miércoles, 12 de septiembre de 2018

NADA NUEVO


(Publicado esta semana en VOCES)

Quienes controlan el poder del Estado generalmente operan al margen de la opinión de la gente, es decir, sin su consenso y sin tomar en cuenta su opinión, a la cual asigna un papel siempre secundario y accesorio, sólo útil a la hora de requerir su legitimación a través del voto. Uno esperaría de un gobierno progresista una cosa muy distinta, pero la opacidad en las decisiones que se toman, es algo a lo que nos tiene acostumbrado este gobierno.
La otra cuestión que uno podría esperar de un gobierno progresista, es algún apego a la tradición histórica de la izquierda en cuanto a la defensa de los espacios públicos y el acceso democrático a estos.
Nada de esto se ve en la decisión del gobierno de enajenar los terrenos en cuestión para que se instale allí López Mena (es una ley con nombre y apellido) con su terminal de Buquebus.
En cuánto a la participación ciudadana, el arquitecto argentino Juan Bautista Frigerio, integrante del estudio británico Norman Foster, que se haría cargo de la obra, señaló en Puerto Madero: “...en el caso de seguir adelante con el proyecto, se generarían instancias de diálogo con la sociedad civil para escuchar las necesidades y sugerencias de los vecinos de la zona”. Es decir, “en caso de seguir adelante”, cuando el proyecto esté en marcha, y no antes de empezar.
El alcalde del municipio B, señaló a la comisión de transporte del Parlamento que los cambios a nivel barrial son la mayor preocupación, y por eso sugirió que a medida que se avance en el proyecto “se le transmita a los habitantes del barrio como va a ser”. Esto es, el alcalde ni siquiera piensa en consultarlos, sino apenas transmitirles como va a ser, luego que el proyecto avance. Esa es la democracia que puede verse en este proyecto que afecta sensiblemente el uso de un espacio público.
Lo que tampoco está presente en este oscuro proceso, es algún plan de desarrollo de una zona abandonada de la ciudad, que genere un impacto de calidad para la vida de la gente. Lo que hay es una zona abandonada y un proyecto de un inversor extranjero al que se le tiende una alfombra roja sin demasiado análisis. El único argumento es el de siempre en todos estos casos: generación de empleo. Y no es que uno esté en contra de la generación de empleo, pero ese no puede ser el único argumento. Hacer del Palacio Legislativo un gran casino y construir a su alrededor un complejo hotelero de cinco estrellas, puede ser un proyecto que genere puestos de trabajo en gran cantidad y por mucho tiempo, pero no parecería bueno que si apareciera un López Mena con ese proyecto le vendiésemos el Palacio y sus alrededores.
Está más en línea con la lógica del profundo pensamiento filosófico del ex presidente José Mujica que resumiera en aquella famosa sentencia cuando se iniciaba la privatización de parte del parque de Cabo Polonio: ‘esto hay que rematarlo en pedazos, esto vale en pila. Van a venir turistas, van a hacer casa, y el pobrerío de la zona les va a hacer el jardincito, les va a arreglar la casa y ahí va viviendo”. En este caso el pobrerío apenas irá a recorrer el shopping.

José Luis Perera

martes, 4 de septiembre de 2018

América Latina/Debates


Izquierdas y progresismos: la divergencia vista desde allá y desde aquí

Eduardo Gudynas *

Hemisferio Izquierdo, N° 24, agosto 2018

Estos son tiempos de perplejidad para muchos. Pocos años atrás se festejaban los avances de gobiernos de una “nueva izquierda” en América Latina, pero ahora hay alarma ante sus derrumbes. En esa perplejidad están inmersos muchos analistas, académicos y militantes, tanto en nuestro continente como en el norte global, que en muchos casos resulta de lo que podrían describirse como miradas “externas” que no siempre logran entender las contradicciones y riesgos que existían “dentro” de nuestros países.

Es necesaria una pausa, retomar análisis que vayan más allá de la superficialidad, sean mas precisos en sus conceptos, entiendan y dialoguen con todo tipo de actores, asumiendo las tensiones, los avances y los retrocesos en los procesos políticos.

El reciente especial de Hemisferio Izquierdo sobre “Bienes Comunes” es una excusa apropiada para un aporte en ese sentido, y en especial la entrevista a Daniel Chávez (1). Este investigador, residente en Holanda y participante del Transnational Institute, reconoce su distancia con los que describe como “críticos al desarrollo” (entre los que incluye a Pablo Solón de Bolivia, Edgardo Lander de Venezuela, Arturo Escobar de EEUU / Colombia, Maristella Svampa de Argentina, y a mí mismo). El cuestionamiento de Chávez apunta a dos componentes de aquella corriente: “su crítica acérrima al rol de Estado y su incapacidad de formulación de propuestas alternativas o superadoras de lo que ellos criticaban”, aunque admite que con los años comprendió que no eran tan “ácidos” y que habían algunas “propuestas”.

Esa entrevista ejemplifica a la corriente de quienes fueron entusiastas defensores de los progresismos, se resistían a entender las contradicciones y en varios casos cuestionaban a quienes elevaban alertas. Ese tipo de posturas prevalecieron por años, y al menos desde mi experiencia, entiendo que en parte se originan desde esa postura de un “exterior” político casi siempre, epistemológico y afectivo muchas veces, y que no lograba reconocer las voces de alerta “internas”. De esa manera no se detectaron a tiempo los problemas, no se corrigieron muchas estrategias políticas, y lo que es peor, de alguna manera, no advirtieron que con eso germinó el regreso de un nuevo conservadurismo en algunos países. El énfasis en defender a toda costa a los progresismos, la disciplina partidaria o la adhesión política acrítica, y los problemas en dialogar con otros actores, seguramente jugó un papel importante en la actual debacle. Por esa razón, esta crisis política está inmersa en otra crisis más amplia, una de interpretación, y que no siempre es reconocida.

Advertencias tempranas

Sin duda los nuevos gobiernos que conquistaron el poder desde 1999, con Hugo Chávez en Venezuela, y que se difundieron en los siguientes años, como Evo Morales en Bolivia, Lula da Silva en Brasil, Rafael Correa en Ecuador o el Frente Amplio en Uruguay, implicaron una ruptura con el conservadurismo y las posturas neoliberales. Ese cambio recibió amplios respaldos tanto desde zonas rurales como ámbitos urbanos.

En una etapa inicial, y en especial desde mediados de los años 2000, buena parte de los analistas, militantes e intelectuales del amplio campo de la izquierda celebraron cambios como la reducción de la pobreza o una mayor participación estatal en las estrategias de desarrollo, especialmente vinculada a la administración de recursos mineros o petroleros. Esto es entendible. De todos modos, algunos daban unos pasos más, y sostenían que era próximo el derrumbe de los capitalismos (como se afirmaba al tiempo de la crisis financiera de 2007/8) o que no existía nada a la izquierda de esos gobiernos.

Pero poco a poco comenzaron a elevarse alertas, inicialmente desde algunas minorías y desde localidades rurales (que en varios países correspondían a comunidades campesinas o indígenas). Muchas de ellas expresaban reclamos ante los efectos negativos de ciertos tipos de estrategias, como la explotación minera, petrolero o agrícola. Recuerdo que en año 2007, en el norte de Ecuador, líderes indígenas amazónicos me decían que la contaminación que ellos sufrían era la misma, y nada cambiaba si operaba una empresa estatal o una corporación transnacional. Esos casos mostraban que el desarrollo se organizaba de diferente manera bajo esos gobiernos pero se repetían problemática como los impactos sociales, ambientales y económicos.

Este tipo de circunstancias también se registraba en Bolivia y Venezuela, mientras que en Argentina, Brasil o Uruguay, contradicciones análogas se vivían con la liberalización desenfrenada de transgénicos, la avalancha de agroquímicos, y la proliferación de los monocultivos de exportación.

Cuando se ubica esa problemática en un marco conceptual, se puede argumentar que enfrentamos distintas variedades de desarrollo. En unos casos se organiza de modo conservador, con fuerte participación empresarial y extranjera, tal como ocurría en Chile o Colombia. En otros casos, como Uruguay, Argentina, Brasil o Venezuela, el desarrollo se instrumentaliza en clave progresista, con mayor presencia estatal y un abanico de instrumentos de compensación, sobre todo económicos. Pero en todos los casos se compartían ideas básicas sobre el desarrollo como progreso, crecimiento económico y subordinación exportadora del país como proveedor de recursos naturales.

La obsesión con ciertos parámetros económicos, incluyendo unas ideas simplistas sobre que el mero crecimiento podía generar excedentes que permitirían reducir la pobreza, hacía que incluso aquellos nuevos gobiernos insistieran en profundizar la exportación de recursos naturales para incrementar sus ingresos.

Eran los tiempos de bonanza de los altos precios de las materias primas, como soja, minerales o petróleo, lo que alimentó una notable expansión económica. Bajo esas condiciones se generaban muchos excedentes, y algunos de ellos eran captados por los Estados para, en parte, compensar a grupos afectados. Por ejemplo, si bien el gobierno Lula priorizó el apoyo a la agropecuaria exportadora, especialmente sojera, esa bonanza le permitió proveer de asistencia a pequeños agricultores y movimientos sociales rurales. No resolvió sus problemas estructurales ni avanzó en una reforma agraria, pero apaciguó la protesta en el campo. Algo similar ocurrió en Uruguay. Esas compensaciones disimulaban desarreglos productivos sustantivos, el desplazamiento de prácticas tradicionales de agricultura familiar, y una creciente lista de impactos sociales y ambientales de la agroindustria. Cuando los precios internacionales cayeron, esa compensación económica se resquebrajó, regresaron los cuestionamientos y ya no pudieron disimularse los problemas que permanecían sin resolución.

Los intentos de seguir una senda distinta que podría llamarse un desarrollo de izquierda, que buscara desmontar la dependencia exportadora de materias primas, no fructificaron. Las necesidades de dinero y las tentaciones de aquellos altos precios, reforzó el perfil comercial primarizado en todos los países. La intención de aumentar la captura de excedentes, como ocurrió en la Argentina kirchnerista cuando se elevaron las retenciones a las exportaciones de granos, generó una ola de protestas sociales que forzó a un retroceso gubernamental.

Un caso todavía más extremo ocurrió en Perú, cuando asumió el gobierno Ollanta Humala en 2011 en asociación con varios partidos de izquierda. Su giro progresista chocó a los pocos meses con las exigencias de los sectores empresariales mineros y las necesidades de capital, y al no contar con capacidades para construir una alternativa, terminó recayendo en un extractivismo tan conservador, que se rompió su coalición.

Izquierda y progresismo: dos regímenes

Este breve repaso, sin duda incompleto y esquemático, tiene por finalidad mostrar que esos gobiernos expresaban distintos estilos que de todos modos correspondían a desarrollos capitalistas como proveedores de materias primas. Eso los alejaba de las intenciones defendidas por la izquierda que les dio origen. Las izquierdas latinoamericanas siempre cuestionaron el desarrollo basado en exportar materias primas, y lo concebían como un resabio colonial. El cambio propio de los progresismos es que pasaron a defender esa condición primero como un éxito, y luego como una necesidad. Allí nace en Uruguay, pongamos por caso, la apuesta sojera y luego la obsesión con buscar petróleo, el coqueteo con el fracking o el sueño megaminero del anterior gobierno.

Estas mismas condiciones se repiten en otros terrenos, y como consecuencia se vuelve necesario distinguir entre izquierdas y progresismos. Otra cuestión distinta es si una izquierda crítica del desarrollo hubiese podido ejercer una autonomía frente a ese tipo de desarrollo bajo las condiciones que padecía América Latina; sin duda esto es discutible. Pero mi punto es que esa aspiración dejó de estar en la agenda concreta y real de esos gobiernos, y por el contrario, organizaron justificaciones y explicaciones para seguir siendo proveedores de materias primas. Esa postura, abandonando ese horizonte de cambio, es uno de los elementos específicos del progresismo, y como se dijo arriba ocurre lo mismo en otras cuestiones. Todo ello expresa un regreso a la defensa del “progreso”, por momentos en visiones próximas a las de fines del siglo XIX y principios del siglo XX.

El desvanecimiento de aquel impulso inicial de izquierda ocurrió de distinto modo y a diferentes ritmos en cada país. Pero en todos ellos la adhesión al desarrollo convencional jugó un papel importante, ya que si, por ejemplo, se persiste en el papel de proveedor subordinado de materias primas, se deben por un lado proteger emprendimientos como minería o petróleo, incluso ante la protesta ciudadana, y por el otro lado, aceptar las reglas de la globalización, el flujo de capital y mercancías, y normas como las de la Organización Mundial de Comercio (2). La viabilidad de ese tipo de exportaciones requiere asumir casi todas las condiciones del capitalismo global.

Ese tipo de factores terminaron conformando lo que hoy conocemos como gobiernos “progresistas”. Por lo tanto, “izquierda” y “progresismo” son regímenes políticos diferentes. Sin duda que el progresismo no es una nueva derecha ni un neoliberalismo, por más que a veces así se lo acusa. Pero tampoco es la izquierda original propia de cada país y del continente. Es también exagerado afirmar que estamos ante un “final” del progresismo (en realidad eso responde casi siempre a una mirada autocentrada de analistas argentinos o brasileños sobre sus propios países, prestándole poca atención a lo que ocurre en Uruguay, Bolivia o Ecuador).

La incapacidad de reconocer a los progresismos como un régimen político distintivo y los análisis incompletos sobre la situación en cada país, debe estar jugando papeles importantes en la perplejidad de muchos analistas, tal como se indicaba al inicio de este artículo. En ellos opera una mirada “externa” que no supo entender los síntomas “internos” que vienen acumulándose desde hace años.

Ese tipo de miradas, sean del sur como del norte, no reconocieran esa divergencia, y siguen insistiendo en que gobiernos como los de Maduro en Venezuela y Ortega en Nicaragua, son la mejor y genuina expresión de una izquierda, y que además es latinoamericana y popular.

Afuera y adentro

La asimilación de los progresismos a una izquierda es esperable por quienes priorizan las adhesiones partidarias, están atemorizados por un retorno de la derecha o se aferran a un cargo en el Estado. Pero más allá de esos casos, se superponen otros análisis donde fallaron los vínculos y diálogos con las comunidades locales. Esto no quiere decir que exista mala intención, pero si es cierto que se desestiman las voces de alerta de ciertos actores.

Siguiendo recorridos como estos, se genera una narrativa sobre el devenir de la “nueva izquierda” latinoamericana que es sobre todo una construcción intelectual basada en artículos y libros, donde la conversación discurre entre las citas bibliográficas. Pero casi no se “escucha” o “entienden” las demandas que vienen desde la base ciudadana, especialmente los más desplazados en sitios marginales, como pequeños agricultores, trabajadores rurales, campesinos, indígenas, etc. (y a pesar que buena parte de ellos fueron clave en que esos partidos ganaran las elecciones).

Posiblemente los ejemplos más conocidos de ese tipo de posiciones sean los escritos periodísticos de Atilio Borón o Emir Sader. Lo mismo ocurre con varios análisis producidos desde el hemisferio norte sobre lo que sucede en América Latina. Al leer esa literatura, casi toda escrita en inglés, se tiene la impresión que en nuestros países se vivía algo así como un paraíso de la liberación nacional, y que cualquier crítica era mera expresión de conservadores agazapados que intentaban socavar un experimento popular.

Sea en el norte o en el sur, hay analistas que presentan por ejemplo a José “Pepe” Mujica como el apóstol del ambientalismo por su discurso en las Naciones Unidas, pero nunca entendieron, ni escucharon, pongamos por caso, a las mujeres de la zona Valentines que alertaban sobre los impactos de sus planes de megaminería de hierro. Lo mismo ocurre en los demás países (3).

También se decía que los “críticos del desarrollo” se contentaban con los cuestionamientos pero no ofrecían alternativas. Esa afirmación es otro ejemplo de la escucha incompleta, ya que las alternativas iban de la mano casi desde un inicio con los cuestionamientos a los extractivismos progresistas. Es más, ese esfuerzo, conocido como transiciones post-extractivistas, está en marcha desde hace diez años en los países andinos y ya avanzó hacia otras naciones (4). A diferencia de otras exploraciones, estas alternativas otorgaban especial atención a propuestas concretas, sean en políticas como en instrumentos, desde reformas tributarias a las zonificaciones territoriales. Pero además, esa insistencia en opciones de cambio concreto eran en parte esfuerzos para recuperar una izquierda comprometida con la justicia social y ambiental.

Renovación y raíces

Tanto dentro de nuestros países como a nivel global, hay cuestionamientos al capitalismo global, como los de David Harvey, y defensas de los progresismos criollos, como las de Atilio Borón. Todas ellas pueden tener elementos valiosos. Pero esas miradas a su vez confunden capitalismo con desarrollo, y progresismo con izquierda, y por ello tienen dificultades para entender la crisis actual y para proponer alternativas. Están muchas veces restringidas a los manuales y decálogos políticos europeos o norteamericanos, y no son interculturales.

Constituyen ejemplos de ese “afuera” donde no aparecen los matices o voces interiores, como las de indígenas o campesinos, las de los jornaleros informales en los campos de soja bolivianos, o las de las negras colombianas que resisten la minería de oro. De ese modo, esa “exterioridad” pierde lo específicamente latinoamericano que se esperaría en una crítica desde nuestro continente. Los análisis de coyuntura se han debilitado, y se escapan las particularidades nacionales y locales.

Así se termina confundiendo al progresismo con la izquierda. Del mismo modo, se esquiva el espinoso análisis de cuáles son las responsabilidades de esos progresismos en generar el nuevo conservadurismo que ahora se observa, por ejemplo, en Argentina o Brasil (5). Entonces, no puede sorprender la perplejidad ante la actual crisis.

Una postura muy distinta es la crítica que se hace desde el “adentro”, y que podría describirse como “enraizada”, para tomar una imagen del colombiano Orlando Fals Borda (6). En lugar de excluirlos, se busca un diálogo con las alertas, las visiones o los reclamos locales, especialmente con quienes son directamente afectados por el desarrollo o usualmente marginados cultural y políticamente. Es un “adentro” que acepta la interculturalidad, respetando otros tipos de saberes y otras sensibilidades ante el mundo social y natural. Sin duda habrá posiciones distintas, acalorados debates, y otro tipo de contradicciones, pero será una construcción más cercana a nuestras circunstancias. Por todo esto, una renovación de lo que sería unas “izquierdas” que estén ajustadas a América Latina y al siglo XXI, deben estar social y políticamente situadas, dialogar con todos los actores y sus saberes, y entender los contextos históricos y ecológicos.

* Eduardo Gudynas es investigador en el Centro Latino Americano de Ecología Social (CLAES), en Montevideo.

Notas

1) "El Estado tiene un papel muy importante que asumir en América Latina, pero también ya es ahora de que la izquierda de la región abandone la añosa visión estado-céntrica y que se abra a perspectivas como las de los comunes". Entrevista a Daniel Chavez, Hemisferio Izquierdo, 26 Julio 2018, https://www.hemisferioizquierdo.uy/single-post/2018/07/26/El-Estado-tienen-un-papel-muy-importante-que-asumir-en-Am%C3%A9rica-Latina-pero-tambi%C3%A9n-ya-es-ahora-de-que-la-izquierda-de-la-regi%C3%B3n-abandone-la-a%C3%B1osa-visi%C3%B3n-estado-c%C3%A9ntrica-y-que-se-abra-a-perspectivas-como-las-de-los-comunes-entrevista-a-Daniel-Chavez
2) Tan solo a modo de ejemplo sobre los debates acerca de los progresismos, entre las primeras alertas se destaca: El sueño de Bolívar. El desafío de las izquierdas Sudamericanas, por M. Saint-Upéry, Paidós, Barcelona, 2008. Más recientemente, ver distintas opiniones en:
El correismo al desnudo, A. Acosta (ed), Montecristi Vive, Quito, 2013.
Mito y desarrollo en Bolivia: el giro colonial del gobierno del MAS, por Silvia Rivera Cusicanqui, Plural, La Paz, 2015.
Rescatar la esperanza. Más allá del neoliberalismo y el progresismo, por varios autores, Entre Pueblos, Barcelona, 2016.
As contradições do Lulismo. A que ponto chegamos?, por A. Singer e I. Loureiro (orgs), Boi Tempo, São Paulo, 2016.
3) En el caso de Uruguay se vaticinaba que la llegada del Frente Amplio lanzaría un nuevo “modelo de desarrollo”, y más allá de la ambigüedad sobre el significado del término “modelo”, es evidente que eso no ocurrió. Véase sobre esa predicción: Tercer Acto. La era progresista. Hacia un nuevo modelo de desarrollo, por A. Garcé y J. Yaffé, Fin de Siglo, Montevideo, 2055.
4) Distintos documentos sobre alternativas a los extractivismos y al desarrollo en el sitio www.transiciones.olrg
5) Una ilustración de esa problemática resulta de comparar dos libros del politólogo argentino José Natanson: en 2008 prevalecía un cierto triunfalismo con lo que denominó como “nueva izquierda”, y en 2018 se analizan algunas razones del colapso kirchnerista y el triunfo del macrismo.
La nueva izquierda. Triunfos y derrotas de los gobiernos de Argentina, Brasil, Boolivia, Venezuela, Chile, Uruguay y Ecuador, Debate, Buenos Aires, 2008; ¿Por qué? La rápida agonía de la Argentina kirchnerista y la brutal eficacia de una nueva derecha, Siglo XXI, Buenos Aires, 2018.
6) Hacia el socialismo raizal y otros escritos, por Orlando Falsa Borda, CEPA y Desde Abajo, Bogotá, 2007.

lunes, 3 de septiembre de 2018

LA ILUSIÓN DEL JUEGO (o EL JUEGO DE LA ILUSIÓN)

Hay juegos muy claros, cuyas reglas están explicitadas previamente, donde los jugadores saben perfectamente qué cosas deben hacer para salir vencedores del mismo.
Si no lo hacen (por falta de habilidad o por mera mala suerte) resultarán perdedores.
En muchos de los juegos, existe además la posibilidad de salir empatado (ni vencedor ni perdedor).
Pero hay un juego que es pura ilusión.
Se juega (aparentemente) el último domingo de octubre cada cinco años. Si el trofeo no lo logra nadie en una primera instancia, hay una nueva etapa del juego un mes después.
Allí compiten varios equipos llamados “partidos”, y el juego se define (aparentemente) por votos. En el juego participan (creen participar) todos los ciudadanos mayores de 18 años que estén en el país ese día, y que son quienes emiten el voto por tal o cual partido.
En trazos gruesos, digamos que aquel partido que obtenga la mitad más uno de los votos es el vencedor, y obtiene el gobierno, y luego se reparten en forma más o menos proporcional los escaños en el parlamento entre todos los participantes.
Los ciudadanos que (aparentemente) resultaron ganadores festejan como si realmente hubiesen ganado el juego, mientras que los que resultaron perdedores (no obtuvieron el gobierno) rumian su derrota hasta dentro de cinco años.
LA ILUSIÓN
¿Cuál es el engaño o ilusión?
No es visible a simple vista, y por eso es una ilusión.
El engaño es que el juego, más que finalizar, recién empieza a partir del 1º de marzo siguiente, y que lo que sucedió en octubre fue simplemente la elección de los jugadores.
Los ciudadanos creen (y lo creen con mucho fervor, tienen la ilusión) que están jugando el juego, cuando en realidad solo eligen a los jugadores, y solo sabrán quienes son los ganadores y perdedores en el correr de los cinco años siguientes, luego de lo cual los llamarán nuevamente a elegir jugadores.
Por tanto, los ganadores y perdedores solo se conocen en el transcurso de los cinco años siguientes.
Y la ilusión del juego es tan pero tan grande, que en general la gente no se da cuenta que los ganadores suelen ser siempre los mismos, sin importar los jugadores que elijan.
José Luis Perera

jueves, 23 de agosto de 2018

MEDIA CLASE


El último estudio del PNUD sobre nuestro país, denominado “Progreso multidimensional en Uruguay: dinámica del bienestar de las clases sociales en los últimos años”, elaborado por los economistas Martín Leites y Gonzalo Salas, indica que entre 2004 y 2017 la pobreza pasó de 60% a 21%.
También da cuenta de que la clase media se incrementó de 10% a 39%, lo que se debería al gran crecimiento en los ingresos de los hogares con una distribución progresiva.
Para el estudio en cuestión, los hogares según su clase social se dividen de la siguiente manera:

- 21,3% dentro de la línea de pobreza

- 39,4% en sectores de vulnerabilidad

- 38,6% para la clase media consolidada y

- 0,7% para la clase alta.

Para los encargados del estudio, nuestro país se encuentra en un lugar destacado comparado con la región. Para el economista Leites, “Uruguay ha tenido los procesos de movilidad ascendente más importantes de América Latina”.

Visto así, uno se siente tentado a comenzar con hurras y vítores a quienes gobiernan este bendito país desde el año 2005 hasta ahora, artífices de tan impresionantes logros.
Pero conviene adentrarse un poco más en el fondo del asunto.

Los lectores deben saber, para acompañarme en el razonamiento, que los susodichos economistas utilizan para llegar a esas conclusiones los parámetros que les dicta el Banco Mundial. Faltaba más. Y ¿cuáles son esos parámetros?

Para el BM las personas con un ingreso per cápita al día inferior a US$ 4 son "pobres", las que tienen ingresos diarios per cápita entre US$ 4 y US$ 10 son consideradas "vulnerables".
Para integrar la "clase media" el BM estima que se necesitan ingresos de entre US$ 10 y US$ 50 y los que superan ese umbral son considerados de "clase alta".

Para que quede claro al lector, pasemos esos dólares a pesos (considerando un dólar a $30 para el cálculo). De esa manera tenemos que si usted gana:

- menos de $120 diarios, usted es pobre (si no fuera por el BM usted no se daba cuenta, agradezca)

- entre $120 y $300 diarios, ya salió de la pobreza (aunque es vulnerable)

- entre $300 y $1500, usted ya es clase media consolidada; está salvado

- de ahí en más, si usted ganara digamos que $1550 diarios (unos $46 mil mensuales), ya está en la clase alta; olvídese de los problemas.

De manera que ese 21,3% de familias pobres (familias de 2 personas mayores con dos niños), son compatriotas que sobreviven con menos $240 diarios, o lo que es lo mismo, con menos de $7.200 en el hogar. ¿Se hace usted una idea de lo que es vivir con ese dinero en una familia? ¿verdad que ya no le dan tantas ganas de aplaudir?

Pero además, digamos que el 39,4% de las familias que ya no son pobres, viven (sobreviven) con un ingreso de entre $240 y $600 diarios ($12.600 en promedio mensualmente). Imagine usted como hace una familia con dos hijos si a ese hogar ingresan $12.600 mensuales, lo que no les alcanza ni para pagar un alquiler. Para el BM, para el PNUD, pero lo que es peor, para estos economistas que son uruguayos y que viven acá en este país, una familia que tiene un ingreso de ese monto ya no es pobre. Eso es lo que dice el informe.

Tenemos entonces que el 21,3% sobrevive con menos de $7 mil mensuales, y otro 39,4% que sobrevive con un ingreso promedio de $12.600 mensuales, lo que implica que más del 60% de las familias uruguayas están en una situación de catástrofe. ¿Verdad que se le fueron totalmente las ganas de aplaudir?

Finalmente llegamos al sector de la “clase media consolidada”. Cuando uno lee “clase media consolidada” (al menos a mí me pasó), piensa en una familia con sus problemas relativamente resueltos: un buen trabajo, una vivienda digna, puede alimentar, vestir y educar a sus hijos, tal vez contar con dinero para esparcimiento etc.
Pero de acuerdo a los parámetros del BM que vimos más arriba, una familia “clase media consolidada” es aquella que tiene un ingreso en el hogar de entre $18 mil y $45 mil.

¿Se imagina usted y su pareja manteniendo una familia con dos hijos en edad escolar, con un ingreso de $18 mil?
No, seguramente que no, pero el BM, el PNUD, y nuestros queridos economistas sí. No solo que se lo imaginan sino que lo proclaman con boato en estos informes. ¿No está tentado de darles a estos economistas $9 mil a cada uno e invitarlos a que vivan mensualmente con ese ingreso y mantengan a sus hijos?

Es a todas luces evidente que los parámetros que utiliza el BM no sirven para absolutamente nada. ¿Por qué se los utiliza? No lo se. Creo yo que porque si no se les utiliza nunca se llegaría a hacer un informe para el PNUD, y eso contará en el currículum, vaya uno a saber, otra cosa no se me ocurre. Porque cualquiera con medio dedo de frente puede darse cuenta que esos números no dicen absolutamente nada de la realidad. Es como ver la realidad a través de un vidrio empañado, sucio, embarrado.

Yo no soy ni economista ni sociólogo. Apenas carpintero; eso sí, con cartoncito. Pero se me ocurre que si lo que se quiere medir es el “progreso multidimensional”, o “la dinámica del bienestar de las clases sociales” como dice pomposamente el título del informe, el parámetro más ajustado sería el de la “Canasta básica familiar”, esa que hoy -si no me equivoco- ronda los $76.700.
Y si tomamos ese parámetro, concluiríamos que cerca del 90% de los hogares uruguayos no llegan a cubrir con sus ingresos la canasta básica familiar.
¿Verdad que nadie publicaría un informe con esa conclusión?

MIS CONCLUSIONES

1) CERCA DEL 90% DE LOS HOGARES URUGUAYOS NO LLEGAN A CUBRIR CON SUS INGRESOS LA CANASTA BÁSICA FAMILIAR

2) QUE MAL ESTAMOS DESTINANDO LOS RECURSOS DE LA EDUCACIÓN SI ES PARA FORMAR ESTOS ECONOMISTAS

3) EL INFORME DEL PNUD, TIENE DOS UTILIDADES SEGÚN SEA EN PAPEL O EN FORMATO ELECTRÓNICO:

a) en formato electrónico solo ocupa memoria en su equipo, elimínelo
b) en formato papel: guárdelo, nunca se sabe cuando se puede quedar sin papel higiénico.



miércoles, 8 de agosto de 2018

RECIÉN EMPIEZA


Tres de cada 10 colombianos toman la justicia por mano propia vengándose de su agresor antes de denunciar. Esa es la principal conclusión de una reciente investigación de la Facultad de Derecho de la Universidad Libre. La “ley del talión” es ya una cuestión del día a día en ese país; solo en Bogotá el 64% de las personas justifican el uso de la violencia en defensa propia, y se registra un muerto por estos hechos cada tres días; entre 2014 y 2017 cerca de 300 personas fallecieron por linchamiento.
En septiembre de 2016 Clarín daba cuenta de que se registraba un hecho de esa naturaleza por semana en Argentina. 
Y desde luego, nosotros no somos una isla, y las luces amarillas hace rato se encendieron. 
Es preciso decirlo con todas las letras: La justicia por mano propia es inadmisible; significa un retroceso de siglos para la vida en sociedad, aceptar la ley de la selva, y remplazar la justicia por la revancha y la venganza.
El ojo por ojo, siglos atrás, era la forma de hacer justicia. Hoy en día, es el método que aplican las mafias y los narcotraficantes; jamás puede ser el método de la gente común y corriente.
Lo que estamos viendo aquí y en todos lados es también un muy fuerte llamado de atención. Estas conductas irracionales -que por otra parte son también delictivas- suelen crecer al amparo de un Estado que no da las respuestas adecuadas al crecimiento de la inseguridad, sea esta real o amplificada por los medios, que también juegan su cuota parte. Son muchos los derechos vulnerados cuando los vecinos toman en sus manos la justicia; derechos que debiera garantizar el Estado; sin embargo, éste falla tremendamente en dicho propósito y la sociedad, como cualquier ser viviente, al sentirse indefensa reacciona, la mayoría de las veces de manera violenta. Lo decía Voltaire: “Los pueblos a quienes no se hace justicia se la toman por sí mismos más tarde o más temprano”.
Si a la ineficacia del Estado para proteger a sus ciudadanos, le agregamos una violencia cada día más instalada, en donde nadie es capaz de pensar por un momento antes de actuar de acuerdo a los pulsos de la sangre, tenemos un cóctel realmente explosivo y una situación pronta a escaparse de las manos.
Por cierto, no se puede responsabilizar exclusivamente a este gobierno de la situación a la que estamos llegando. No en vano pasaron once años de dictadura, veinte de neoliberalismo puro y duro (los del sálvese quien pueda) y trece de progresismo sin ideas (la falta de ideas es tan grande como la incapacidad para aplicar las pocas que se tienen), todos ellos atravesados por un par de denominadores comunes: el profundo deterioro de la educación y la impunidad. Pero es a quienes gobiernan hoy a quienes corresponde empezar a revertir el estado de cosas antes de que la marea nos tape.
Lo dijo Hoenir Sarthou hace un mes atrás en un artículo sobre este mismo tema: “el problema al que me refiero no ha hecho más que empezar”, y así parece ser.

José Luis Perera

miércoles, 18 de julio de 2018

UPM2: MENTIRAS Y VERDADES




EL INSONDABLE MISTERIO DEL PBI Y EL EMPLEO



Autor: William Yohai

18 de julio de 2018



Abundan….un verdadero ¿quién da más? Las cifras que nos inundan compitiendo para decirnos la cantidad de empleos que generaría la eventual (ni dios permita) planta UPM2. Que 4.000, que 5, que 8 mil. Cualquier número parece insuficiente[1].

Cuando comenzamos a analizar el contrato ROU-UPM firmado en diciembre del año pasado uno de los puntos fuertes de la propaganda oficial era, precisamente el del empleo. Ya desde el vamos el documento revela su condición sui generis. A lo largo de mi vida comercial he visto decenas (tal vez cientos) de contratos. Ni  uno de ellos dedicaba páginas enteras a detallar los beneficios que la concreción del documento acarrearía a las partes. Todos se limitaban a establecer las obligaciones recíprocas, las multas por incumplimiento, las formas de notificación y otros detalles jurídicos.

No está demás resaltar que después de enumerar los “beneficios” para ROU una cláusula seca, escueta, contundente reza:

 2.4         Beneficios Indicativos

ROU espera que los beneficios del Proyecto UPM podrían incluir los asuntos referidos en las Cláusulas 2.2. y 2.3. Dichos beneficios son únicamente indicativos y no constituyen obligación o compromiso alguno para que UPM y el Proyecto UPM alcance dichos beneficios o resultados”

Más claro, echale agua.

Otro elemento clave de los supuestos beneficios para “ROU” era el aumento del pbi. Al principio nos sonaba raro que éste pudiera alcanzar, tal cual se planteaba el 2%.

Revisamos entonces los informes de cuentas nacionales que publica el bcu. Comparando los años previos a la entrada en funcionamiento de las dos pasteras existentes (Montes del Plata y Botnia-UPM) constatamos que, efectivamene se producía dicho aumento. Equivalía, grosso modo, a un 1% por cada millón y algo más de toneladas de producción de celulosa.

El fundamento económico del fenómeno está en la cantidad de dinero (expresada en dólares) que se produce: si el conjunto del pbi en esos años rondaba los 50.000 millones, una variación en la producción y exportaciones de 500 millones implica un correlativo de 1% del pbi[2].

No encontramos datos de otros países que corroboraran si la producción de celulosa es tratada de igual forma. De todas maneras todo parece indicar que desde el punto de vista de la metodología que establece el FMI para el cálculo de cuentas nacionales lo que hace el bcu es correcto.

Pero hay algo que rechinaba: cuando investigamos la cantidad de gente que trabaja en las zonas francas celulósicas nos topamos con un obstáculo. El bps se negó a darnos la información con el pretexto de que la política es no divulgar datos sobre empresas en particular. Logramos, al fin, encontrar alguna información oficial. Un censo realizado en 2015 por la Dirección General de Zonas Francas (dgzf)[3] indicaba que en conjunto las dos celulósicas empleaban entre 1.100 y 1.200 person as. Reiteramos: datos proporcionados por las empresas, no verificados. A “ojo de buen cubero” sonaba raro que tan sólo esos pocos trabajadores generaran tanto pbi como 40.000 personas. O sea, se necesitan 2.000.000 de personas activas para generar el 100% del pbi. Siempre números gruesos; 20.000 personas (incluyendo todas las categorías del ine: empleados, cuentapropistas y patrones) por cada punto porcentual.

Aclaremos: cuando hablamos de personal empleado en las zonas francas estamos incluyendo a todas las personas implicadas en la producción: trabajadores directos en fábrica, administrativos, personal de seguridad, otros servicios, así como las operaciones colaterales como puertos e industrias químicas. Porque todo eso está dentro de dichas zonas.

Al comparar la cantidad de pbi (medido en pesos constantes 2005) que genera cada empleo en diversos sectores encontramos[4]:

 



el cuadro es contundente: mientras que la construcción genera 538 pesos por cada empleo, la agricultura y ganadería 226 y la silvicultura 654 la fabricación de celulosa (en el ramo está incluído el papel y cartón de mucha menor importancia) hace el milagro de generar 17.105 pesos por cada empleo.

Esto de por sí echa una sombra de duda sobre todos los números que sectores oficiales y empresariales difunden sobre el tema.

En efecto, la mecánica del análisis surge del siguiente razonamiento: por cada “x” unidades monetarias de valor agregado bruto (vab; concepto similar al de pbi) se genera un empleo; ergo, como la cadena celulósica genera “y” unidades monetarias de vab, entonces la nueva planta de celulosa generará “x” multiplicado “y” veces empleo.

Elegante…pero eminentemente incorrecto.

En su momento solicitamos a CPA Ferrere el informe sobre UPM2 en que presuntamente se basan las proyecciones de empleo divulgadas por medios de difusión y, para vergüenza nacional por la mismísima Presidencia de la República[5]   La amable respuesta fue que UPM era la propietaria del informe y que ellos no estaban autorizados a divulgarlo. Nos dirigimos a la empresa, nos respondieron adjuntando material propagandístico ya divulgado.

Como el tema del empleo es fundamental para evaluar los beneficios de la eventual instalación de UPM2 investigamos cuánto genera la cadena celulósica existente. Encontramos el cuadro siguiente[6]

  

 Utilizando el supuesto de que el 85% del empleo en las fases “silvicultura, extracción de madera y servicios de apoyo a la forestación” corresponden a la celulosa construimos el siguiente cuadro:
 
 


Los montes ya están plantados, aunque UPM anuncia que necesitará entre 60 y 90 mil hectáreas más cuando funcione la planta. Los viveros están funcionando. La maquinaria y el personal para la extracción ya existen. Dicho sea de paso, ésta se mecaniza cada vez más. Es difícil prever que se necesiten muchos más trabajadores en las fases silvícola, de extracción de madera y servicios de apoyo que los que ya existen.

Resumiendo: cualquier proyección razonable permite concluir que los únicos (o casi) empleos nuevos que se crearán estarán en la fase industrial. Una planta más grande, altamente automatizada, que necesitará la misma (o incluso menos) trabajadores que las existentes; en el entorno de los 500.

Los estudios conocidos refieren a  empleos generados como “indirectos” e “inducidos”. Estos últimos serían los “indirectos” de los “indirectos” o “indirectos al cuadrado”. Resulta bien difícil cuantificar estas cosas. Me surgen algunas preguntas: ¿alguien vió cuando cerró FRIPUR que se informó que 900 personas habían perdido su trabajo que se dijera que se habían perdido “900 directos XX indirectos y YY inducidos”? ¿O cuando cerraron dos plantas productoras de lácteos en Colonia?. ¿O cuando se informa que se han perdido 30.000 empleos en la construcción desde 2014.?

Yo no. Y creo que allí está el meollo del asunto.

El viejo cuento del contador al cual el empresario le prgunta: ¿cuánto da el balance?...aquel le responde ¿cuánto quiere usted que dé?



[1]     Por ejemplo el contrato afirma: “2.3.5 Las estimaciones preliminares indican que el Proyecto UPM generaría un
        promedio de 3.000 (tres mil) puestos de trabajo, con picos de 5.000 (cinco mil),
        durante la construcción de la Planta de Celulosa, y unos 4.000 (cuatro mil) puestos de
        trabajo directos durante su fase de operación, relacionados con la actividad primaria,
        industrial y logística. A esto deben agregarse los puestos de trabajo inducidos a partir
        del incremento en la demanda de diversos servicios en la región de referencia. Los
        elevados estándares aplicados en la cadena de valor con inserción global resultan en
        mejoras en materia de cultura del trabajo y capacidades y productividad del capital
        humano, entre otros.”
[2]     Estas cifras son aproximadas, no vale la pena  detallarlas aquí.
[4]     Elaprodal significa “elaboración de productos alimenticios”, pesca y ac.=pesca y acuicultura, agricultura y ganadería, rural total (incluye silvicultura)
[5]     CAINFO una ong dedicada al tema de la información pública solicitó oficialmente las bases para las proyecciones de pbi y empleo que publica el gobierno. La información sobre empleo le fue negada con el pretexto que los datos relativos a la negociación del contrato son secretos.
[6]                  Www.mgap/opypa/anuario2016

NADA NUEVO

(Publicado esta semana en VOCES) Quienes controlan el poder del Estado generalmente operan al margen de la opinión de la ...