domingo, 20 de octubre de 2013

EL PROBLEMA DE LA UNIDAD EN UNA PERSPECTIVA HISTÓRICA (Análisis de la estrategia del Partido Comunista Uruguayo a la luz de los resultados)




-  TERCERA PARTE -


                                                                              EL XVI CONGRESO

En su informe al XVI Congreso, Rodney Arismendi iniciaba como es costumbre con la situación internacional, y en lo que tiene que ver con el capítulo sobre América Latina, decía:

“América Latina es escenario de grandes luchas de masas contra el enemigo fundamental de nuestros pueblos, el imperialismo yanqui, a cuyo servicio se han entregado una pequeña casta de latifundistas y grandes capitalistas y los gobiernos que los representan. La política de guerra y colonización de los imperialistas yanquis ha traído la desgracia a nuestros pueblos; sus riquezas son saqueadas, su soberanía es pisoteada desvergonzadamente; se quiere transformar a sus hijos en carne de cañón para la agresión que preparan los incendiarios de guerra. Los imperialistas yanquis no ocultan que procuran el dominio y el contralor absoluto de las riquezas naturales de nuestros países, de su comercio exterior, de sus fuentes de energía, de sus transportes, etc.. Por medio de los acuerdos militares, el Punto IV, pretenden transformarnos en simples proveedores de materias primas, carne de cañón barata y bases de guerra. Los monopolistas estadounidenses apelan a todos los recursos para destruir las incipientes industrias nativas, o mediante hombres de paja y compañías mixtas, apoderarse de su contralor; la penetración de sus capitales marcha paralela con la introducción de sus agentes en los puestos llaves de la vida económica de nuestros pueblos.
[...]
La realidad muestra que fuerzas cada vez más amplias entran en conflicto diverso –más o menos agudo- con la dominación norteamericana; comprenden que la política de los bloques militares, de apropiación barata de las materias primas con pretextos político-militares, las imposiciones yanquis en materia de comercio exterior, encubren la más cínica explotación de nuestras naciones y precipitan a los países de América Latina a la catástrofe.
[...]
Crecen así las condiciones para que fuerzas cada vez más considerables se persuadan de que sólo con un vasto frente democrático de liberación nacional, dirigido a lograr la expulsión de los imperialistas yanquis y a la destrucción del régimen actual de terratenientes y grandes capitalistas, se podrán resolver finalmente los problemas de América Latina”.

Como vemos, allí se hace referencia al imperialismo yanqui como el enemigo fundamental de nuestros pueblos, a cuyo servicio estaban los latifundistas y grandes capitalistas a quienes representaban los gobiernos latinoamericanos (el nuestro incluido, claro está). Pero el hecho es que la oposición al imperialismo yanqui generaba las condiciones para que fuerzas cada vez más considerables, que se podían agrupar en un vasto frente democrático de liberación nacional dirigido a lograr la expulsión de los imperialistas yanquis y a la destrucción del régimen actual de terratenientes y grandes capitalistas.

Y seguramente el Frente que se logró conformar en 1971, tenía las características que señalaba Arismendi, puesto que los documentos fundacionales hablan claramente de un conjunto de ideas antiimperialistas y antioligárquicas. La pregunta que surge es: El Frente Amplio actual, el de 42 años después de su fundación ¿mantiene alguna de esas características? Hablo de los hechos concretos, de la acción en el gobierno, no de los documentos, que claro está, nadie ha renegado de ellos públicamente.

UNA REALIDAD DIFERENTE

Los cambios en América Latina, desde el momento en que el PCU elaboró su teoría de la revolución uruguaya, han sido múltiples y multifacéticos. En ese entonces, la Revolución Cubana no era una realidad triunfante, pero además, desde su triunfo, han tenido lugar sucesos de todo tipo, triunfos revolucionarios o progresistas, como los de Chile, Nicaragua, Grenada, procesos que han avanzado y otros que han retrocedido

El capítulo de América Latina es el que sin duda habría que estudiar más detenidamente, puesto que los cambios económicos ocurridos son de magnitudes tremendas, y las consecuencias sociales e ideológicas de los mismos perdurarán por largo tiempo.
Quien crea que las dictaduras que asolaron estas tierras durante décadas, y luego los años del más crudo neoliberalismo, no han cambiado la cabeza de la gente, está obviamente equivocado. Pero además ha cambiado también el comportamiento y la forma de pensar de los colectivos sociales, y los partidos de izquierda de hoy nada tienen que ver con aquellos otros, a la vez que han cambiado los movimientos sociales, el sindicalismo, y han cobrado un protagonismo nuevo los movimientos indigenistas, los ecologistas y todo tipo de movimientos no tradicionales.

En nuestro continente encontramos algo sustancialmente diferente, con gobiernos de izquierda que básicamente se agrupan en torno al ALBA, y que se oponen de manera firme al imperialismo, y con gobiernos más bien progresistas, que en general concilian con el imperio, cuando no directamente se arrodillan ante él. Otros son directamente de derecha.
Se diría que aquello que el PCU pretendía lograr en nuestro país con “un vasto frente democrático de liberación nacional” (expulsión de los imperialistas y destrucción del régimen de terratenientes y grandes capitalistas), se está en camino de lograrlo en un conjunto de países (Cuba, Venezuela, Bolivia, Ecuador) en donde se está llevando a cabo por partidos o movimientos que eran minúsculos pero que se apoyaron en la movilización popular.

En América Latina hay hoy una izquierda que apuesta a los cambios revolucionarios, que se involucra activamente en los debates con los países centrales, con las oligarquías y con el imperialismo, con sus representantes políticos y mediáticos y en general con el pensamiento hegemónico en todos los planos. Y lo hace en medio de la polarización, identificando claramente al enemigo social, económico y político de las transformaciones, y promoviendo medidas que afectan directamente los intereses concretos de esos sectores, tanto nacionales como trasnacionales.

Y esa es la izquierda que ha logrado avanzar. Hugo Chavez, Evo Morales, Rafael Correa, Lula o Dilma, y hasta los Kirchner, comenzaron sus mandatos con un porcentaje de respaldo electoral que no ha hecho más que incrementarse elección tras elección. Hay solamente dos casos de reducción del electorado y de la intención de voto en el ejercicio del gobierno: Chile y Uruguay, y eso debería ser parte del análisis.

Porque no es solo el retroceso electoral. Comparando los procesos que avanzan (Cuba, Bolivia, Venezuela, Ecuador, y en buena medida Brasil y Argentina) con el nuestro o el chileno, vemos que aquellos que avanzan se han afirmado en las masas y logran un constante crecimiento en el apoyo popular movilizado. Por el contrario, en nuestro país, las masas se alejan día a día del FA y del gobierno. No hace falta, creo yo, demasiadas pruebas al respecto; basta ver la enorme desmovilización popular y el retroceso electoral progresivo.

También sería interesante analizar por qué razón se han logrado mayores avances en aquellos procesos que no tenían en lo previo un gran partido detrás -salvo tal vez el caso del PT en Brasil-, ni eran coaliciones de partidos. Los demás han sido pequeños partidos e incluso, en el caso de Rafael Correa, ni siquiera presentó candidatos al Congreso en su primera elección, y comenzó a construir su respaldo después de obtenido el gobierno. Algo similar al caso de Chávez.

El caso de Evo es notable. Pierde las elecciones con un 20% en 2002, para triunfar en 2005 con un 53%. Y luego de una campaña escandalosa en su contra por parte de los medios de comunicación y la derecha internacional, y la intervención directa de Bush a través de su embajador, en 2009 trepa a un espectacular 63%.

Ni que decir de Hugo Chávez, que rompió todos los records mundiales en cuanto a elecciones ganadas (ganó 15 y en todas logró superar la anterior). Nestor Kirchner accedió al gobierno con un 20% de los votos, y luego Cristina en 2007 trepa al 45%, logrando en 2011 (luego de una campaña feroz de los medios liderados por Clarín y de todo el sector del agro) la friolera del 54% de los votos.

Rafael Correa, en la primera vuelta del 2006 obtiene el 23%, logrando la victoria en segunda vuelta. Sin representantes en el Congreso, convoca a una Constituyente en donde obtiene el 70% de los escaños. La nueva Constitución es refrendada por el 63% del electorado, y al someterse a una nueva elección Correa obtiene el 51% de los votos. Y en las elecciones recientes obtiene el triunfo nuevamente con el 57%. Pero hay que tener en cuenta, además, que en Ecuador, desde 1996 ningún gobierno había logrado siquiera terminar su mandato de 4 años.

NOSOTROS

Si comparamos esas performances con la del Frente Amplio en nuestro país, es evidente el abismo entre aquellos procesos y el nuestro. La última elección en la cual el FA crece electoralmente, es la del 2004. A partir de allí, no ha hecho otra cosa que ir perdiendo votos elección tras elección. En las nacionales del 2004 el FA gana en primera vuelta con casi el 51%, y desciende en el 2009 teniendo que ir a una segunda vuelta y estuvo a punto de perder las mayorías parlamentarias. También perdió luego el gobierno de varios departamentos del interior. Además de ir descendiendo también en las votaciones de las elecciones internas.

Las explicaciones que se han dado al respecto son dos, a cual de ellas más banales: 1) no se ha sabido explicar lo bien que se ha gobernado (la gente sería corta de entendedera, y si no se le explica, no entiende lo bien que le está yendo); 2) El ejercicio del gobierno desgasta (lo cual se da de patadas con lo que acabo de decir sobre los otros gobiernos del continente). Si no se analizan los por qué, pero en serio, no se podrá avanzar ni un solo paso en la corrección de los rumbos, y seguramente el FA perderá la mayoría en las próximas elecciones, y quien sabe si no también el gobierno.

Al menos, habría que ver si la explicación de los diferentes procesos está en la gestión, en la política, en la administración de la cosa pública, o si al menos está asociada a la capacidad de generar identificación, entusiasmo, esperanza e identidad transformadora de las medidas que se promueven y se llevan a cabo.
La identificación y el apoyo que han logrado los otros gobiernos del ALBA, y hasta el gobierno argentino, tienen mucho que ver con la correspondencia estricta entre el discurso y la práctica de gobierno, e incluso con ir más allá aún de lo prometido.

Por el contrario, el discurso de la izquierda uruguaya se mostró totalmente inconsistente con lo actuado a la hora de gobernar, con el agravante de que las condiciones políticas y económicas, y el entorno mundial ameritaban llevar las acciones mucho más allá del discurso.

Por cierto, tampoco se trata de idealizar los procesos de los gobiernos del ALBA, o el argentino o el cubano. No se pueden ignorar los claroscuros que también son propios de esas experiencias y hasta elementos conflictivos con los movimientos sociales. Pero la diferencia notoria con el nuestro, es sin duda el amplio apoyo en las masas de aquellos y el progresivo alejamiento de las mismas en nuestro caso.

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