martes, 12 de febrero de 2019

EL CIRCO


(Publicado esta semana en Semanario VOCES)

La situación de algunos países hermanos estará, por cierto, en la agenda de discusión electoral en este año. Y lamentablemente no para esclarecer a la ciudadanía acerca de esos temas, sin duda importantes, sino porque cada tienda obtendrá sus réditos políticos al plantearlos.
Por cierto, el espectro de centro/derecha intentará presentar al presidente venezolano Maduro como a un dictador implacable y al Frente Amplio en su conjunto como el defensor de una dictadura (y explotando sus contradicciones internas).
Intentarán desde luego mostrar la situación económica venezolana como el futuro que nos espera de no cambiar el timón del gobierno en las próximas elecciones.
El FA – en el que no existen unanimidades respecto de la situación venezolana (para algunos sectores efectivamente Maduro es un dictador, y para otros es el líder del socialismo del siglo XXI, mientras que para la mayoría es un presidente que sería mejor que no existiera para no tener que defenderlo poniéndose colorados)- intentará a su vez mostrarse unánime en lo que tal vez sea la única coincidencia interna: la defensa de la libre auto determinación de los pueblos.
Por otra parte, el oficialismo hará un uso despiadado del viraje argentino y brasileño a la derecha, e intentarán asustar con la posibilidad de que un Bolsonaro o un Macri charrúa pase a regir los destinos de nuestro país si, por uno de esos desatinos que suelen tener los pueblos (que se equivocan cuando no me votan a mí), los uruguayos decidieran no revalidar la confianza en el progresismo.
Nada de eso es verdad, desde luego. El Uruguay no será una “dictadura” al estilo venezolano si se mantiene el progresismo en el gobierno; y si el socialismo del siglo XXI llegara a golpear las puertas de esta penillanura levemente ondulada recién lo hará tal vez un siglo después, siempre a destiempo, a la uruguaya.
Tampoco gobernará por acá un Bolsonaro partidario de la dictadura militar. Pero lo cierto es que esos temas son funcionales a ambos bandos, y desviarán la atención de lo que verdaderamente importa.
A nadie le interesa analizar las causas de fondo de esos fenómenos, porque en realidad a nadie le conviene. Llegar a las raíces de los problemas socavaría sus propios cimientos y verían temblar el lugar en donde están parados. Por eso es que solo se habla de las consecuencias. Porque lo que está mal es el sistema, y es eso lo que hay que cambiar, y desde luego ni unos ni otros tienen el más mínimo interés en hacerlo.
Mientras tanto, los pueblos siguen incrementando su hastío y padeciendo gobiernos, y los ciudadanos creyendo que depositando el voto en la urna luego de este circo habrán cambiado algo.
Los gobiernos en lo suyo: al servicio del capital.


José Luis Perera

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