miércoles, 8 de agosto de 2018

RECIÉN EMPIEZA


Tres de cada 10 colombianos toman la justicia por mano propia vengándose de su agresor antes de denunciar. Esa es la principal conclusión de una reciente investigación de la Facultad de Derecho de la Universidad Libre. La “ley del talión” es ya una cuestión del día a día en ese país; solo en Bogotá el 64% de las personas justifican el uso de la violencia en defensa propia, y se registra un muerto por estos hechos cada tres días; entre 2014 y 2017 cerca de 300 personas fallecieron por linchamiento.
En septiembre de 2016 Clarín daba cuenta de que se registraba un hecho de esa naturaleza por semana en Argentina. 
Y desde luego, nosotros no somos una isla, y las luces amarillas hace rato se encendieron. 
Es preciso decirlo con todas las letras: La justicia por mano propia es inadmisible; significa un retroceso de siglos para la vida en sociedad, aceptar la ley de la selva, y remplazar la justicia por la revancha y la venganza.
El ojo por ojo, siglos atrás, era la forma de hacer justicia. Hoy en día, es el método que aplican las mafias y los narcotraficantes; jamás puede ser el método de la gente común y corriente.
Lo que estamos viendo aquí y en todos lados es también un muy fuerte llamado de atención. Estas conductas irracionales -que por otra parte son también delictivas- suelen crecer al amparo de un Estado que no da las respuestas adecuadas al crecimiento de la inseguridad, sea esta real o amplificada por los medios, que también juegan su cuota parte. Son muchos los derechos vulnerados cuando los vecinos toman en sus manos la justicia; derechos que debiera garantizar el Estado; sin embargo, éste falla tremendamente en dicho propósito y la sociedad, como cualquier ser viviente, al sentirse indefensa reacciona, la mayoría de las veces de manera violenta. Lo decía Voltaire: “Los pueblos a quienes no se hace justicia se la toman por sí mismos más tarde o más temprano”.
Si a la ineficacia del Estado para proteger a sus ciudadanos, le agregamos una violencia cada día más instalada, en donde nadie es capaz de pensar por un momento antes de actuar de acuerdo a los pulsos de la sangre, tenemos un cóctel realmente explosivo y una situación pronta a escaparse de las manos.
Por cierto, no se puede responsabilizar exclusivamente a este gobierno de la situación a la que estamos llegando. No en vano pasaron once años de dictadura, veinte de neoliberalismo puro y duro (los del sálvese quien pueda) y trece de progresismo sin ideas (la falta de ideas es tan grande como la incapacidad para aplicar las pocas que se tienen), todos ellos atravesados por un par de denominadores comunes: el profundo deterioro de la educación y la impunidad. Pero es a quienes gobiernan hoy a quienes corresponde empezar a revertir el estado de cosas antes de que la marea nos tape.
Lo dijo Hoenir Sarthou hace un mes atrás en un artículo sobre este mismo tema: “el problema al que me refiero no ha hecho más que empezar”, y así parece ser.

José Luis Perera

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