viernes, 1 de noviembre de 2013

EL PROBLEMA DE LA UNIDAD EN UNA PERSPECTIVA HISTÓRICA (Análisis de la estrategia del Partido Comunista Uruguayo a la luz de los resultados)


-  NOVENA PARTE -
Decía en el artículo anterior, que “sólo en un marco en donde claramente los capitalistas y el estado burgués (...) sean visualizados como lo que son, se puede alimentar el desarrollo de la conciencia obrera y popular, se puede preparar y madurar el factor subjetivo para que corresponda (tanto como sea posible) con las necesidades de la lucha de clases”.

Esto dará un impulso a la lucha de los trabajadores para decidirse a tomar parte en la acción y en las condiciones más difíciles, a enfrentarse con sus adversarios de clase. Mientras los comunistas estén del mismo lado, difícilmente eso pueda ser logrado. Al contrario, si no se da esta batalla, la clase obrera, los sectores populares pobres cuyos intereses (objetivamente) están en dirección opuesta al capitalismo, aceptarán el sistema explotador como única solución.

En este sentido, basta ver la calma y la complacencia con que es aceptado en los más variados círculos el discurso conciliador del presidente Mujica, que a esta altura es un referente de la burguesía y presentado como ejemplo ante las grandes masas del mundo entero. Y es importante también lo que dice María Luisa Battegazzore a este respecto:

“Se ha hecho un lugar común oponerse al pensamiento único y proclamar la necesidad de alternativas al neoliberalismo. La realidad muestra el fracaso del proyecto neoliberal, aún desde el punto de vista burgués. La defensa de los postulados del neoliberalismo puro y duro hoy está a cargo de algunos fundamentalistas, lo que no impide que muchas de sus premisas pervivan en el discurso político”.
“El mensaje de que el capitalismo es la estación terminal del proceso histórico –noción que Perry Anderson considera el núcleo doctrinal del neoliberalismo- persiste y ha prosperado en el proyecto dominante en el “progresismo”, para el cual no existe otro horizonte, ni siquiera pensable, salvo en el terreno de la utopía, donde son colocados los proyectos emancipatorios y revolucionarios, transformados en residuos de la memoria o en mitos del pasado. Pero el mito no tiene un sentido movilizador como en Mariátegui: queda como una especie de premio consuelo moral o de compensación idealista frente a las duras imposiciones de la realidad. Como consecuencia la orientación de las organizaciones sociales y políticas se reduce a la táctica –para algunos, apenas maniobra o mera astucia- sin perspectiva estratégica y ha perdido peso un proyecto consistentemente antisistémico”.
“Por primera vez en la historia de la izquierda uruguaya se hace la defensa, sin ambages, no sólo de un proyecto de desarrollo capitalista, sino de un plan basado en la inversión extranjera y la desestimación del concepto y la realidad del imperialismo. En estas condiciones la lucha ideológica, que nunca rehuyó Arismendi, es tanto o más precisa que en sus tiempos”.

En otro tramo del artículo, Battegazzore señala:

"Luego, el Informe (habla del informe al XX Congreso del PCU en 1970) reitera algunas condiciones delimitando claramente su contenido. “En este momento de su desarrollo, lo vemos (al FA) como un frente democrático avanzado. Entendemos por tal un movimiento político que tenga por base social de sustentación la alianza de la clase obrera y de los diversos sectores de trabajadores con las amplias capas medias de la ciudad y del campo; pero que sea apto, a la vez, para arrastrar tras de sí a todos los que se oponen directa o indirectamente a la oligarquía y al imperialismo ...”
Subrayamos “en este momento”, porque denota una visión histórica del FA. Su contenido programático y social puede variar y de hecho ha variado. Por tanto, es necesario repensar su caracterización, no sea que por mirar el collar no nos demos cuenta de que nos han cambiado el perro”.

Yo al menos coincido plenamente con Arismendi y con Battegazzore, en el sentido de resaltar que el FA es una visión histórica, y la necesidad de repensar su caracterización. Hoy en día, el FA no es ni la sombra de aquello; no es la alianza de la clase obrera con las amplias capas medias de la ciudad y el campo, y no es apto para arrastrar tras de sí a todos los que se oponen directa o indirectamente a la oligarquía y al imperialismo. Y no puede arrastrar a nadie porque el FA mismo no se opone -ni directa ni indirectamente- ni a la oligarquía ni al imperialismo.

Pero el mismo PCU, en su XXVI Congreso (Capítulo I. Teoría de la Revolución Uruguaya. Defensa, avance y profundización de la democracia avanzada, desarrollo de la concepción, surgimiento, avatares, revisión, reafirmación en nuevas condiciones. Su vigencia y materialización en la línea del Partido) ya advertía algunas de estas cuestiones. Decía por ejemplo:

"Debemos establecer, sin lugar a dudas, que las tareas democrático avanzadas deberán ser resueltas por un gobierno de signo nacional, popular y democrático. ¿Esta afirmación significa que no podemos aspirar a que el FA impulse "un gobierno revolucionario y transformador" como lo concebía Arismendi en el 84?

Y esa pregunta era sin lugar a dudas pertinente, porque las elecciones del 84 habían demostrado que "no habían madurado, en las mayorías nacionales objetivamente interesadas en los cambios antiimperialistas y antioligárquicos, una síntesis que uniera la derrota de la dictadura, el rescate de las libertades democráticas "republicanas" por calificarlas de algún modo, a las tareas democrático avanzadas. Es decir, masas en la escala necesaria que no se conformaran con un "retorno a la época anterior a la dictadura", sino que exigieran un avance real en la ruptura con la estrategia neoliberal".
Decía el PCU entonces que "La alianza del Frente Amplio con otros sectores políticos integrantes del Encuentro Progresista, implica la proyección de un gobierno que iniciará el camino hacia una democracia avanzada, dependiendo, como se dijo, de la relación de fuerzas, las tareas que aborde y la profundidad de su resolución".

Y agregaba: "La capacidad que las fuerzas sociales y políticas más decididas demuestren para fortalecer, desde ya, las organizaciones sindicales, articular un fuerte Frente Amplio, participando organizadamente en la vida política, y la construcción de un gran Partido Comunista, ligado a las grandes masas, incidiendo en el movimiento sindical, en el FA y en el sistema de organizaciones populares, tarea de todas las horas, crearán mejores condiciones para romper, desde el gobierno, la estrategia neoliberal".

Y ahí hay claves que permiten entender por que no se han creado las mejores condiciones para romper, desde el gobierno, la estrategia neoliberal. Porque la proyección de un gobierno del FA iniciando el camino hacia una democracia avanzada dependía de una relación de fuerzas que no se ha logrado construir en favor de los sectores más avanzados, y porque las tareas y la profundidad en su resolución no están ni cerca de las necesarias para iniciar ese camino.
Y porque las fuerzas sociales y políticas más decididas (el PCU incluido) no han mostrado una capacidad para fortalecer el FA (que se encuentra cada día más debilitado en todo sentido) y no se ha construido el Partido Comunista necesario para el desarrollo de todas esas tareas. No tenemos ni por asomo un gran Partido Comunista ligado o al menos ejerciendo influencia en las grandes masas.

En “La revolución uruguaya en la hora del Frente Amplio”, Rodney Arismendi relata las peculiaridades del proceso revolucionario uruguayo analizadas en el año 55, y nos decía entre otras cosas:

“el predominio por largo período de sectores democráticos de la burguesía, la ruta particular que prácticamente separó el Uruguay del frecuente gorilismo, de la guerra civil, engendraron también en la República entroncando con sus mejores tradiciones, una mentalidad nacional-reformista, democrática, liberal avanzada, laica, civilista. Utilizada por las clases dominantes, esa ideología era un instrumento de conformismo y hasta permitía establecer esa imagen de auto satisfacción del Uruguay -presunta “Suiza de América”- en fin, el Uruguay turístico. De ahí el “como el Uruguay no hay” de las viejas consignas de las clases dominantes y del batllismo en particular”.

Da la impresión de que esa “mentalidad nacional-reformista” que otrora fuera utilizada por las clases dominantes como instrumento de conformismo, está siendo hoy utilizada (eficazmente, hasta cierto punto) por el Frente Amplio en el gobierno.

Oscar Botinelli señalaba recientemente en Brecha: “Para Arismendi el Frente Amplio no debía ser una coalición puntual pero tampoco un partido político, como sociologicamente devino ser en las últimas dos décadas y algo. Lo veía como una alianza fuerte, de largo tiempo, para procesar los cambios profundos que consideraba que el Uruguay necesitaba. Pero además como una alianza de clases, como una formación política pluriclasista: obreros, empleados, pequeños y medianos comerciantes, industriales y productores rurales, profesionales. Dicho en términos marxistas: la alianza del proletariado y la pequeña burguesía, las capas medias. A su vez veía para el Partido Comunista (y en parte para “el partido hermano”, el Socialista) la representación y guía de la clase obrera”.

Y hoy día, ni siquiera es esa formación política pluriclasista que procesará los cambios profundos, y la prueba más palmaria de ello es que la estrategia del PIT-CNT trazada en 2012 y puesta en movimiento en los primeros días de abril del 2013, es la “Concertación Nacional por el Desarrollo Productivo y Social”, como una “forma de ensanchar la base social y política para la aplicación del programa de la clase obrera y el pueblo, ubicada en el plano de la extrema amplitud, con todos los actores económicos, productivos, sociales y políticos interesados objetivamente en un programa de transformaciones profundas en la estructura de la sociedad uruguaya, el asunto central es la generación de las condiciones de fortalecer el bloque social y político de los cambios”.

Esto es, si la clase trabajadora organizada se está planteando conformar una alianza con vastos sectores para lograr generar condiciones para llevar a cabo transformaciones, es porque el FA (que ya existe) no es esa alianza. Como lo decía Marcelo Abdala en una reciente entrevista en El Popular acerca de la Concertación para el Desarrollo Productivo: “Se trata de que converjan todos los sectores laboriosos de la ciudad y el campo, buscando acuerdos programáticos, que permitan inaugurar una agenda de transformaciones profundas necesarias en la vida del país”. Agenda que se planteó el FA en 1971 y que abandonó por el camino.

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