domingo, 29 de octubre de 2017

NO SOY UN DESENCANTADO


Últimamente se habla mucho de los “desencantados”, tanto como un nicho de mercado político en donde salir a conseguir votos, como de sujetos a recuperar para el oficialismo. También como de tema de conversación y de análisis de politólogos y hasta de gobernantes (“El frenteamplista desencantado no tiene justificación de mi parte”, Juan Castillo dixit).
Si desencantar es deshacer el encanto, entonces para ser desencantado hay que haber estado previamente encantado. Y en política es posible que haya gente encantada con el partido al que vota o en el cual milita, no lo dudo, por lo general es la gente que toma a la política como si fuera un deporte y se hace hincha de tal o cual partido. Es posible que si esa gente ve que su cuadro no juega bien y se come alguna goleada de vez en cuando pueda desencantarse.
Pero quienes consideran a la política como un lugar de lucha por determinados valores sociales que quiere llevar a la práctica por medio del gobierno, como un espacio de lucha ideológica por lograr avances en la conciencia popular, para generar las condiciones subjetivas que permitan cambios radicales de justicia y equidad, esos difícilmente se encanten. Porque esa lucha es dura, difícil, despiadada, compleja y cansadora, sin demasiado espacio para el encanto.
De modo que para estos últimos (entre los que me incluyo), lo más adecuado sería hablar de “defraudados” y no de desencantados. Entendiendo por defraudar (del latín defraudare: resultar una persona o una cosa menos buena, interesante o importante de lo que se esperaba).
Los defraudados, en algún momento comenzamos a militar en una fuerza política que se proponía cambios radicales en esta sociedad. Nos comprometimos con un discurso que hablaba de antiimperialismo, de combate a la oligarquía (de un lado la oligarquía, del otro lado el pueblo), de combate al latifundio y de reforma agraria, de lucha frontal contra el capital financiero, de justicia social, de una democracia auténtica, etc.
Y naturalmente, si bien ya en el camino a obtener el gobierno se fueron dejando prendas por ahí tiradas (con el fin de obtenerlo), seguimos confiando en que se podía dar la lucha para torcer el rumbo que se venía delineando, porque nada se obtiene sin lucha.
Y primero nos defraudó (ahora hablo por mí) el gobierno.
Su antiimperialismo lo tiró por la borda en su primer gran medida de gobierno: el Tratado de Protección de Inversiones con los EEUU. Es decir, en lugar de antiimperialismo, protección de las inversiones del imperio. Luego maniobras con las tropas yanquis, envío de tropas a Haití, etc. También la búsqueda incansable de un TLC con ese mismo imperio, cosa que habíamos expresamente dicho que no queríamos hacer.
Pero luego todas sus medidas fueron en el sentido de gobernar para la oligarquía, tanto la latifundista como la financiera. Se fue concentrando y extranjerizando la propiedad de los medios de producción como la tierra, los frigoríficos, se fue gobernando para el agronegocio sojero y los cultivos transgénicos, exonerando de impuestos a las inversiones extranjeras, ampliando y generalizando las zonas francas, regalándole el dinero de los uruguayos al sistema financiero con la bancarización, estableciendo las PPP, etc.
Por más que algún dirigente diga que Estamos en una etapa de avance en la profundización de la democracia, de tránsito hacia una democracia avanzada que profundice los derechos, la equidad, la igualdad de oportunidades y la justicia social” (Juan Castillo dixit), la democracia en lugar de profundizarse se banaliza, puesto que las decisiones de fondo se toman en conciliábulos en las alturas (instalación de plantas de celulosa, privatización del agua, obligación de darle nuestros dineros a los bancos, TLC con Chile, etc), y se pretende hacer creer que profundizar la democracia es el casamiento homosexual o la venta libre de marihuana.
De manera que no estamos desencantados, porque nunca estuvimos encantados. Sí tuvimos la esperanza de que la lucha interna entre las diferentes capas sociales que integran la coalición llamada Frente Amplio (que no es ni la sombra de lo que se creó en el 71) podía torcer el rumbo más hacia la izquierda, más a favor de la lucha frontal contra el sistema. Pero triunfó la concepción más consustanciada con lo que es la historia de los partidos tradicionales, esto es, gestionar lo mejor posible el capitalismo, que traducido al español significa gobernar para los ricos y esperar que algo de lo que los enriquece derrame hacia abajo. Y esa fue nuestra segunda decepción.

Y por eso nos defraudaron.
Pero principalmente, en mi caso, me defraudaron los que sabiendo que esa lucha fue perdida continúan haciendo de cuenta que no pasa nada, y en los hechos se han plegado a la estrategia ganadora, y gobiernan para los ricos haciendo por lo bajo el discurso contrario para captar incautos. Desarrollan una estrategia esquizofrénica, con un discurso revolucionario al interior de las organizaciones sociales y con uno conservador y hasta reaccionario en el gobierno. Amparados en la “disciplina partidaria” (algo así como la obediencia debida) dicen amén a todo lo que dicen no querer.

miércoles, 4 de octubre de 2017

NI MITO NI LEYENDA (publicado esta semana en VOCES, en el 50 aniversario del asesinato del Che)


Si un mito es una historia imaginaria que altera las verdaderas cualidades de una persona o de una cosa y les da más valor del que tienen en realidad, y si leyenda es una narración popular que cuenta un hecho real o fabuloso adornado con elementos fantásticos o maravillosos, el Che no es ninguna de las dos cosas. El Che es un ser humano ejemplo de revolucionario, y cuya vigencia se expresa en una de las mayores obras de la que fue partícipe: la revolución cubana.
Cuando Fidel dice -entre otras cosas- que “si queremos expresar cómo aspiramos que sean nuestros combatientes revolucionarios, nuestros militantes, nuestros hombres, debemos decir sin vacilación de ninguna índole: !que sean como el Che!, está expresando no solo un deseo, sino una necesidad. Porque si algo está siendo demostrado medio siglo después de su muerte es que sin hombres como él difícilmente cualquier intento revolucionario llegue a buen puerto.
Sin duda era un hombre de acción, pero también de un muy elaborado pensamiento, un hombre de ideas, de una insuperable sensibilidad humana, pero sobre todo de una intachable conducta y virtudes morales, y a esto quiero referirme, por tomar algún aspecto de su vida.
El Che dijo: “El socialismo económico sin moral comunista no me interesa. Luchamos contra la miseria, pero al mismo tiempo luchamos contra la alienación… Si el comunismo descuida los hechos de conciencia puede ser un método de repartición, pero deja de ser una moral revolucionaria”.
Esta idea, que el che asumía para su práctica cotidiana, implicaba que toda acción humana, desde la más cotidiana hasta la más compleja, es una acción en potencia revolucionaria, transformadora y liberadora, y que la revolución de los oprimidos en contra del sistema es una revolución que, para frenar y extinguir el capitalismo, tiene que atravesar y transformar todos los ámbitos de la vida humana.
Todo el accionar y la concepción revolucionaria del Che, su lectura crítica y creativa de los clásicos del Marxismo Leninismo, está impregnado absolutamente de una intención permanente de forjar al Hombre Nuevo, de construir la nueva moral comunista.
En su ensayo “el Socialismo y el Hombre en Cuba decía: Para construir el comunismo, simultáneamente con la base material hay que hacer al hombre nuevo. De allí que sea tan importante elegir correctamente el instrumento de movilización de las masas. Este instrumento debe ser de índole moral, fundamentalmente, sin olvidar una correcta utilización del estímulo material, sobre todo de naturaleza social”.
Cuando se multiplican por dos los salarios de los ministros de un gobierno porque “no se les puede pedir tanta poesía”, o cuando se exponen como grandes logros porcentajes de crecimiento, obtención de grado inversor, aumentos del PBI o puntos de más o de menos en el empleo o en la pobreza, pero se dejan de lado como valores la honestidad, la rectitud, la entrega y la austeridad, se está yendo en el sentido contrario de lo que el Che predicaba. “No me interesa” diría el Che.

UPM2 EL FIN A LA INCERTIDUMBRE (QUE NUNCA FUE)

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