imparcial”. Es más, coincidimos plenamente. Si les exigimos veracidad, imparcialidad y calidad a los medios de comunicación privados, con los medios públicos la exigencia debe ser absoluta, porque se hace con recursos públicos, que nos pertenecen a todos.
Con lo que no podremos coincidir jamás, es con que todos los contenidos periodísticos deben ser consultados previamente con un coordinador. Si censura es “la intervención que practica el censor en el contenido o en la forma de una obra, atendiendo a razones ideológicas, morales o políticas”, la intervención previa de un “coordinador” sobre los contenidos periodísticos, acá y en cualquier parte del mundo, se llama censura, por más que se la quiera revestir con bonitos ornamentos.
Porque además, eso se contrapone con el párrafo final del comunicado: “Entendemos la libertad de expresión como el derecho de los profesionales a proponer, buscar y difundir la información que estimen necesaria, sin interferencia de representantes de los poderes públicos o privados..”. Si los profesionales de la comunicación de los medios públicos, deben someter los contenidos al escrutinio de un representante del poder público (como lo es sin duda el coordinador), entonces no hay libertad de expresión, como lo dice el propio comunicado.



miércoles, 25 de marzo de 2020

ACHICÁ EL PÁNICO


(artículo de esta semana en VOCES)

Los humanos somos solidarios cuando estamos en peligro; ahí nos asustamos y decimos “de esta salimos todos juntos”. Una solidaridad egoísta (aunque parezca contradictorio), nos aterroriza porque la muerte nos puede llegar a nosotros. 6.3 millones de niños murieron en 2017 por causas, en su mayoría, prevenibles (un niño cada 5 segundos). Hay 155 millones de niños afectados por desnutrición infantil crónica. Claro, el hambre y la desnutrición no se contagian, estamos a salvo, y por eso no llenamos espacios hablando de ella, ni tenemos que hacer cuarentena ni vaciar los supermercados.
Quienes hablan de la muerte del capitalismo a lo Kill Bill solo expresan sus deseos. Sin desmerecer la gravedad del asunto, es una crisis más dentro del sistema, que el sistema resolverá en su favor.
En junio de 2009, la OMS declaró que la gripe porcina era una pandemia, la peor amenaza de salud pública de los últimos cuarenta años. Se aisló a los contagiados, se lanzaron campañas sanitarias multimillonarias, se aceleró la producción de antivirales y los medios lanzaban boletines diarios con las cifras de muertes y contagios. Los grupos de riesgo eran aún más amplios que ahora: ancianos y niños, y terminó afectando también a jovenes. Se cerraron escuelas, se pidió a las personas que se mantuvieran en sus casas, y todos nos preguntábamos cuándo caeríamos enfermos. Se decía que una pandemia mundial tendría un impacto catastrófico sobre la actividad económica.
Sin embargo, el mundo siguió andando, y hoy ya nadie se acuerda de aquello. El 30/12/2009 la OMS informó que el número total de muertes por gripe porcina en todo el mundo había sido de 12.220. Cifra que, según los expertos, era mínima comparada con entre 250 mil y 500 mil personas que mueren anualmente a causa de la gripe estacional.
Desde luego que hubieron consecuencias económicas, pero no fueron tan catastróficas como se preveían, más teniendo en cuenta que recién comenzaba la recuperación luego de la crisis financiera del 2008.
Como todas las crisis del sistema, habrá ganadores y perdedores. Que suelen ser los mismos. Tras la crisis vendrá el ajuste, ya lo sabemos. Cuando estalló la crisis del 2008, los expertos pronosticaron que se apretarían las tuercas a los superricos. Más impuestos, quizás, o en todo caso una fase de opulencia más discreta, menos ostentosa. Sin embargo, en 2009, se comprobó que su riqueza había crecido un 21,5% luego de la crisis.
El sistema capitalista prefiere las curas y no la prevención (ésta no aumenta el valor de las acciones); cuanto más enfermos estamos, más ganan. Hay gente y grupos que ya están haciendo mucho dinero en medio de esta pandemia. Los perdedores serán los que tienen los peores trabajos y ganan peores sueldos, los que hacen el mango por su cuenta, músicos, artistas, y un largo etcétera, los olvidados de siempre.
José Luis Perera




miércoles, 19 de febrero de 2020

HABRÁ QUE VER (artículo para el semanario VOCES)


La posición de Luis Lacalle Pou es (así lo explicó) “tratar de venderle todo a todos los mercados”, conquistar más destinos para los productos agropecuarios. Desde ese punto de vista, parecería que es una flagrante contradicción el no invitar a los presidentes de Cuba, Venezuela y Nicaragua a la próxima asunción. Salvo que considere que Uruguay no tiene intereses permanentes con esos países, o que no sean mercados apetecibles para venderles. Sin embargo, el tema del arroz (con Venezuela) lo desmiente.
Por cierto que no deberíamos sorprendernos de que los partidos y candidatos digan una cosa en campaña y hagan otra muy diferente cuando llegan al gobierno. Por poner algunos ejemplos conocidos: Batlle decía que no se podía poner más impuestos porque entonces se recaudaba menos, y lo primero que hizo al llegar al gobierno fue crear varios nuevos impuestos dentro de un ajuste fiscal; Vázquez se oponía al Tratado de Protección de Inversiones con los EEU, y fue su primer gran medida en el primer gobierno, la firma de ese TPI. También estaba el FA en contra de los TLC y fue lo que buscó su gobierno a poco de instalado, así como al envío de tropas a Haití (que continuó hasta hace poco), a las pasteras (se siguieron instalando durante los gobiernos del FA), etc.
También Talvi -próximo canciller- dijo en 2019 que en Bolivia había ocurrido un golpe de estado, y sin embargo anunció ahora que la dictadora será invitada al acto de asunción de LLP.
En el debate entre “ideología o pragmatismo” en la conducción de los asuntos internacionales, parecía en lo previo que LLP se inclinaba por el pragmatismo, pero ahora habría virado hacia lo ideológico. Sin embargo, los tipos puros (gobiernos puramente ideológicos o puramente pragmáticos) son contados; los gobiernos con fuertes ideologías suelen tener un margen para el pragmatismo y viceversa. Bastan algunos ejemplos para verlo claramente: Venezuela comerciando con EEUU (principal socio comercial), la dictadura argentina vendiéndole cereales a la URSS, Chile oponiéndose a la invasión yanqui a Irak mientras negociaba con ellos un TLC; Colombia, que es el país que menos coincidencias tiene con los EEUU en la ONU, es el principal receptor de su ayuda militar en América Latina.
Dicen algunos expertos que los gobiernos que buscan una reputación internacional adoptarán políticas exteriores más pragmáticas (tradicionalmente la política exterior uruguaya) como la mantenida por el FA, que mantuvo buenas relaciones con los Venezuela, Cuba o Bolivia pero también con los EEUU, en tanto que aquellos interesados en alterar el status quo, tendrán políticas más ideológicas (caso de Chávez, Maduro o Evo Morales).
Habrá que ver hacia donde apunta el nuevo gobierno luego de estas contradicciones iniciales, aunque todo parece apuntar a un mayor acercamiento a los EEUU.

José Luis Perera

lunes, 13 de enero de 2020

América Latina/Debates Entrevista con Alberto Acosta "Ya no se trata de ganar elecciones, sino de construir una nueva historia desde abajo"

Gabriel Brito
Correo de la Ciudadanía, 10-1-2020
Traducción de Correspondencia de Prensa

Es uno de los críticos más persistentes de los gobiernos de izquierda que gobernaron países latinoamericanos, especialmente por sus métodos de desarrollo económico. Explica, a la vez, dónde se ha producido la brecha para el retorno de la derecha. Fue uno de los principales constructores del movimiento Alianza País que elevó a Rafael Correa a la presidencia de Ecuador, y ejerció como presidente de la Asamblea Constituyente que otorgó a este país una nueva Constitución. Vivió, desde dentro, el proceso de burocratización y destitución de los movimientos sociales, promovido por las izquierdas hegemónicas del continente. Alberto Acosta está entusiasmado, pero no se engaña, por los recientes levantamientos populares, que en su opinión, refuerzan que toda una sociabilidad y un modelo económico se han agotado. Economista y autor de varios libros, advierte del espectro de la militarización en todo el continente y proporciona algunos elementos que considera fundamentales para construir un nuevo momento político positivo para las masas.

-Correio da Cidadania: El llamado fin del ciclo de gobiernos progresistas fue sucedido por el retorno de la derecha, en algunos casos, como en Brasil, el más reaccionario y virulento desde el fin de la dictadura militar. ¿Qué explica esta dinámica en su visión y qué podemos visualizar como expectativas generales para el 2020?

Alberto Acosta: Para entender lo que está sucediendo en este momento en América Latina, especialmente en los países donde la derecha ha reemplazado -en algunos casos increíblemente rápido- a los gobiernos progresistas, como en los casos de Brasil y Bolivia, hay preguntas complementarias: ¿Por qué se han derribado estos procesos tan rápidamente? ¿Cómo se explica el ascenso de una ultraderecha que ya ha dejado de ocultar o esconder sus propuestas autoritarias, conservadoras y también neoliberales con prédicas homofóbicas y racistas?

Más allá de las indiscutibles acciones desestabilizadoras del Imperio, que se suman a la influencia del "cristo-neofascista internacional", en palabras del teólogo español Juan José Tamayo, algo no funcionó en la América Latina progresista en los años anteriores. Se ha hablado mucho sobre la revolución y el socialismo, incluyendo la democracia. Sin pretender agotar el tema, es evidente que los gobiernos progresistas no han logrado democratizar sus sociedades, en algunos casos incluso han pulverizado la institucionalidad política a la que se proponían cambiar a través de procesos constituyentes, como en Venezuela y Ecuador.

La corrupción ha estado presente de manera escandalosa en toda la región, incluso en esos gobiernos. Y el deseo de mantenerse en el poder contribuyó a la configuración de regímenes caudillistas y autoritarios, que en algunos casos para mantenerse terminaron por coincidir con las fuerzas conservadoras y la derecha corrupta, como ocurrió en Brasil en las alianzas del PT con el PMDB.

Pero hay más en el fondo. Los gobiernos progresistas no intentaron superar las estructuras tradicionales de sus economías primarias exportadoras, al contrario, las profundizaron: el extractivismo fue la fuente de ingresos para sostener los esquemas neo-desarrollistas y expandir las políticas sociales, en un marco de creciente consumismo financiado, mientras duró el ciclo de altos precios de las materias primas.

En resumen, el financiamiento de estas economías descansaba cada vez más en las exportaciones de productos primarios y en la atracción de inversiones extranjeras, aceptando una inserción subordinada en el comercio mundial y, de paso y en la práctica, una acción limitada por parte del Estado; la expansión del extractivismo vino de la mano de claras tendencias desindustrializadoras y un aumento de la fragilidad financiera. Y como bien sabemos, han consolidado un Estado que no sólo es rentista, sino también prácticas empresariales rentistas, esquemas que van acompañados de relaciones sociales clientelares y gobiernos autoritarios. El resumen es: más extractivismo, menos democracia, independientemente de si son gobiernos neoliberales puros o progresistas.

Para completar este escenario, con los gobiernos progresistas la lógica de la acumulación de capital no se ha visto afectada: a pesar de haber reducido la pobreza mientras había recursos para sostener las políticas sociales, y el consumismo, la concentración de la riqueza ha alcanzado niveles crecientes (tendencias que también se han registrado en los países de los gobiernos neoliberales).

Como señalamos con Eduardo Gudynas -en la búsqueda de causas para entender la derrota del PT en Brasil y las secuelas del triunfo del Bolsonaro para la región- todo esto explica por qué el neo-desarrollo -mientras duró el largo ciclo de altos precios de las materias primas- fue apoyado tanto por los sectores populares como por la élite empresarial: Lula da Silva fue aplaudido, por diferentes razones, tanto en los barrios pobres como en el Foro Económico de Davos.

En la práctica, uno de los dispositivos que posee el capitalismo para construir hegemonía, es su capacidad -especialmente durante el pico del ciclo capitalista- de reducir la desigualdad entre los trabajadores sin tocar la desigualdad entre ellos y las clases dominantes; tal capacidad es reconocida como -en palabras del gran economista peruano Jürgen Schudt- la hipótesis del "hocico de lagarto": un hocico compuesto de una mandíbula superior que refleja la alta desigualdad de la riqueza, que es rígida (casi estructural) y sólo se mueve ante cambios igualmente estructurales en las relaciones de propiedad de esta riqueza; y una mandíbula inferior que recoge la cambiante desigualdad de ingresos, que disminuye gracias a la amplitud de las etapas de pico (el "lagarto capitalista" suelta su presa cuando tiene mucho que comer), y aumenta debido a la escasez en las etapas de crisis (el "lagarto" aprieta su presa); todo ello en medio de un ciclo capitalista que se vuelve más volátil e inestable en sociedades extractivistas como las latinoamericanas.

Al mismo tiempo, el desarrollismo progresista, establecido en profundas raíces coloniales y sobre bases extractivistas cada vez mayores, se sustentó en controles crecientes y severos sobre la movilización ciudadana, en la criminalización de quienes se oponían a la expansión del extractivismo, así como en la flexibilización de las normas ambientales y laborales para atraer la inversión. Esto debilitó la base de las fuerzas sociales con capacidad de transformación. Todo esto ha abierto el camino para el surgimiento de la actual restauración conservadora, que en realidad comenzó durante los propios gobiernos progresistas -basta recordar cómo el correaísmo se opuso a la introducción de la posibilidad legal del aborto por violación en el Ecuador.

Aceptemos, por lo tanto: los progresistas, que surgieron de matrices de izquierda, al final simplemente administraron gobiernos que en esencia buscaban modernizar el capitalismo.

-Correo de la Ciudadanía: Sin embargo, donde la derecha ha recuperado el poder central, las tensiones sociales y los levantamientos populares han aumentado. ¿Qué explica esta dinámica en su opinión y qué expectativas podemos tener para el 2020?

Alberto Acosta: Con la llegada de la crisis económica desatada por la caída de los precios de las materias primas en el mercado mundial, las condiciones sociales se deterioraron y con ello la estabilidad política: si bien el consumismo era bastante desbordante, dicha estabilidad parecía segura y el progreso estaba en buena salud. La estabilidad política se vio afectada por este cambio de ciclo económico.

Un caso digno de mención es el de Argentina: en este país se sustituyó un gobierno progresista por uno neoliberal, el de Macri, que al fracasar rotundamente permitió el retorno del progresismo, contradiciendo a quienes creían que la fase de tal espectro había terminado. Desde otra perspectiva, es interesante observar que en Ecuador, donde el cambio de gobierno tuvo lugar dentro del mismo partido progresista, al concluir una fase de autoritarismo exacerbado -al pasar del gobierno de Correa al de Lenin Moreno- muchas organizaciones sociales anteriormente reprimidas con dureza pudieron reconstruir sus fuerzas.

Y, ciertamente, una vez terminada la bonanza progresista, el neoliberalismo encontró el terreno propicio para su resurgimiento con creciente fuerza; aunque también hay que señalar que en ciertos casos, como en el mismo Ecuador, se dejó la puerta entreabierta para este retorno, en la medida que el correaísmo alentó las privatizaciones de los grandes puertos o la entrega de los campos petroleros a las empresas transnacionales, abrió de par en par la puerta a la megaminación, reintrodujo elementos de flexibilización laboral, firmó un TLC (Tratado de Libre Comercio) con la Unión Europea... Finalmente, el país experimentó una especie de "neoliberalismo transgénico": un Estado fuerte sirvió para introducir algunos de los objetivos neoliberales más esperados.

Es decir, con los progresistas no hubo paso a las transformaciones estructurales que permitieran -al menos para empezar- construir bases económicas, sociales y políticas más sólidas para superar la dependencia extractiva y sus secuelas. Tampoco se han visto afectadas las estructuras de acumulación de capital, exacerbadas por el extractivismo desvergonzado: la minería, el petróleo, la agroindustria... Además, el progresismo, con sus políticas de disciplina social y de criminalización de los defensores de la naturaleza, ha debilitado las bases de la organización social, afectando a aquellos grupos que alguna vez se enfrentaron al neoliberalismo.

En este escenario, aprovechando el debilitamiento del progresismo y ante el deterioro de las fuerzas sociales con capacidad transformadora, las derechas retoman   directamente al poder y desde allí emprenden políticas económicas que en esencia buscan aumentar aún más las condiciones de acumulación de capital, transfiriendo el costo del ajuste a los sectores populares y a la naturaleza, como ocurre una y otra vez en nuestra historia. Es decir, el "hocico de lagarto" se cierra de nuevo.

En este punto surgen muchas de las recientes luchas populares, exacerbadas también por la inviable promesa de progreso y desarrollo propia de la Modernidad. Así, tales acciones, con múltiples expresiones simbólicas, con contenidos diversos y particulares en cada país, caracterizaron el turbulento año 2019 y marcarán el del 2020, en el que la represión en sus múltiples formas estará en manos de la derecha y la sorpresa -como veremos más adelante- a cargo de las masas.

Este será un año en el que, sobre todo, debemos tener la capacidad de diferenciar lo que el progresismo realmente propone de lo que presentan los izquierdistas. Para enfrentar al neoliberalismo y sobre todo a las fuerzas de la ultraderecha, se pueden construir amplias alianzas que, aun así, no deben confundir a la izquierda en la conquista de su objetivo postcapitalista.

-Correio de la Ciudadana: ¿Cómo vio los levantamientos masivos en Colombia, Ecuador y Chile y qué es lo que tienen de más profundo?

Alberto Acosta: Son procesos alentadores. Son definitivamente alentadoras. A pesar de ciertos rasgos comunes, son procesos únicos y en cierto modo irrepetibles. Tales levantamientos son demostraciones de la capacidad de las sociedades en movimiento, con potenciales enormes e incluso impredecibles. De hecho, estos levantamientos no surgen de planes preconcebidos, y menos aún están inspirados en la lógica repetitiva del funcionamiento de muchas organizaciones sociales y políticas tradicionales. Estos levantamientos sorprendentes e innovadores, muestran que se puede dar un nuevo impulso a muchas acciones de lucha que de tan agotadora repetición, han pasado del ámbito de la constancia a convertirse sólo en una somnolienta y hasta tediosa obstinación.

Una característica de estos levantamientos es la sorpresa, no tanto por el asombro que han causado, incluso para aquellos que buscan leer con atención la evolución política y social, sino porque han influido en varios gobiernos? Este es el mayor potencial: la sorpresa como herramienta indispensable para lograr el progreso, que perdurará mientras la sociedad en movimiento mantenga una alta creatividad y, ciertamente, que haya claridad en los objetivos estratégicos a alcanzar, lo cual, insistimos, no puede ser una simple reedición actualizada de viejas propuestas, y menos aún la repetición cansadora de las mismas tácticas.

En estos países, a los que podemos añadir a Haití, se han producido varias situaciones explosivas durante mucho tiempo, pero no parecían tan potentes como para que pudiéramos anticipar una explosión de la magnitud que hemos experimentado en los últimos tiempos. En cada caso hay varios detonantes, como la eliminación de los subsidios a los combustibles en Ecuador o el aumento del precio del metro en Santiago, que encendieron la chispa para descubrir realidades muy complejas. En el caso colombiano y chileno, la cultura de la protesta es la dura experiencia del neoliberalismo, sin duda. En otros casos, como el ecuatoriano, la receta no sólo se nutre de ingredientes neoliberales, sino de una perversa mezcla de neoliberalismo con elementos propios del progresismo, que en el caso boliviano construyó el escenario del golpe de Estado por la falta de respeto del gobierno de Evo Morales a sus propias construcciones institucionales.

-Correio de la Ciudadana: ¿Hay algún elemento que pueda explicar estos levantamientos en América Latina relacionados con otros procesos en el planeta?

Alberto Acosta: Ese es un punto clave. El mundo, y no sólo América Latina, se ve sacudido por levantamientos que van más allá de los escenarios predecibles y que no pueden ser leídos con las herramientas tradicionales.

Por lo tanto, es urgente abordar tal evolución sin caer en análisis simplistas o generalizaciones que borren las especificidades, ni esperar a tener todos los elementos que permitan comprender la plenitud de tales procesos. Es el momento de interpretar lo que sucede para sacar conclusiones y lecciones al mismo tiempo que nos permitan actuar frente a desafíos de gran complejidad.

Este enfoque debe hacerse desde una perspectiva latinoamericana, tratando de identificar los mínimos denominadores comunes de estos procesos. Esta es la tarea urgente para construir alternativas de izquierda y enfrentar a la derecha.

Existen múltiples focos de indignación y frustración en un mundo que está experimentando una crisis multifacética: ecológica, social, económica, política... Una crisis que supera en todos los aspectos las conocidas crisis cíclicas propias del capitalismo y prefigura los cambios civilizadores. Las causas pueden ser diversas en cada caso, pero algunas reacciones y muchas de las confrontaciones con el orden establecido muestran algunos rasgos similares.

La institucionalidad política está en crisis. La democracia, independientemente del número de elecciones que se celebren, parece estar en modo avión, es decir, desactivada en la práctica. Los partidos políticos se han atrincherado en la defensa de sus intereses, al igual que los grandes medios de comunicación, que se niegan a entender lo que significan las sociedades en movimiento y el origen profundo de los levantamientos en marcha. La corrupción corre libre.

Las promesas de bienestar de la modernidad se ahogan en una realidad cada vez más deshumanizada y destructiva. Las élites gobernantes - políticas y empresariales - responden con una violencia creciente y profundizan los conflictos con su vandalismo neoliberal. Y en este escenario la frustración, especialmente en la juventud, en sus múltiples facetas alimenta las acciones de resistencia y protesta.

-Correio da Cidadania: ¿Por qué estas revueltas son difusas e involucran a diversos sectores de la sociedad, relegando a un segundo plano a los partidos, sindicatos y movimientos sociales más hegemónicos?

Alberto Acosta: Estos nuevos procesos se están llevando a cabo en muchas partes de nuestra América. Definitivamente, la frustración popular creada y acumulada por la civilización de la desigualdad y el daño que está dejando en la periferia del mundo, han generado las condiciones para una explosión social que hace temblar la escena política. “Esta movilización popular -como escribí en un artículo para introducir la lectura de la realidad ecuatoriana, con John Cajas-Guijarro- equivale a un terremoto que mueve y cuestiona los fundamentos de nuestras sociedades injustas e inequitativas, e incluso cuestiona las viejas formas y conceptos utilizados para entender a los sectores populares y su sufrimiento”.

Aquí -como ya se ha señalado- el reduccionismo es inadmisible, ya que oscurece el panorama e impide la construcción de estrategias que potencien esta ola de luchas de resistencia y de re-existencia. La lista de problemas y frustraciones acumuladas es larga y no se reduce a una u otra medida económica o política en particular, que, como ya se ha mencionado, pueden ser los detonantes de una explosión social, no su última causa.

Por lo tanto, sin que ello signifique la única o mayor explicación, el deterioro económico está en la raíz de muchos de estos procesos. Al desempleo y la miseria que surgen de este empeoramiento se suman las políticas económicas que aumentan la explotación del trabajo y la naturaleza. Pero la raíz del problema tiene muchas más aristas. El peso de las estructuras clasistas, patriarcales, xenófobas, racistas, etc. persiste e incluso emerge con doble fuerza, en oposición a las múltiples protestas libertarias, ya sean feministas, indígenas, ecologistas, campesinas, laborales

A su vez, la propia violencia extractiva es un proceso interminable de conquista y colonización, que explica tanto el autoritarismo -progresista o neoliberal- como la corrupción, y da paso a una creciente resistencia territorial. Luchas que también están empezando a inundar las zonas urbanas: la reciente revuelta en Mendoza, Argentina, contra las megaminas es uno de los ejemplos más recientes. Definitivamente, la pobreza, la desigualdad, la destrucción de las comunidades y la naturaleza van de la mano de las frustraciones de grandes grupos - especialmente los jóvenes - movilizados sin nada que perder, porque incluso el futuro les ha robado.

Entender tal complejidad no es fácil. Aunque acojo con satisfacción estos levantamientos, en ningún caso surgen mecánicamente de ellos claras salidas democráticas; por ejemplo, el controvertido proceso constituyente chileno sigue siendo una oportunidad llena de amenazas aunque esté controlado por las mismas élites gobernantes. Lo que es más evidente es que la violencia estatal está creciendo rápidamente y hasta las sombras de la militarización de la política se ciernen como una constante en varios rincones de Nuestra América, desde Brasil hasta Ecuador, desde Venezuela hasta Bolivia, desde Chile hasta Colombia.

Dentro de esta complejidad observamos el agotamiento de una modalidad de acumulación y sus sistemas políticos -progresivos o neoliberales- sustentados en profundas estructuras injustas y coloniales y forzados a niveles explosivos por las insaciables demandas del capitalismo global. Como bien observa Raúl Zibechi: "las revueltas de octubre en América Latina tienen causas comunes, pero se expresan de manera diferente.

Responden a los problemas sociales y económicos que generan el extractivismo o la acumulación por despojo, la suma de los monocultivos, la minería a cielo abierto, las megaciudades de infraestructura y la especulación inmobiliaria urbana”.

Son problemas que nacen de las contradicciones del capitalismo periférico, bajo el cual los países latinoamericanos se ven constantemente empujados a perpetuar su carácter de economías primarias de exportación, siempre vulnerables y dependientes, que tienen tanto el autoritarismo, como la violencia y la corrupción, como condiciones necesarias para su cristalización. Al mismo tiempo, persiste la lógica perversa de que se privatizan las ganancias y se socializan las pérdidas, siempre con la complicidad entre el Estado y los grandes grupos de poder económico y político. Mientras tanto, la posibilidad de cristalizar patrones consumistas propios de un "modo de vida imperial" se diluye en la imaginación de amplios segmentos de la población, lo que sólo puede lograrse mediante la sobreexplotación del trabajo y de la naturaleza, lo que de hecho es algo irrepetible en general.

Ante tal injusticia e indolencia de poder, cuando las estructuras políticas se han vuelto hambrientas de poder por el poder, ¿qué le queda al pueblo más allá de la resistencia y la protesta?

-Correo de la Ciudadanía: ¿Está usted de acuerdo con la idea de que América Latina pierda su papel global en la actual reorganización económica que está sufriendo el planeta? ¿A qué estamos relegados?

Alberto Acosta: Aceptémoslo: América Latina nunca ha tenido un verdadero liderazgo mundial en términos de una reorganización de la economía mundial. Esta región ha sido condenada desde las horas más remotas del capitalismo - hace más de 500 años - como un sumiso proveedor de materias primas. La realidad no ha cambiado en absoluto. Por el contrario, con los regímenes neoliberales y progresistas, como ya se ha mencionado, la lógica del extractivismo y el desarrollismo ha dominado el imaginario político de la región en las últimas décadas. Las conquistas y la colonización son constantes en Nuestra América.

En este punto es lamentable ver la incapacidad de los gobiernos progresistas para dar paso a una sólida evolución integracionista. Esto habría permitido que la región se posicionara como un bloque poderoso en el contexto mundial. Los discursos sonoros no superaron las acciones de sumisión neoliberal. La neoliberal IIRSA (Iniciativa para la Integración Regional Sudamericana) se convirtió en COSIPLAN (Consejo Sudamericano de Infraestructura y Planificación), en esencia también neoliberal al asegurar la vinculación de varios recursos de la región con las demandas del capital transnacional y los mercados metropolitanos.

Brasil, por ejemplo, durante el largo período de gobierno del PT, lejos de ser un motor de un proceso de integración regional, ha profundizado sus prácticas subimperialistas en el continente, mientras que en el interior ha expandido el extractivismo, generando un proceso de clara desindustrialización. Todo esto ha profundizado las condiciones tradicionales de dependencia del mercado mundial.

-Correio da Cidadania: ¿Cuáles serían las alternativas al marco político y económico imperante? ¿Qué ventanas parecen ofrecerse para la apertura de un nuevo período histórico que va en la dirección opuesta a las imposiciones de este modelo de capitalismo y por qué son necesarias?

Alberto Acosta: Mientras los diferentes grupos de poder, aparentemente, se preparan para imponer el capitalismo total a través de varias formas de autoritarismo, incluyendo la de corte fascista, las luchas populares necesitan organizarse y verse a sí mismas como luchas de múltiples dimensiones. Deben asumir simultáneamente una dimensión clasista y ambiental (trabajo y naturaleza contra el capital), una dimensión descolonial (como la histórica reivindicación indígena), una dimensión feminista y antipatriarcal, una dimensión opuesta a la xenofobia y al racismo... Definitivamente, una lucha múltiple que debe buscar un mañana más justo para todos y todas. Una lucha que, partiendo de la rebelión, es la semilla de un nuevo futuro.

Dentro de este nuevo futuro, un elemento clave es la urgente necesidad de construir y planificar una nueva economía, al servicio de la vida humana -individuos y comunidades- y siempre en estrecha armonía con la naturaleza: la justicia social debe ir siempre acompañada de la justicia ecológica, y viceversa. La construcción de esta nueva economía es crucial, ya que la economía dominante en la civilización actual ahoga el mundo humano y natural, mientras acumula capital y poder en beneficio de pequeños segmentos de la población. Y mientras tanto, los desposeídos del sistema no tienen otro remedio para evitar morir en el olvido que luchar por el colapso de una economía que, siempre, busca salir de su crisis sacrificando vidas -e incluso la naturaleza- para sostener el poder de unas pocas élites.

En definitiva, lo que está claro es que la premisa descolonizadora y despatriarcalizadora, elementos fundamentales para superar la explotación de los seres humanos y la naturaleza por el capital, exige la refundación de los Estados nacionales coloniales, oligárquicos y capitalistas para que estas transformaciones no queden simplemente en los discursos. No se trata simplemente de ganar elecciones para acceder al poder, sino de construir el poder desde abajo, desde la izquierda y siempre con la Pachamama (la madre tierra) para impulsar un proceso de radicalización permanente de la democracia.

Por consiguiente, es urgente construir una nueva historia en el camino, que necesita una nueva democracia, pensada y sentida a partir de los aportes culturales de las diferentes comunidades, en particular de los pueblos marginados, ya que ellos son los creadores; es decir, una democracia inclusiva, armoniosa y respetuosa de la diversidad.

Todo ello en el marco de propuestas de transformaciones profundas y civilizadoras, en las que se debe hacer hincapié en garantizar simultáneamente la pluralidad y la radicalidad. Una tarea que no será posible de la noche a la mañana, sino a través de sucesivas aproximaciones, que enfrenten a todas aquellas máquinas de muerte que amenazan la supervivencia humana y la vida en el planeta. Requerimos acciones que fusionen las luchas de resistencia con acciones de re-existencia a nivel local, nacional, regional e internacional... Para hacer frente a la "internacional de la muerte" necesitaremos una "internacional de la vida", de una vida digna para todos los seres humanos y no humanos. Este esfuerzo debería liberar a las fuerzas sociales que ahora están atrapadas en diversas instituciones del poder estatal, mejorando sus capacidades de autosuficiencia, autogestión y autogobierno. Todo esto exige no sólo inteligencia en la crítica, no sólo profundidad en las alternativas, sino sobre todo la acción creativa de las fuerzas políticas que hacen posible estos procesos emancipatorios.

sábado, 4 de enero de 2020

SE ACABÓ EL RECREO (por Jorge Zabalza)


País de los amortiguadores, de instituciones políticas para atemperar las consecuencias sociales del capitalismo. ¡Qué lindo este Uruguay del republicanismo y la democracia representativa! De la ficción electoral donde los pobres se creen iguales a los ricos porque votan en la misma urna y elijen a quien se encargará de hacerles pagar la Deuda. Las elecciones son, de verdad, un acto de prestidigitación.
La concordia entre liberales alcanza su punto culminante en la rambla, entre Punta Carretas y Malvín, en el país de las banderas frenteamplistas que se abrazan sin pudor con las de la coalición multi reaccionaria. Un coro de estómagos rebosantes que entonan el himno nacional.
Sin embargo, pocas cuadras al norte hay otro país, el de las panzas vacías, el del millón con ingresos menores a veinte mil pesos, los que no pueden dejar de pensar en el pesito nuestro de cada día, los que voten a quien voten seguirán con su vida de anestesiados, alimento de lobos y lobas, carne de cañón de las cárceles, víctimas del sistema por haber nacido lejos de la vidriera para turistas.
Tampoco está en la rambla el tendal que dejó la política económica del astorismo: 160.000 desempleadas y desempleados, otro tanto cuyos empleos bajaron de calidad, los dueños de pequeños comercios en concordato, los pequeños productores que debieron abandonar el agro. Esas capas medias que, mientras financian vía IRPF el asistencialismo social, ven que las grandes multinacionales no dejan nada para el país.
No hay índice de Gini ni línea de pobreza que puedan disimular las consecuencias de haber subordinado la economía a los intereses financieros internacionales. 
Sin embargo, como las y los sacrificados en el altar del grado inversor son mayoría, los partidos compiten para obtener su consentimiento. Entre todos, los arrean hacia el matadero, testuz inclinada y chiflando bajito. Es el modo de dominar pacíficamente.
Empero, en esta ocasión, más de 50.000 electores del área metropolitana, que habían votado al Frente Amplio en 2014, cambiaron de arriero y fugaron hacia otros partidos. El electorado uruguayo navega a contracorriente de los pueblos que, para librarse de la dependencia del capital financiero, tomaron el control de las calles, avenidas y plazas de América Latina. Mientras ellos enfrentan balas de goma, tortura, violaciones y gases lacrimógenos, el pueblo del Uruguay parece haber elevado al gobierno la representación más vinculada al agronegocio, al capital financiero y la mano dura.
¿La victoria de la coalición multi reaccionaria se debe a la mala comunicación o a que la gente se cansó de versos? Si, señores, dejaron de votarlos porque disienten con ustedes. No fue la forma en que se comunicó, sino el contenido de la comunicación.
Véase por ejemplo lo que ocurrió con los derechos humanos. Aunque de manera diferente que los gobiernos anteriores, los progresistas también cumplieron con el pacto del Club Naval. Este es un país donde el político de izquierda más avezado es quien mejor sabe transar, en secreto y sin escrúpulos, con los propios criminales, la impunidad de los delitos de lesa humanidad. Con mucha prudencia y sin ofender a nadie, las marchas del 20 de mayo expresaron masivamente su disidencia con el Olvido y Perdón que se adivina en las actitudes y los gestos con que los gobernantes respaldan la impunidad.
¿Qué habría ocurrido si Tabaré, Mujica y Astori se hubieran puesto al hombro la lucha por Verdad y Justicia? ¿Si no hubieran tenido tantas contemplaciones con el centro militar y los comandantes en jefe del ejército? ¿Si hubieran dejado de pagar las jubilaciones a los oficiales procesados y los recluyeran en cárceles comunes? Serían gestos entendibles, actitudes educadoras para la lucha por Verdad y Justicia y no sus incomprensibles mensajes que convocan a aguantar pacientemente al militarismo.
Seguramente las consignas de las marchas habrían cambiado la desconformidad por los aplausos y la fuga de votantes habría sido muchísimo menor. ¿Quién dijo que el gobierno desgasta necesariamente la fuerza política? La gente no piensa sólo con el bolsillo, necesita creer, tener esperanzas. Solamente se precisaba desterrar el Olvido y el Perdón.
La derrota comenzó cuando los apóstatas se convirtieron en operadores de su versión de neoliberalismo suavizado con asistencia social. ¿Qué hubiera pasado si, en cambio, hubieran gobernado a lo Salvador Allende? ¿Si no hubieran cambiado los paradigmas del gobierno? Si hubieran rescatado del olvido el imaginario transformador, el del Congreso del Pueblo, el que dio origen a la CNT y al propio Frente Amplio.
Los actuales partidos políticos progresistas han dejado de expresar y representar la lucha contra el poder, contra la clase dominante y los centros del capitalismo mundial. Están integrados al sistema institucionalizado de dominación. ¡¡En Chile, Bachelet llegó al colmo de mantener el mismo modelo de producción y distribución que Pinochet!!
Hay una crisis de representatividad, dicen los politólogos, valoración que, en el fondo, significa que ellos mismos no creen que el resultado de las elecciones represente realmente la voluntad del pueblo.
Lo más probable es que el progresismo continúe colaborando con el neoliberalismo sin lubricante que ahora accedió al gobierno nacional. Hace rato que eligieron jugar de “oposición responsable” y acordar aquello que en la campaña descalificaron como antipopular. Gobierne quien gobierne, lo esencial continuará por los mismos carriles, unos en la rambla de Pocitos y otros sobreviviendo como pueden en el Pantanoso. Hasta que el pueblo, por sí y ante sí, diga basta y arranque a caminar.
Tal vez, aunque es poco probable, el retorno al viejo horizonte transformador pueda venir desde abajo, desde las bases frenteamplistas.
Pese a la sistemática política de desvalorizar y desarticular el Frente-movimiento, se produjo la avalancha militante entre octubre y noviembre del 2019. La dirigencia progresista quiere atribuirse la convocatoria, pero, en realidad, ella fue organizada desde los comités de base. Su irrupción significó la derrota de la estrategia de reducir la vida política al círculo central de los caudillismos y abre las puertas a la integración del “pueblo frenteamplista” a los movimientos que lucharán a muerte contra el neoliberalismo puro y duro.
Es que la conducción del progresismo ha demostrado su incapacidad para tomar la iniciativa en la lucha por la liberación de la mujer o por la defensa del aire, el agua y la tierra. No pueden hacerse cargo de la agenda de derechos porque quieren medrar en el espacio que les permite la clase dominante, sin salirse de los políticamente correcto. No quieren transformar la sociedad, revolucionarla. Nunca van a llamar a conquistar en la calle lo que se perdió en las urnas.
Ya pasó en Ecuador y Chile, en Bolivia y Colombia. Sus pueblos mestizos debieron asumir, por sí y ante sí, la conducción de la lucha con el capitalismo. Movimientos sociales multiétnicos, capaces de poner de relieve los aspectos más soterrados por la ideología dominante, el patriarcalismo, la violencia doméstica, el racismo, la destrucción de los recursos naturales, del agua, la tierra y el aire. Que han logrado comprender que mientras haya capitalismo habrá patriarcalismo y violencia contra las mujeres. Que mientras se cabalgue tras la tasa de ganancia la depredación será el modo de producir. Movimiento s sociales que han sido capaces de reunirse y organizar la batalla, de constituir organismos políticos de base popular, dejando a un lado los progresismos que concilian con el poder económico y militar. El recreo terminó, la lucha espera.

Jorge Zabalza


COVIFANATISMO (mi artículo de esta semana en VOCES)

Que l a s autoridades -y el poder en general - suele n incurrir en censuras, presiones y persecuciones a opositores, pero también ...