domingo, 21 de junio de 2009

A SEGURO SE LO LLEVARON



Hace unos días, encendí la radio y en ese momento estaban pasando una pauta publicitaria (espero que haya sido una especie de recopilación de propagandas perimidas) del ex senador del partido colorado Pablo Millor. El slogan decía: “toda una vida al servicio de la seguridad de la familia uruguaya”. Mientras Millor fue diputado, contaba entre sus asesores nada menos que a Ricardo “conejo” Medina y a José “Nino” Gavazzo. Y mientras fue Consejero de Estado, durante la dictadura, miles de las familias uruguayas que el “protegía” pasaron por la cárcel y la tortura. Muchas de esas familias, todavía buscan a alguno de sus integrantes desaparecidos. Mientras este y otros señores velaban por la seguridad de la familia uruguaya, madres embarazadas eran detenidas y torturadas con sus bebés en el vientre, recibían palizas, submarino y picana eléctrica, inclusive localizada especialmente para dañar al bebé en el útero Muchas fueron violadas; muchos de estos niños que sufrieron prisión política y tortura antes de nacer, lo fueron incluso antes del golpe de Estado. 27 de esos casos se dieron en el marco de gobiernos del Partido Colorado, presididos por Jorge Pacheco Areco y después por el que luego terminara siendo dictador, José María Bordaberry. Digamos esto simplemente para que quede claro de que hablan algunos personajes cuando hablan de seguridad.
EL UNICO ARGUMENTO DE LA DERECHA
El único argumento de la derecha es la seguridad. En un mundo plagado de inseguridades, la seguridad es un capital político ineludible de la derecha. Claro que se trata exclusivamente de la seguridad en el uso de la represión contra el delito, apoyada por una “ola de inseguridad” amplificada desde los medios de comunicación masiva (con el aporte de los noticieros musicalizados que pretenden crear un clima de temor e inseguridad), que además va marcando la agenda de los “problemas de la gente” con un tema clave para las expresiones más reaccionarias. De esa manera, la mano dura y la represión (“tolerancia cero” claman algunos) regresan a ocupar un lugar central en el discurso de los precandidatos de la derecha.
Para estos liberales de derecha, si el Estado dejara de pensar en intervenir donde no debe, y se dedicara a cuidar la propiedad y la seguridad de los ciudadanos, estas cosas no pasarían. Se trata solamente de una ola criminal fomentada por la pasta base (que únicamente es consumida por los pobres) y que amenaza la sacrosanta propiedad privada y la seguridad individual, por lo cual hay que responder con palo. No existe nada parecido a la explotación ni la marginación de muchos en beneficio de unos pocos. Solo estamos ante un gobierno ineficiente, que no hace nada, y que para colmo genera ideas populistas que nos van a hacer parecer cada vez más a los latinoamericanos (horror de horrores). Y es que se han quedado sin discurso y apelan al único tema que les puede dar algún rédito político. Pero tengamos cuidado, la derecha política de nuestro país no es tonta. Toda esta movida en torno al tema seguridad, en el fondo es también el lanzamiento de un proyecto político e ideológico cuyo fin es la reconstrucción tanto del discurso como de la representatividad de la derecha política, económica y cultural, que no se resignan a contemplar sin más el proceso de transformación de nuestro país en un sentido de mayor equidad y justicia social. No los subestimemos. Con el discurso de la “inseguridad” buscan esconder la verdadera discusión sobre las víctimas de un sistema económico que imperó durante las décadas pasadas en donde se aplicaron las recetas más ortodoxas del neoliberalismo, dejando a un país en la ruina, con porcentajes de pobreza e indigencia nunca vistos en la historia del país.
LA SEGURIDAD EN TIEMPOS ELECTORALES
Estamos en campaña electoral, y entonces la oferta de la derecha se parece a una especie de remate en el cual cada uno debe ofertar más que el otro. Es así que aparecen: super coordinaciones institucionales, mega instituciones encargadas de seguridad, más policías, más cárceles, co-gestión de las cárceles con empresas privadas, más presupuesto para la policía, rebaja de la edad de imputabilidad, creación de nuevos delitos para niños y niñas, el ejército para combatir la delincuencia, etc. etc., en un mar de propuestas sin fundamentos de ninguna especie, sino en un “quien da más”. Algunos hasta se enredan en su propio discurso, y ante el problema del hacinamiento de las cárceles dicen: “lo que pasa que este gobierno, antes tenía un ministro que los soltaba, y ahora tiene uno que no los agarra”. Sin percibir que si eso fuera realmente así, las cárceles no estarían superpobladas sino vacías. En todo el discurso de la derecha veremos a la seguridad entendida como protección del individuo propietario de algún bien contra el delincuente común. Nunca los veremos referirse a la importancia de la seguridad en los terrenos de la salud, el trabajo, la vivienda. La ironía está en que la derecha -para quien la cuestión de la seguridad es lo esencial- es la que ha impulsado con mayor entusiasmo las políticas de desquiciamiento social que hoy constituyen uno de los factores más gravitantes en la extensión de la violencia. El más importante logro del discurso de la derecha en materia de “seguridad ciudadana” es que ya nadie habla de las causas de la delincuencia, sino que el centro de la cuestión es casi exclusivamente la represión. La preocupación que vemos en el discurso de la derecha por la seguridad, nunca es una preocupación por la seguridad de los ciudadanos de pocos recursos, de los miembros estigmatizados de la sociedad, de los habitantes de cantegriles y asentamientos, de quienes ejercen la prostitución, etc..., y siempre está ausente la preocupación por los grandes hechos de corrupción, la impunidad de los poderosos y las redes del crimen organizado. La noción de seguridad machacada hasta el hartazgo por los grandes medios de comunicación se reduce a la necesidad de prevenir ataques violentos contra la propiedad y los bienes, que eventualmente pueden poner en riesgo también la vida. Las políticas sociales encaminadas a revertir la realidad de los adolescentes excluidos brillan por su ausencia en el discurso de los paladines de la seguridad. La exclusión social es uno de los rasgos distintivos de aquellos adolescentes que encuentran en la delincuencia su única salida. La carencia de incentivos, la falta más absoluta de contención familiar, la promoción de un consumo ilimitado, en una sociedad donde tanto tenés tanto valés, son variables que desembocan en un horizonte poco auspiciante para un adolescente. Pero nada de esto es siquiera insinuado por los cruzados de la seguridad. Vivimos en una sociedad que no sólo excluye y estigmatiza a sus jóvenes, sobre todo a los más pobres, sino que también ahora (según las propuestas de la derecha) pretende desfachatadamente crear "centros de reeducación laboral" bajo la figura de "resocialización forzada por medio del trabajo". Dichos Centros serían la versión contemporánea de aquellos campos nazis como el de Aushwitz en cuya entrada se podía leer la leyenda "el trabajo libera"; sin duda un discurso hipócrita que deberemos ser capaces de enfrentar rumbo a la campaña de octubre.

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